– Creo que pueden existir hombres como él -contesté-. Pero dudo que la justicia haya influido siempre a la hora de crearlo, o que pueda alcanzarse a través de sus acciones.
– Sí, quizás un hombre -dijo el viejo judío en voz baja-. Y quizá la justicia sí es de inspiración divina. Nosotros hemos mandado a nuestro Golem. Hágase la voluntad de Dios.
En sus ojos vi la ambivalencia de su respuesta a lo que se había desencadenado; habían enviado a un asesino para seguir el rastro de otro, desatando violencia contra violencia, con todos los riesgos que ese acto entrañaba.
– ¿Quién es usted? -pregunté.
– Me llamo Ben Epstein -respondió-, y soy la expiación por la que descansa mi hijo.
La puerta se cerró suavemente cuando salió, y en la sinagoga vacía fue como si se hubiera escuchado el aliento exhalado de la boca de Dios.
Lester Bargus se encuentra solo detrás del mostrador de la tienda el día en que muere, el mismo día que conozco al padre de Yossi Epstein. Jim Gould, que trabaja para Bargus a tiempo parcial, está fuera desmontando un par de H &K semiautomáticas robadas, así que no hay nadie en la trastienda, donde dos monitores la muestran por dentro desde dos ángulos: uno desde una cámara visible encima de la puerta, el otro desde una lente oculta dentro de la carcasa de un estéreo portátil colocado en un estante junto a la caja. Lester Bargus es un hombre precavido, pero no lo suficiente. En su tienda hay micrófonos escondidos, pero Lester Bargus no lo sabe. Sólo lo saben los agentes del ATF, que llevan vigilando el negocio ilegal de armas de Bargus desde hace once días.
Pero hoy en particular hay poca actividad en la tienda, y Bargus, despreocupado, está dando de comer grillos a su mantis de compañía en el momento en que se abre la puerta. Incluso en las grabaciones en blanco y negro realizadas por las cámaras desde ángulos anómalos, el recién llegado resulta extrañamente fuera de lugar. Viste un traje negro, lustrosos zapatos negros y una estrecha corbata negra sobre una camisa blanca. Le cubre la cabeza un sombrero negro, y un largo abrigo negro le cae hasta media pantorrilla. Es alto, entre un metro ochenta y cinco y un metro ochenta y ocho, y de complexión atlética. Su edad es difícil de calcular; podría tener entre cuarenta y setenta años.
Pero sólo cuando se detienen y se amplían las pocas imágenes claras obtenidas por las cámaras se pone plenamente de manifiesto lo raro que es. Tiene la piel de la cara estirada y parece desprovisto de carne casi por todas partes, tanto es así que las estrías de los tendones de la mandíbula y el cuello se dibujan con toda nitidez y los pómulos sobresalen como esquirlas de cristal bajo los ojos oscuros. No tiene cejas. Los agentes del ATF que examinan la cinta después sospechan en un primer momento que quizá sea tan rubio que el vello ni siquiera se ve, pero las imágenes ampliadas sólo revelan, encima de los ojos, una piel ligeramente áspera como viejas cicatrices.
Es evidente que su aparición sobresalta a Lester Bargus. En la cinta se ve que da un paso atrás sorprendido. Lleva una camiseta blanca con el logotipo de Smith & Wesson en la espalda y unos vaqueros muy holgados en la entrepierna y los fondillos. Quizás alberga la esperanza de llenarlos algún día.
– ¿En qué puedo servirle? -En su voz se percibe un tono cauto pero esperanzado. Incluso si el cliente es un bicho raro, una venta es una venta, y más en un día de poco movimiento.
– Busco a este hombre. -Por el acento, salta a la vista que el inglés es sólo su segunda lengua, o incluso la tercera. Parece europeo; no alemán sino acaso polaco, o checo. Más tarde, un experto lo identificará como húngaro, con inflexiones yídish en algunas palabras. Es judío, originario de la Europa del Este pero residente durante un tiempo en la zona occidental del continente, posiblemente en Francia.
Saca una fotografía del bolsillo y la desliza sobre el mostrador hacia Lester Bargus. Lester ni siquiera la mira. Se limita a decir:
– No lo conozco. -Mírela. -Y, por el tono de voz, Lester Bargus sabe que haga lo que haga en adelante, diga lo que diga, nada va a salvarle de ese hombre.
Lester tiende una mano y toca la fotografía por primera vez, pero sólo para apartarla. No mueve la cabeza. Todavía no ha mirado la fotografía, pero mientras deja la mano izquierda a la vista, mueve la derecha para alcanzar la escopeta de debajo del mostrador. Ya casi la tiene cuando aparece la pistola. Los expertos en balística la identificarán más tarde como una Jericho 941, fabricada en Israel. Lester Bargus vuelve a apoyar la mano derecha en el mostrador junto a la izquierda, y las dos comienzan a temblar al unísono.
– Por última vez, señor Bargus, mire la fotografía.
En esta ocasión, Lester baja la vista. Fija la mirada en la fotografía un momento, sopesando sus opciones. Es evidente que conoce al hombre del retrato y que el pistolero está al corriente de ello, porque, si no, no estaría allí. En la cinta casi se oye cómo Lester traga saliva.
– ¿Dónde puedo encontrar a este hombre?
A lo largo de todo el encuentro, la expresión en el rostro del pistolero permanece inalterable. Es como si tuviese la piel sobre el cráneo tan tensa que el mero hecho de hablar le exigiese un gran esfuerzo. La tangible amenaza que representa ese hombre se percibe con toda claridad incluso a través de la grabación en blanco y negro. Lester Bargus, obligado a vérselas con él cara a cara, está aterrorizado. Su voz destila miedo cuando enuncia lo que será su penúltima frase en este mundo.
– Me matará si se lo digo -contesta Bargus.
– Y yo le mataré si no me lo dice.
A continuación, Lester Bargus pronuncia sus últimas palabras, y denotan una presciencia que yo nunca le hubiese atribuido.
– Va a matarme de todos modos -dice, y algo en su voz indica al pistolero que eso es todo lo que conseguirá sonsacarle a Lester.
– Sí -responde-, así es.
Después de la conversación que acaba de desarrollarse las detonaciones son atronadoras, pero también llegan distorsionadas y amortiguadas, porque desbordan la capacidad de los controles de sonido. Lester Bargus se sacude cuando el primer proyectil le alcanza en el pecho, y sigue agitándose y contrayéndose espasmódicamente mientras lo traspasan los posteriores balazos y se suceden los estampidos en medio de las interferencias hasta dar la impresión de que nunca terminarán. Se producen diez disparos, y después, tras un sonido, se advierte movimiento a la izquierda de la imagen y aparece en el encuadre parte del cuerpo de Jim Gould. Suenan dos tiros más y Gould cae sobre el mostrador a la vez que el pistolero salta por encima de éste y cruza como una exhalación la trastienda. Cuando llegan los agentes del ATF, ha desaparecido.
La fotografía sigue en el mostrador, ahora salpicado por la sangre de Lester Bargus. La imagen muestra a un grupo de manifestantes frente a una clínica de abortos en Minnesota. Hombres y mujeres sostienen pancartas: algunos expresando a gritos sus protestas mientras la policía intenta contenerlos; otros boquiabiertos de consternación. A la derecha de la imagen yace el cuerpo de un hombre desplomado contra una pared en tanto que una multitud de médicos y auxiliares se apiña alrededor. Hay manchas negras de sangre en la acera y en la pared detrás de él. En la periferia del grupo, otro hombre ha sido captado en el momento de marcharse, un individuo de ojos semiocultos por los repliegues de piel de sus párpados, con las manos en los bolsillos del abrigo, vuelto hacia atrás para mirar en dirección al hombre agonizante, revelando su rostro a la cámara sin saberlo. En torno a su cabeza hay trazado un círculo rojo.
En la fotografía, el señor Pudd sonríe.
El asesino de Lester Bargus había llegado en avión un día antes y entrado en el país con pasaporte británico, tras declarar que era un hombre de negocios interesado en la compra de animales disecados. La dirección que proporcionó a los agentes de Inmigración correspondía, como se supo más tarde, a un restaurante chino de Balham, en el sur de Londres, demolido en fecha reciente.