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En el lago St. Froid se habían utilizado flechas de aluminio de color naranja, la marca distintiva del ayudante de la forense, para crear un recuadro arqueológico, delimitado y protegido con cuerdas. Se había llevado a la escena del crimen un equipo aparentemente primitivo pero, en último extremo, necesario: plomadas para medir la profundidad a la que se encontraban los restos bajo la superficie; llanas y paletas con las que excavar, teniendo siempre en cuenta que los huesos, al ser quebradizos, podían dañarse al menor descuido; cedazos para cribar pequeñas pruebas, primero con malla de seis milímetros y después malla corriente de mosquitera; cinta adhesiva; papel milimetrado para dibujar un plano de la excavación que representase la zona vista desde arriba y registrar la posición de los restos a medida que aparecían; bolsas de plástico, bolsas resistentes para cadáveres de color azul chillón, y bolígrafos a prueba de agua; detectores de metal para buscar armas u otros residuos metálicos; y cámaras para fotografiar objetos y artefactos conforme se encontraban.

Cada vez que se descubría algo se fotografiaba, se marcaba y guardaba con una etiqueta adhesiva en un recipiente donde constaba el número de caso, la fecha y la hora del hallazgo, una descripción del objeto, su ubicación y la firma del investigador que lo había recuperado. A continuación el objeto se transportaba a un depósito de pruebas seguro, en este caso la oficina del forense en Augusta.

Se tomaban muestras de la tierra cuidadosamente apilada y se guardaban en bolsas. Si el terreno a orillas del lago hubiese sido sólo un poco más ácido, los restos se habrían desintegrado y la única señal de su presencia allí habría sido la floreciente vida vegetal de la superficie, alimentada por los restos orgánicos humanos. En las condiciones existentes, la depredación animal, la erosión y la dispersión habían contribuido a la pérdida y el deterioro de los miembros, pero quedaban suficientes pruebas para que se sometieran al escrutinio de los especialistas reunidos por la oficina del forense. Éstos incluían -además de la antropóloga forense, el personal permanente de la propia oficina y los científicos del laboratorio estatal de Augusta- un anatomista, tres equipos dentales para actuar como odontólogos forenses, y el radiólogo del Centro Médico General de Maine en Augusta. Cada uno aportaría su conocimiento específico para contribuir a la identificación formal de los restos.

Se había dictaminado que eran restos humanos mediante un examen de los huesos intactos, y el sexo de las víctimas se confirmaría mediante posteriores exámenes del cráneo, la pelvis, el fémur, el esternón y los dientes cuando los hubiera. La estimación de la edad de las víctimas menores de veinticinco años, con un margen de error no mayor a un año, se llevaría a cabo a partir de los dientes, si se conservaban, y a partir del aspecto y la fusión de los centros de osificación y las epífisis, los extremos de los huesos largos, que se desarrollan independientemente del cuerpo del hueso en la primera etapa de la vida. En el caso de los huesos de víctimas de mayor edad se recurriría al examen radiológico de la forma trabecular de la cabeza del húmero y el fémur, que se remodela con la edad, además de los cambios en la sínfisis púbica.

La estatura se calcularía midiendo el fémur, la tibia y el peroné de las víctimas, ya que en tales casos los huesos del brazo eran menos fiables. Los dientes servirían para el establecimiento preliminar de la raza, puesto que las características dentales asociadas de manera predominante a determinadas razas permitía conocer con un alto grado de probabilidad si las víctimas eran caucasoides, negroides o mongoloides.

Por último, los historiales dentales, el examen radiológico de los restos en busca de fracturas y los análisis comparativos del ADN se combinarían en un esfuerzo por obtener identificaciones definitivas de las víctimas. En este caso, la reconstrucción facial y la superposición fotográfica (la colocación de una fotografía de la presunta víctima sobre una transparencia del cráneo, que en la actualidad se realizaba por lo general en pantalla) podían ser útiles para la investigación, ya que existían fotografías de las presuntas víctimas, pero el estado no había previsto presupuesto para las técnicas de superposición fotográfica, básicamente porque quienes tenían el control del dinero no comprendían de hecho en qué consistía. Tampoco comprendían la mecánica de los análisis del ADN, pero no era necesario; les bastaba con saber que daba resultado.

Pero en este caso los investigadores contaron con la ayuda de una inesperada y extraña fuente. Alrededor del cuello de cada víctima se encontraron los restos de una tabla de madera. Algunas estaban muy descompuestas, pero se creía que los escáneres electrónicos, los aparatos de detección electrostática, o la iluminación en ángulo oblicuo revelarían los trazos de lo que hubiese grabado en la madera. En cambio otras, en particular las que habían estado enterradas en puntos más elevados de la orilla, permanecían casi intactas. Una de ellas apareció bajo la cabeza de un niño de corta edad sepultado junto a un abeto. Las raíces del árbol habían crecido a través y alrededor de los restos, y su recuperación iba a ser una de las más complicadas de llevar a cabo sin dañar los huesos. A su lado había otro esqueleto más pequeño, identificado provisionalmente como una niña de alrededor de siete años, ya que la sutura metópica del hueso frontal del cráneo aún no había desaparecido por completo. Los huesos de las manos estaban mezclados, como si los niños hubiesen tenido los dedos entrelazados en los últimos momentos de sus vidas.

Los huesos del niño estaban semiexpuestos, el cráneo claramente visible, la mandíbula separada a un lado. Presentaba un pequeño orificio en el punto donde se unían los huesos occipital y parietal en la parte posterior de la cabeza, sin el correspondiente orificio de salida en el hueso frontal, si bien parecía que, por efecto de la bala, un pequeño fragmento se había desprendido del foramen supraorbital, el saliente de hueso por encima del ojo derecho.

Las marcas en la tabla de madera hallada junto a su cráneo, grabadas en la veta por una mano infantil, rezaban

JAMES JESSOP

PECADOR

EN BUSCA DEL SANTUARIO

Extracto de la tesis doctoral de Grace Peltier

No está claro cuándo empezaron a aparecer los primeros indicios de dificultades en la nueva colonia.

A diario, la comunidad se ponía en pie y rezaba al despuntar el alba. Luego colaboraba en el levantamiento de las casas y las construcciones agrícolas para la colonia, algunas de las cuales se realizaban con tablas de viejos kits de montaje de los catálogos de venta por correo de Sears, Roebuck, de la década de los treinta. Faulkner mantenía el control de las finanzas y racionaba la comida, ya que el predicador creía en las virtudes del ayuno. Se oraba cuatro veces al día y Faulkner pronunciaba un sermón en el desayuno y otro después de la cena.