Los detalles de la vida cotidiana de los Baptistas de Aroostook proceden de conversaciones con lugareños que tuvieron un limitado contacto con la comunidad, y de alguna que otra carta enviada por Elizabeth Jessop, la esposa de Frank Jessop, a su hermana Lena de Portland. De hecho, estas cartas salían a escondidas de la colonia. Elizabeth llegó a un acuerdo con el propietario, quien, a cambio de un módico pago, se comprometió a mirar en el hueco de un roble en el límite de la colonia todos los martes y mandar por correo toda la correspondencia que encontrase allí. Asimismo accedió a recoger y entregar cualquier respuesta recibida.
Elizabeth ofrece una imagen cruda pero feliz de los tres primeros meses, impregnada de una sensación de que los Baptistas de Aroostook, como los pioneros de otra época, creaban un mundo nuevo donde antes sólo había naturaleza agreste. Las casas, aunque sencillas y mal aisladas de los elementos, se construyeron en poco tiempo, y las familias habían transportado el mobiliario básico en los camiones. Criaron cerdos y pollos y tenían cinco vacas, una de ellas preñada. Cultivaron patatas -esa zona de Aroostook era productora de patatas de primera calidad-, brécol y guisantes, y recogieron la fruta de los manzanos de la finca. Utilizaron pescado podrido para fertilizar la tierra y los víveres que llevaron consigo los almacenaron en cavernas subterráneas excavadas bajo las orillas, donde el agua de manantial mantenía el aire a baja temperatura todo el año, actuando como frigorífico natural.
Las primeras señales de tensión surgieron en julio, cuando resultó evidente que los Faulkner y sus hijos vivían apartados de las otras familias. Faulkner, como líder de la comunidad, se apropió de una proporción mayor de víveres y se negó a entregar siquiera una pequeña cantidad de los fondos que las familias habían reunido, una suma que ascendía como mínimo a veinte mil dólares. Incluso cuando Laurie Perrson, la hija de Billy y Olive Perrson, enfermó gravemente de gripe, Faulkner insistió en que se la atendiese en la propia comunidad. La salud de la niña quedó en manos de Katherine Cornish, cuya formación médica era rudimentaria. Según las cartas de Elizabeth, Laurie sobrevivió de milagro.
La animadversión hacia los Faulkner creció. Sus hijos, a quienes por insistencia de Faulkner debía llamarse sólo Adán y Eva, intimidaban a los miembros más jóvenes de la comunidad: Elizabeth alude enigmáticamente a actos crueles y arbitrarios perpetrados por ellos contra animales y humanos. Como es obvio, estas noticias inquietaron a su hermana, ya que en una carta del 7 de agosto de 1963 Elizabeth intenta tranquilizar a Lena aduciendo que sus dificultades «no son nada en comparación con los sufrimientos que sobrellevaron los colonos del Mayflower, o aquellos espíritus fuertes que viajaron al Oeste pese a la hostilidad de los indios. Tenemos fe en Dios, que es nuestro salvador, y en el reverendo Faulkner, que es la luz que nos guía».
Pero esta carta incluye también la primera referencia a Lyall Kellog, de quien al parecer Elizabeth se estaba enamorando. Por lo visto, la relación entre Frank Jessop y su esposa carecía de vida sexual, aunque se desconoce si debido a desavenencias conyugales o a alguna incapacidad física. De hecho, es posible que la aventura entre Lyall y Elizabeth ya hubiese empezado en el momento en que escribió esa carta de agosto, y desde luego en noviembre había evolucionado ya lo suficiente para que Elizabeth se lo describiese a su hermana como «este hombre maravilloso».
En mi opinión, esta aventura, y sus repercusiones a partir del momento en que se supo en la comunidad, contribuyó en gran medida a la desintegración de la colonia. Queda claro asimismo, por las posteriores cartas de Elizabeth Jessop, que Louise Faulkner desempeñó un papel importante en dicha desintegración, un papel que, según parece, sorprendió a Elizabeth y quizás, al final, provocó un grave conflicto entre Louise y su marido.
15
El ascensor de la estación de metro de la calle Ciento Noventa estaba decorado con fotografías de cachorros de gato y de perro. Dos macetas con plantas y banderas de Estados Unidos clavadas en la tierra colgaban del techo y un pequeño aparato estéreo emitía música relajante. El ascensorista, Anthony Washington, que era el responsable de la insólita ambientación del ascensor de la calle Ciento Noventa, ocupaba una cómoda butaca tras un pequeño escritorio y saludaba por su nombre a los numerosos pasajeros. La MTA, responsable de los transportes públicos urbanos, intentó en una ocasión obligar a Anthony a retirar la decoración del ascensor, pero, a causa de una campaña llevada a cabo por la prensa y el público, no tuvo más remedio que echarse atrás. La estación tenía la pintura del techo desconchada, olía a orina y un continuo arroyo de agua sucia corría entre las vías. Así las cosas, los usuarios del metro agradecían los esfuerzos de Anthony y consideraban que la MTA debía agradecerlos también.
Eran poco más de las nueve y cuarto de la mañana cuando el ascensor de Anthony Washington llegó al nivel de la calle y salí por la boca de Fort Tryon Park. El tiempo había cambiado. Había empezado a tronar poco después del amanecer y en menos de una hora comenzó a llover. Desde hacía cuatro horas que caía una constante lluvia cálida e intensa que había provocado la aparición de paraguas como setas por toda la ciudad.
Ningún autobús esperaba junto al bordillo para trasladar a los visitantes a los Claustros, pero poco importaba, ya que, por lo visto, yo era la única persona que iba en esa dirección. Me arrebujé en el abrigo y enfilé Margaret Corbin Drive. Frente a la pequeña cafetería situada a la izquierda de la calle, un grupo de empleados del servicio de recogida de basuras, se resguardaban apiñados de la lluvia mientras tomaban café. Sobre ellos danzaban los restos de Fort Tryon, que se defendió de los mercenarios hessianos durante la guerra de la Independencia con la ayuda de la mismísima Margaret Corbin, la primera mujer norteamericana que empuñó las armas como soldado en la lucha por la libertad. Me pregunté si Margaret Corbin habría tenido las agallas necesarias para resistirse a las tropas de yonquis y atracadores que merodeaban ahora por el escenario de su triunfo, y llegué a la conclusión de que probablemente sí las tendría.
Segundos después, surgió ante mí la mole de los Claustros, con la costa de New Jersey a mi izquierda y el incesante tráfico del puente de George Washington. John D. Rockefeller Jr. había donado estos terrenos a la ciudad y reservado lo alto de la colina para la construcción de un museo de arte medieval, que se inauguró por fin en 1938. Porciones de cinco claustros medievales se integraron para formar un único edificio moderno, que recordaba las estructuras medievales de Europa. Visité aquel lugar por primera vez de niño, acompañado por mi padre, y desde entonces siempre me había asombrado. Rodeado por la alta torre central y las almenas, los arcos y las columnas, uno podía sentirse por un rato un caballero andante, siempre y cuando pasase por alto el hecho de que tenía ante sí los bosques de New Jersey, donde las únicas damiselas en apuros muy posiblemente eran víctimas de atracos o madres solteras.
Subí por la escalera a la zona de acceso, pagué los diez dólares de la entrada y crucé la puerta de la Sala Románica. Allí no había ningún otro visitante; la hora relativamente temprana y el mal tiempo habían disuadido a la mayoría, y calculé que en esos momentos el número de personas no pasaba de una docena en todo el museo. Atravesé despacio la capilla de Fuentidueña, y me detuve a admirar el ábside y el enorme crucifijo que pendía del techo. A continuación crucé los claustros de Saint-Guilhem y de Cuxá en dirección a la capilla gótica y la escalera que conducía a la planta inferior.
Faltaban unos diez minutos para la cita con Mickey Shine, así que me encaminé hacia el Tesoro, donde el museo guardaba los manuscritos. Entré por una moderna puerta de cristal a una sala revestida con los paneles del coro de la abadía de Jumiêges. Los manuscritos se encontraban en vitrinas, abiertos por páginas que ofrecían una muestra de especial calidad del arte del iluminador. Me detuve un rato ante un magnífico Libro de Horas, pero reservé mi atención sobre todo para la exposición itinerante.