– Hay que tener huevos para cargarse a dos hombres en un lugar público -comentó McCann-. En las salidas de emergencia no hay cámaras, así que no disponemos de información visual aparte de su descripción. Un hombre que estaba en la zona de carga anotó la matrícula; corresponde a un Impala robado hace dos días en Concord, así que por ese lado nada. El asesino tuvo que acceder a la sala de VIPS con una tarjeta codificada; suponemos que llegó provisto de una que se había preparado él mismo. No es tan difícil falsificarlas si uno sabe lo que hace. Al Z iba todas las noches de estreno. Quizá fuese un hijo de puta miserable y corrupto, pero tenía clase. Y siempre ocupaba esos asientos u otros cercanos, por lo tanto era fácil adivinar dónde estaría. En cuanto a la falange desaparecida, imaginamos que se trata de una tarjeta de visita y estamos buscando en los archivos del Programa para la Detención de Delincuentes Violentos un modus operandi equivalente.
Me preguntó si recordaba algo más de la noche anterior -yo ya sabía que no se trataba sólo de una llamada de cortesía-, pero le contesté que no podía ayudarle. Me pidió que me mantuviera en contacto y le aseguré que así lo haría.
McCann tenía razón: Pudd había corrido un gran riesgo para llegar a Al Z. Quizá no le quedaba otra alternativa. No había modo de acceder a Al Z en su despacho o en su casa, porque siempre tenía a sus hombres alrededor y las ventanas estaban diseñadas para repeler cualquier cosa menor que una ojiva. En el teatro, con Tommy a sus espaldas y cientos de personas alrededor, podía perdonársele que se sintiese seguro, pero había subestimado la tenacidad de su asesino. Cuando se presentó la ocasión, Pudd la aprovechó.
Tenía la impresión de que, además, Pudd quizás intentaba atar cabos sueltos, y sólo había un número limitado de razones por las que alguien podía sentirse impulsado a eso. La principal era como preparativo para desaparecer, para asegurarse de que no quedaba nadie dispuesto a continuar la persecución de la que era objeto. Yo suponía que, si Pudd decidía desaparecer, nadie lo encontraría jamás. Había sobrevivido a esa situación durante mucho tiempo, incluso después de ponerse precio a su cabeza, así que, si se lo proponía, podía evaporarse como el rocío al salir el sol.
Además había otra cosa que me inquietaba: al parecer, Pudd no sólo era aficionado a coleccionar insectos. También le interesaban la piel y el hueso, y extraía articulaciones y fragmentos de piel de cada una de sus víctimas. Su gusto en materia de recuerdos era muy personal, pero Pudd no me parecía la clase de hombre que mutilaría cadáveres sólo para guardar los trozos en tarros y admirarlos. Tenía que existir otra razón.
Sentado a la mesa de la cocina, abandonados ya los periódicos, me pregunté si no me convenía contar a la policía todo lo que sabía sin más. Tampoco es que supiera gran cosa, pero las muertes de Epstein, Beck, Al Z y Grace Peltier estaban relacionadas, vinculadas bien a la propia Hermandad, bien a las acciones emprendidas contra ésta por el padre biológico de Grace, Jack Mercier. Ya iba siendo hora de mantener una conversación seria, cara a cara, con el señor Mercier, y dudaba que fuese a ser muy divertida para cualquiera de los dos. Me disponía a hacer la maleta para regresar a Scarborough cuando recibí la segunda llamada de la mañana, no del todo imprevista. Era Mickey Shine. El identificador de llamadas sólo me informó de que me llamaban desde un número privado y secreto.
– ¿Ha leído los diarios? -preguntó.
– Yo estaba allí -contesté.
– ¿Sabe quién lo hizo?
– Creo que fue quien usted y yo ya conocemos.
Se produjo un silencio al otro lado de la línea.
– ¿Cómo se enteró de su entrevista con Al?
– Es posible que estuviese vigilándonos -admití-. Pero también podría ser que estuviese al corriente de que Al Z se interesaba por él desde hacía tiempo, y que mi investigación haya precipitado una actuación que ya tenía planeada.
Pudd había aprendido de sus mascotas que, si algo empieza a tirar del extremo más lejano de la tela, no está de más averiguar de qué puede tratarse y, a ser posible, detenerlo.
– Anoche no estaba usted en su apartamento -continué-. Lo comprobé.
– Me largué de la ciudad en cuanto lo supe. Alguien me informó de la muerte de Al, un amigo de otra época, y supe que tenía que ser Pudd. Nadie más se atrevería a una maniobra así contra Al Z.
– ¿Dónde está?
– En Nueva York.
– ¿Cree que puede esconderse ahí, Mickey?
– Aquí tengo amigos. Haré unas cuantas llamadas y veré cómo pueden ayudarme.
– Debemos hablar otra vez antes de que desaparezca. Tengo la sensación de que no me ha contado todo lo que sabe.
Pensé que pondría alguna objeción. En lugar de eso admitió:
– Algunas cosas sé, otras son simples conjeturas.
– Veámonos. Bajaré a Nueva York.
– No sé…
– Mickey, ¿va a huir de ese tipo durante el resto de su vida? No me parece una existencia muy satisfactoria.
– Es mejor que estar muerto. -No parecía muy convencido.
– Sabe qué se propone Pudd, ¿verdad? -le pregunté-. Sabe qué significa la amenaza de que los nombres «quedarían escritos». Lo ha averiguado.
No contestó de inmediato, y yo esperaba oír en cualquier momento que la comunicación se cortaba.
– Los Claustros -dijo de pronto-. Mañana a las diez. Hay una exposición en el Tesoro que quizá le interese ver antes de que yo llegue. Contestaré a algunas de sus preguntas e intentaré llenar las lagunas. Pero si no está allí a las diez, me marcharé y no volverá a verme.
Dicho esto colgó.
Reservé un billete en el puente aéreo de la compañía Delta a La Guardia y luego llamé a Ángel y a Louis al Copley. Rachel y yo quedamos para tomar café con ellos en el Starbucks de Newbury antes de que yo me subiera a un taxi para ir a Logan. A las 13:30 estaba en Nueva York y me alojé en una habitación doble del Larchmont en la calle Once Oeste del Village. Sin ser la clase de establecimiento que frecuentaría Donald Trump, el Larchmont era limpio y asequible y, a diferencia de la mayoría de los hoteles económicos de Nueva York, las habitaciones no eran tan pequeñas como para verse obligado a salir afuera hasta para pensar. Además, disponía de cerradura de seguridad en la entrada principal y de un conserje del tamaño del Edificio Flatiron, así que las visitas no deseadas se reducían al mínimo.
En la ciudad el calor y la humedad eran sofocantes, y llegué al hotel empapado en sudor. Según los pronósticos, esa noche cambiaría el tiempo, pero hasta entonces el aire acondicionado permanecería a plena potencia en toda la ciudad, mientras que aquellos demasiado pobres para permitírselo se conformaban con ventiladores baratos. Después de una ducha rápida en un cuarto de baño compartido, tomé un taxi hasta la calle Ochenta y Nueve Oeste. B'Nai Jeshurun, la sinagoga con la que Yossi Epstein había mantenido una estrecha relación hasta fecha reciente, tenía una oficina en la 89 Oeste, cerca de la academia de equitación Claremont, y me pareció que, durante mi estancia en Manhattan, podía ser útil tratar de averiguar un poco más acerca del rabino asesinado. El bullicio de los niños que salían de la escuela pública número 166 resonó en mis oídos cuando me acerqué a la oficina de la sinagoga, pero hice el viaje en vano. En B'Nai Jeshurun nadie parecía en condiciones de informarme de mucho más de lo que ya sabía acerca de Yossi Epstein, y me enviaron al Centro Orensanz de Norfolk Street en el Lower East Side, donde se había instalado Epstein después de sus discrepancias con la congregación del Upper West Side.
Para eludir el tráfico de la hora punta, tomé el metro en Central Park West hasta el cruce de Broadway y East Houston, y acabé sudando otra vez. Luego recorrí Houston, dejé atrás el Katz's Deli y numerosas tiendas que vendían basura disfrazada de antigüedades, hasta llegar a Norfolk Street. Ése era el centro del Lower East Side, un lugar que en otro tiempo había estado lleno de estudiosos y yeshivas, de lituanos antihasídicos y el resto de la primera generación de judíos rusos, a quienes los judíos alemanes que ya se habían establecido allí consideraban unos orientales atrasados. Se decía que, antes, Allen Street pertenecía a Rusia, de tantos judíos rusos como vivían allí. Los oriundos de un mismo pueblo formaban asociaciones, se convertían en comerciantes, ahorraban para que sus hijos fuesen a la universidad y mejorasen en la vida. Compartían sus barrios en precario equilibrio con los irlandeses y se peleaban con ellos en las calles.