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En el pasaporte figuraba el nombre Clay Daemon, «demonio de arcilla».

Era el Golem.

14

Aquella noche, mientras trasladaban al depósito los cadáveres de Lester Bargus y Jim Gould, me encaminé hacia el Chumley's de Bedford, el mejor bar del Village. En rigor, estaba entre Barrow y Grove, pero incluso quienes lo frecuentaban desde casi una década tenían de vez en cuando problemas para localizarlo. Fuera no había nombre alguno, sino sólo una luz sobre la gran puerta de rejilla. El Chumley's nació como local clandestino en los tiempos de la Ley Seca, y durante más de setenta años mantuvo su carácter discreto. Los fines de semana atraía en general a la clase de jóvenes banqueros y cibercomunistas que llevaban camisa azul bajo el traje, pues pensaban que los inconformistas como ellos debían mantenerse unidos, pero entre semana el Chumley's se reconocía aún como el bar al que acudían asiduamente Salinger, Scott Fitzgerald, Eugene O'Neill, Orson Welles y William Burroughs como alternativa al White Horse o al Marie's Crisis.

Mientras iba hacia allí, unas nubes bajas cubrían el Village y en el aire se notaba una espantosa quietud que parecía transmitirse a los transeúntes. Las risas sonaban apagadas; las parejas discutían. La gente salía del metro con expresión tensa y picajosa, con los zapatos demasiado apretados, las camisas demasiado gruesas. Todo parecía húmedo al tacto, como si la propia ciudad transpirase lentamente, expulsando inmundicia y desechos por todas las grietas de cada acera y por todas las fisuras de las paredes. Miré hacia el cielo y esperé en vano ver un relámpago.

Dentro del Chumley's, dos perros labradores descansaban inquietos en el suelo cubierto de serrín y los parroquianos se plantaban ante la pequeña barra o desaparecían en los oscuros reservados del fondo del bar. Tomé asiento en uno de los largos bancos cercanos a la puerta y, siendo las hamburguesas, las costillas y el pescado frito lo mejor del Chumley's, pedí una hamburguesa y una Coca-Cola.

Tenía la sensación de que había pasado mucho tiempo desde mi última visita al Village, como si hubiesen transcurrido décadas, y no años, desde el día en que abandoné mi apartamento para regresar a Maine. Viejos fantasmas me acechaban en aquellas esquinas: el Viajante en la esquina de St. Marks en el East Village, donde la cabina de teléfono aún marcaba el lugar donde me detuve después de que me enviase los restos de mi hija en un tarro; el Corner Bistro, donde Susan y yo quedábamos cuando empezamos a salir juntos; el Elephant & Castle, donde desayunábamos ya bien entrada la mañana del domingo durante los primeros meses de nuestra relación, para subir después a la parte alta de la ciudad y pasear por Central Park o visitar los museos.

Ni siquiera el Chumley's quedaba inmune, pues ¿acaso no eran aquellos perros labradores los mismos que Susan acariciaba mientras esperaba su copa, los mismos que Jennifer abrazó una vez cuando su madre le dijo que eran preciosos y la llevamos a verlos para complacerla? Todos aquellos lugares eran potenciales burbujas de dolor a la espera de que un pinchazo les permitiese liberar los recuerdos que contenían. Debería haber sentido pena, pensé. Debería haber sentido el sufrimiento de antes. En cambio sólo experimenté una gratitud extraña y desesperada hacia aquel lugar, hacia los dos perros gordos y viejos y hacia los inmaculados recuerdos que me habían dejado.

Porque algunas cosas nunca debían caer en el olvido. Era bueno y conveniente recordarlas, encontrar para ellas un lugar en el presente y el futuro de modo que se convirtiesen en una parte preciosa de uno mismo, algo digno de guardarse como un tesoro, no de tenerle miedo. Recordar a Susan y a Jennifer tal como fueron, y amarías por ello, no suponía una traición a Rachel y a lo que ella significaba para mí. Y si eso era verdad, buscar una manera de vivir en la que los amores perdidos y los nuevos comienzos coexistiesen no era mancillar el recuerdo de mi mujer y de mi hija. Y en el silencio de aquel lugar me abstraje durante un rato, hasta que uno de los labradores se acercó con andar perezoso y me rozó con el hocico para reclamar mi atención, manchándome los vaqueros con la caliente baba de sus belfos y cerrando los tiernos ojos con expresión de felicidad al notar el peso de mi mano.

Había encontrado un ejemplar del Portland Press Herald en el Barnes & Noble de Union Square y, mientras comía, lo hojeé en busca de alguna noticia sobre Eagle Lake. Incluía dos artículos: uno describía las continuas dificultades para desenterrar los restos, pero el reportaje principal anunciaba las presuntas identidades de dos de los muertos. Eran Lyall Cornish y Vyrna Kellog, ambos víctimas de homicidio: Lyall Cornish había muerto de un disparo de escopeta en la nuca; Vyrna Kellog tenía el cráneo aplastado, al parecer por el impacto de una roca.

Poco a poco salió a la luz la verdad sobre el destino de los Baptistas de Aroostook. No se habían dispersado, desperdigándose a los cuatro vientos y llevándose las simientes de nuevas comunidades. Habían sido asesinados y relegados a una fosa común en un pedazo de tierra no urbanizada; y allí habían permanecido, atrapados en una olvidada cavidad de la colmena que es este mundo hasta que salieron a la luz en un día de primavera.

¿Había muerto Grace por eso, porque al colarse a través de las capas muertas que escondían el pasado había averiguado algo sobre los Baptistas de Aroostook que nadie debía descubrir jamás? Cada vez deseaba más regresar a Maine para enfrentarme a Jack Mercier y a Carter Paragon. Tenía la impresión de que persiguiendo al señor Pudd me alejaba de la investigación sobre la muerte de Grace, y, sin embargo, de algún modo, Pudd y la Hermandad habían desempeñado un papel en todo lo ocurrido. Pudd estaba relacionado con el fallecimiento de Grace de alguna manera, de eso no me cabía duda, pero él no era el eslabón débil de la cadena. Lo era Paragon, y tendría que encararme a él si quería comprender qué había impulsado a alguien a acabar con la vida de Grace.

Pero antes debía encontrarme con Mickey Shine. Había consultado el Village Voice y encontrado la cartelera de exposiciones. Los Claustros, que albergaba la colección medieval del Museo Metropolitano, presentaba esos días una exposición itinerante sobre las respuestas artísticas al Apocalipsis de san Juan. Una imagen del estante de Jack Mercier surgió ante mis ojos. Parecía que el Museo Metropolitano y Mercier tenían en la actualidad un interés común en libros y cuadros sobre el fin del mundo.

Salí del Chumley's poco después de las diez, tras dar unas últimas palmadas a los perros dormidos para que me trajeran buena suerte. El caliente y húmedo olor de los animales seguía impregnado en mis manos mientras paseaba bajo el cielo encapotado, y el bullicio de la ciudad parecía rebotar en lo alto y caer de nuevo sobre ella. Una sombra se movió en un portal a mi derecha, pero no le presté atención y permití que se situase detrás de mí sin reaccionar.

Crucé los semáforos y mis pisadas reverberaron en el suelo con sonido hueco.

El hueso es poroso; después de diez años bajo tierra adquiere el color del terreno en el que fue inhumado. Los huesos hallados a orillas del lago St. Froid eran de un marrón intenso, como si los Baptistas de Aroostook se hubiesen fundido con el mundo natural que los rodeaba, una impresión reforzada por las pequeñas plantas que crecían bajo los restos y se alimentaban de la descomposición. Las cajas torácicas se habían convertido en enrejados para las raíces y la concavidad de un cráneo actuaba como criadero de diminutos brotes verdes.

La ropa se había podrido casi por completo, ya que en su mayor parte era de fibras naturales y éstas no sobrevivían a décadas bajo tierra en igual medida que los tejidos sintéticos. Las marcas del agua en los árboles de los alrededores indicaban que el terreno se había inundado alguna que otra vez, cosa que había provocado que aparecieran nuevas capas de barro y de vegetación descompuesta y que quedaran sepultados cada vez más los huesos de los muertos en la tierra. La recuperación del material, la separación de huesos y tierra, de lo humano y lo animal, de lo infantil y lo adulto, iba a ser un proceso laborioso. Se llevaría a cabo de rodillas, con dolor de espalda y dedos ateridos, todo ello supervisado por la antropóloga forense. La policía del estado, los ayudantes del sheriff, los guardabosques e incluso algunos estudiantes de antropología habían sido convocados para colaborar en la excavación. Dado que la oficina del forense disponía de un solo vehículo, una furgoneta Dodge, para transportar los restos, se solicitó la ayuda de las funerarias locales y la Guardia Nacional para el traslado de los cadáveres a la cercana localidad de Presque Isle, desde donde el Bill's Flying Service los llevaría en avión a Augusta.