– ¿Han avisado a la policía?
Asintieron con la cabeza.
A mi derecha, al otro lado del pasillo, había una puerta entornada. La señalé.
– ¿Que hay ahí?
– La sala de VIPS -contestó uno de los guardias de seguridad.
Miré hacia la base de la puerta y, a través de la abertura, vi lo que parecía la puntera de un zapato. La empujé suavemente con el codo.
Tommy Caci yacía boca abajo en el suelo, con la cabeza ladeada y el borde de una herida en la garganta claramente visible. La sangre encharcaba el suelo y salpicaba las paredes. Por lo visto, lo habían atacado por detrás al abandonar su asiento y entrar en la sala. Más allá había un bar con unos cuantos sillones y sofás, pero el lugar parecía vacío.
Retrocedí de nuevo hacia el pasillo al tiempo que dos uniformes azules aparecían detrás de mí, avanzando con sus armas desenfundadas. Oí la orden de soltar la pistola en medio de los gritos de sorpresa y miedo del público. Obedecí de inmediato y los dos agentes se acercaron a mí.
– Soy detective privado -dije mientras uno de ellos me empujaba contra la pared y me cacheaba en tanto que el otro iba a examinar a Tommy Caci y luego se dirigía hacia el cadáver de la primera fila.
– Es Al Z -le informé cuando regresó, y sentí cierta tristeza por el viejo matón-. Ya no les molestará más.
Un par de inspectores llamados Carras y McCann me interrogaron en el lugar del crimen. Les conté todo lo que había visto, pero no lo que sabía del señor Pudd. En lugar de eso lo describí con el mayor detalle posible y dije que había reconocido a Al Z de un caso anterior.
– ¿Qué caso fue ése? -preguntó McCann.
– Cierto problema en un pueblo llamado Dark Hollow, el año pasado.
Al mencionar Dark Hollow y la escena de la muerte de Tony Celli a manos del hombre cuyo cadáver teníamos ahora al lado, los inspectores adoptaron una expresión más benévola y McCann se ofreció incluso a invitarme alguna vez en el futuro a una copa. Nadie lamentaba la desaparición de Tony Celli.
Me quedé con ellos en la puerta principal del teatro mientras se desalojaba al público y se preguntaba a cada uno de los asistentes, a su paso por los controles del cordón policial, si había visto algo, antes de pedirle que se identificase y dejase un número de teléfono. En jefatura presté declaración sentado junto al desordenado escritorio de McCann y luego facilité mi número de móvil y la dirección de Rachel por si necesitaban ponerse en contacto conmigo otra vez.
Cuando me dejaron marchar, intenté llamar a Mickey Shine a la floristería, pero no contestó, y me informaron de que su número particular no aparecía en la guía. Otra llamada y cinco minutos después tenía un número de teléfono particular y la dirección de un tal Michael Sheinberg en Bowdoin Street, en Cambridge. En ese número tampoco contestaron. Dejé un mensaje y luego paré un taxi para ir a Cambridge. En una calle arbolada, antes de apearme pedí al taxista que me esperase. Mickey Shine vivía en un bloque de apartamentos de piedra rojiza, pero nadie me abrió cuando llamé al timbre. Estaba planteándome forzar la entrada cuando un vecino se asomó a la ventana. Era un anciano vestido con un jersey y unos desaliñados vaqueros azules y a quien, mientras hablaba, le temblaban las manos a causa de un trastorno nervioso.
– ¿Busca a Mickey?
– Sí.
– ¿Es amigo suyo?
– Sí, de fuera de la ciudad.
– Pues lo siento, pero se ha marchado. Ha salido hace cosa de una hora.
– ¿Ha dicho adónde iba?
– No, sólo lo he visto irse. Daba la impresión de que se marchaba por un par de días. Llevaba una maleta.
Le di las gracias y volví al taxi. La noticia de la muerte de Al Z debía de haber corrido como la pólvora y probablemente circulaban muchas especulaciones sobre quién podía estar detrás, pero Mickey lo sabía. Sospecho que sabía qué ocurriría desde el momento en que recibió la llamada para avisarle de mi visita, y que por fin había llegado la hora de la verdad.
El taxi me llevó hasta el Jacob Wirth's de Stuart, donde me esperaba Rachel en compañía de Ángel y Louis. Un grupo del público, todos sordos de nacimiento y dispuestos alrededor del piano, destrozaban la canción The Wanderer. Los dejamos a lo suyo y fuimos al Montien, unas cuantas puertas calle arriba, donde ocupamos un reservado e, inquietos, tomamos comida tailandesa.
– Hace bien su trabajo -dijo Louis-. Probablemente ha estado vigilándote desde que llegaste.
Asentí con la cabeza.
– Si es así, sabe de mi contacto con Sheinberg y con vosotros dos. Y con Rachel. Lo siento.
– Para él todo esto es una diversión -continuó Louis-, Te das cuenta, ¿verdad? La tarjeta de visita, las arañas en el buzón. Está jugando contigo, tío, está poniéndote a prueba. Sabe quién eres y le gusta la idea de enfrentarse a ti.
Ángel movió la cabeza para expresar su conformidad.
– Ya te has labrado una reputación. Lo raro es que todos los psicópatas de aquí a Florida no hayan tomado un autobús camino de Maine para ver si eres tan bueno como cuentan.
– Eso no resulta muy tranquilizador, Ángel.
– Si necesitas que te tranquilicen, llama a un sacerdote.
Nadie habló durante un rato, hasta que Louis dijo:
– Supongo que ya imaginas que vamos a reunimos contigo en Maine.
Rachel me miró.
– Yo también voy.
– Mis ángeles de la guarda -comenté. De sobra sabía que era inútil discutir con ellos. Me alegraba asimismo de que Rachel estuviese cerca de mí. Sola, era vulnerable. Sin embargo, una vez más, descubrí que aquella mujer hermosa y comprensiva me leía el pensamiento.
– No en busca de protección, Parker -añadió con expresión seria y mirada severa-. Voy porque vas a necesitar ayuda con Marcy Becker y sus padres, y quizá también con los Mercier. Si el hecho de que esté contigo y con la extraña pareja te hace sentir mejor, es una ventaja añadida, nada más. No sólo estoy aquí para que puedas salvarme.
Ángel le sonrió con admiración y regodeo a la vez.
– Mira que eres marimacho -susurró a Rachel-. Si te diéramos una pistola y un chaleco antibalas, podrías convertirte en icono de las lesbianas.
– Muérdeme, regordete -contestó ella.
Por lo visto, estaba decidido. Levanté mi vaso de agua y ellos alzaron sus cervezas en respuesta.
– Bueno -dije-, bienvenidos a la guerra.
13
A la mañana siguiente, junto al titular ASESINADO UN CAPO DEL HAMPA, una fotografía bastante aceptable de Al Z desplomado en su butaca del Wang dominaba la primera plana del Herald. Hay pocas palabras que gusten más a los redactores de los periódicos que «asesinado» y «hampa», excepto, quizá, «sexo» y «cachorrillo», y el Herald había optado por presentarlas en un cuerpo de letra tan grande que apenas quedaba espacio para el artículo.
Tommy Caci había sido degollado de izquierda a derecha. El corte era tan profundo que había seccionado tanto las habituales arterias carótidas como las yugulares externa e interna, prácticamente lo había decapitado. Después, el señor Pudd había apuñalado a Al Z por la nuca con un arma blanca de hoja larga y fina, que le había perforado el cerebelo y penetrado en la corteza cerebral. Por último, con un cuchillo pequeño y muy afilado, había realizado una incisión oblicua en el extremo superior del dedo medio de la mano derecha de Al Z, a una altura equivalente a unas tres cuartas partes de su longitud total, y cercenado la última falange.
Me enteré de esto no por el Herald, sino por el sargento McCann, que me telefoneó al móvil mientras leía los periódicos en la mesa de la cocina del apartamento de Rachel. Ella estaba en la bañera, tarareando sin afinar canciones de Al Green.