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El libro del Apocalipsis había sido tema en la iluminación de manuscritos desde el siglo IX, y si bien en un principio los ciclos apocalípticos se producían para los monasterios, hacia el siglo XIII empezaron a realizarse también para mecenas seglares. Para esta exposición se habían reunido varias de las mejores muestras y llenaban la sala imágenes del juicio final y del castigo eterno. Dediqué un rato a contemplar cómo los pecadores medievales eran devorados, descuartizados o atormentados con pinchos -o, en el caso de la representación de la Boca del Infierno del salterio de Winchester, las tres cosas a la vez, mientras un diligente ángel cerraba las puertas desde fuera- antes de pasar a los grabados de Durero, la obra de Cranach para la traducción alemana del Nuevo Testamento de Martín Lutero y las visiones de dragones rojos de Blake, hasta que por fin llegué a la pieza central de la exposición.

Era el Apocalipsis de los Claustros, de principios del siglo XIV, y la ilustración de la página abierta era casi idéntica a la que había visto en el panfleto de la Hermandad. Mostraba a una bestia con múltiples ojos y largas patas vagamente arácneas que sacrificaba a los pecadores con una lanza mientras Jesucristo y los santos contemplaban la escena impasibles desde el ángulo derecho de la página. Según la nota explicativa de la vitrina, la bestia mataba a aquellos cuyos nombres no aparecían en el Libro de la Vida del Cordero de Dios. Abajo constaba también la traducción de una nota en latín del iluminador añadida al margen: «Y si los nombres de los salvados se recogen en el Libro de la Vida, ¿no estarán también escritos los nombres de los condenados? Y si es así, ¿dónde puede encontrárselos?».

Oí el eco de la amenaza del señor Pudd a Mickey Shine y a su familia: sus nombres estarían escritos. La duda, tal como la había planteado el iluminador, era dónde.

Ya eran las diez, pero aún no se veían señales de Mickey Shine. Salí del Tesoro, crucé la Galería de Cristal y abrí una pequeña puerta sin rótulo alguno que daba al claustro de Trie. Aparte de la lluvia, sólo se oía el gorgoteo del surtidor en el centro de las arcadas de mármol, dominado a su vez por una cruz de piedra caliza. A mi derecha, una abertura llevaba al claustro descubierto de Bonnefont. Cuando lo atravesé, me encontré en un jardín con vistas al río Hudson y a la costa de New Jersey. A mi derecha se alzaba la torre de la capilla gótica; a mi izquierda estaba el muro principal de los Claustros, con una altura de unos siete metros y, al pie, una extensión de césped. Arcadas con columnas delimitaban los otros dos lados de la plaza.

Arbustos y árboles comunes en la época medieval poblaban el jardín. Un cuarteto de membrillos se alzaba en el centro, y ya empezaba a brotar su fruta dorada. Una valeriana crecía a la sombra de las enormes hojas de una mostaza negra; cerca había alcaraveas y puerros, cebollinos y apios, rubia y asperillas, estas dos últimas, ingredientes de los tintes utilizados por los artistas de los manuscritos expuestos en el edificio principal del museo.

Tardé unos segundos en notar la nueva incorporación al jardín. Contra la pared del fondo, junto a la entrada a la torre, crecía un peral enredado a una espaldera, cuya forma recordaba a una menorah. Las deshojadas ramas eran como ganchos, y seis de ellas salían del tronco del árbol. La cabeza de Mickey Shine estaba empalada en la punta misma del tronco, cosa que lo convertía en una criatura de carne y madera. Colgaban de su cuello hilos de sangre coagulada semejantes a zarcillos, y la lluvia mojaba la palidez de sus facciones y se encharcaba en las cuencas hundidas de los ojos. Jirones de piel ondeaban suavemente al viento y tenía restos de sangre alrededor de la boca y las orejas. La coleta había sido seccionada al cortar la cabeza y el cabello suelto se adhería ahora a la piel azul grisácea.

Me llevaba ya la mano a la pistola cuando, a mi derecha, surgió de entre las sombras de la arcada la silueta arácnea del señor Pudd. Empuñaba una Beretta con silenciador. Me paré en el acto. Me ordenó que levantara las manos lentamente. Obedecí.

– Así que aquí le tenemos, señor Parker -dijo, y tras los carnosos y oscuros párpados sus ojos brillaron con una intensidad hostil-. Espero que le guste cómo he decorado este lugar.

Señaló hacia el árbol con el arma. Al pie se encharcaban la sangre y la lluvia en un siniestro reflejo de lo que había en lo alto. Vi brillar trémulamente el rostro de Mickey Shine por efecto de las gotas de lluvia, y sus rasgos inmóviles parecieron cobrar vida y expresión.

– Encontré al señor Sheinberg en un hotel de tres al cuarto de Bowery -prosiguió-. Cuando descubran lo que queda de él en la bañera, me temo que el hotel no llegará ni a tres al cuarto. -Continuaba lloviendo. El mal tiempo mantendría alejados a los turistas, y eso era lo que el señor Pudd deseaba-. La idea ha sido mía. Me ha parecido apropiado en este entorno medieval. La ejecución, pues ha sido una ejecución, le ha correspondido a mi… socia.

A mi derecha, aún al abrigo de la arcada, la mujer de la garganta mutilada estaba apoyada contra una columna con una mochila abierta a los pies. Nos observaba con actitud impasible, como Judith después de deshacerse de la cabeza de Holofernes.

– Se ha resistido mucho -explicó el señor Pudd casi abstraído-. Pero, claro, hemos empezado desde atrás y nos ha costado un rato llegar a la arteria vertebral. Después de eso ya no ha ofrecido tanta resistencia.

Notaba bajo el abrigo el peso de la Smith & Wesson contra la piel, como una promesa que jamás se cumpliría. El señor Pudd volvió a concentrar toda su atención en mí, levantando un poco la Beretta.

– Esa Peltier nos robó algo, señor Parker. Queremos recuperarlo.

Por fin hablé.

– Ya estuvo usted en mi casa. Se lo llevó todo.

– Miente. El viejo no lo tenía, pero creo que usted quizá sí lo tenga, y aunque no sea así, sospecho que sabe quién lo tiene.

– ¿El Apocalipsis?

Era sólo una suposición, pero certera. El señor Pudd contrajo los labios y asintió con la cabeza.

– Dígame dónde está, y morirá sin sentir nada.

– ¿Y si no se lo digo?

Con el rabillo del ojo vi que la mujer sacaba un arma y me apuntaba. El señor Pudd se movió simultáneamente. Su mano izquierda, hasta entonces oculta en el bolsillo del abrigo, asomó de entre los pliegues. Sostenía una jeringuilla.

– Le dispararé, no para matarlo sino para incapacitarlo, y luego… -Levantó la jeringuilla y un chorro de líquido transparente brotó de la aguja.

– ¿Es eso lo que utilizó para matar a Epstein? -pregunté.

– No -contestó-. En comparación con lo que usted va a padecer, el desdichado rabino Epstein pasó cómodamente a mejor vida. Usted está a punto de experimentar un dolor extremo, señor Parker.

Inclinó el arma para apuntar hacia mi vientre, pero yo no miraba el arma. En lugar de eso observé un pequeño punto rojo que apareció en la entrepierna del señor Pudd y empezó a subir lentamente. Pudd bajó los ojos para ver qué miraba y abrió la boca en expresión de sorpresa mientras el punto continuaba su ascenso por el pecho y el cuello hasta detenerse en el centro de la frente.

– Usted primero -dije, pero él ya estaba en movimiento.

La primera bala le arrancó un trozo de la oreja derecha a la vez que él descerrajaba un tiro en dirección a mí. Sentí el siseo de la lluvia junto a la cara cuando el calor del proyectil calentó el aire. A continuación se produjeron otros tres disparos, que le abrieron unos boquetes negros en el pecho. Las balas deberían haberlo traspasado, sin embargo saltó hacia atrás a causa del impacto como si hubiese recibido un puñetazo y, tambaleándose, fue a chocar contra la pared.