Выбрать главу

Existen doce «Apocalipsis de Faulkner», y, según los registros de su proveedor de pan de oro, es poco probable que Faulkner hiciese más. Cada libro estaba encuadernado en piel trabajada a mano, con incrustaciones de oro, e ilustrado a mano por Faulkner, con una marca distintiva en el lomo: seis líneas doradas horizontales, dispuestas en tres grupos de dos, y la última letra del alfabeto griego:

El papel no era de madera sino de trapos de hilo y algodón macerados en agua hasta quedar reducidos a pulpa. Faulkner hundía una bandeja rectangular en la pulpa y extraía aproximadamente dos centímetros y medio de esa sustancia, que se escurría a través de una tela metálica en la base de la bandeja. Con delicadeza, agitaba la bandeja y así se entrelazaban las fibras apelmazadas del líquido. Esas láminas de pulpa parcialmente solidificadas se comprimían después con una prensa y luego se sumergían en gelatina animal para encolarlas, lo que permitía que retuviesen la tinta. El papel se cosía en pliegos de seis para reducir al mínimo la acumulación de hilo en el lomo.

Las ilustraciones de los Apocalipsis de Faulkner proceden en su mayor parte de artistas anteriores y todas mantienen un criterio uniforme. (Los doce volúmenes son propiedad de una misma persona, y se me permitió examinarlos detenidamente.) El primer Apocalipsis se inspira en Alberto Durero (1471-1528); el segundo, en manuscritos medievales; el tercero, en Lucas Cranach el Viejo (1472-1553), y así hasta el último libro existente que incluye seis ilustraciones basadas en la obra de Frans Masereel (1889-1972), cuyo ciclo del Apocalipsis partió de imágenes de la segunda guerra mundial. Según quienes trataron con él, parece que a Faulkner le atraía la imaginería apocalíptica por sus connotaciones de castigo divino, no porque la viera como anuncio de un segundo Advenimiento o un Juicio Final. Para Faulkner, el juicio ya había empezado: el castigo divino y la condenación eran un proceso en curso.

Faulkner creó sus Apocalipsis exclusivamente para coleccionistas ricos y, en opinión de algunos, su venta proporcionó en gran medida la financiación inicial a la comunidad de Faulkner. Desde la fecha de la fundación de la colonia de Eagle Lake, no aparecieron más versiones realizadas por Faulkner.

16

Louis me dejó en casa y siguió hacia el Black Point Inn. Telefoneé a Gordon Buntz para comprobar que Rachel estaba bien, y una breve llamada a Ángel me confirmó que en la mansión de los Mercier no había ocurrido nada fuera de lo corriente, salvo la llegada del abogado Warren Ober y de su mujer. También había visto cuatro clases distintas de golondrinas de mar y dos chorlitos. Esa noche acordamos reunirnos más tarde Louis, él y yo.

Durante mi estancia en Boston y Nueva York había ido escuchando mis mensajes con regularidad, pero tenía dos nuevos desde esa mañana. El primero era de Arthur Franklin, que deseaba saber si la información facilitada por su cliente, el pornógrafo Harvey Ragle, me había sido de utilidad. De fondo oí el gimoteo de Ragle: «Soy hombre muerto. Díselo. Soy hombre muerto».

El segundo mensaje era del agente Norman Boone del ATF. Ellis Howard, el subjefe del Departamento de Policía de Portland, me dijo en una ocasión que Boone olía como una puta francesa pero carecía del encanto que suele asociarse a éstas. Me había dejado en el contestador los números de su teléfono particular y del móvil. Lo llamé a casa.

– Soy Charlie Parker. ¿En qué puedo ayudarle, agente Boone?

– Vaya, gracias por devolverme la llamada, señor Parker. Sólo han pasado -lo imaginé consultando su reloj de manera ostensible-… cuatro horas.

– He estado fuera.

– ¿Le importa decirme dónde?

– ¿Por qué? ¿Teníamos una cita?

Boone dejó escapar un teatral suspiro.

– Hable ahora, señor Parker, o hable mañana en One City

Center. Debo advertirle que soy un hombre ocupado, y probablemente mañana mi paciencia estará más cerca de agotarse.

– He estado en Boston de visita a un viejo amigo.

– Un viejo amigo que, según tengo entendido, ha acabado con un agujero en la cabeza a media representación de Cleopatra.

– Seguramente ya sabía cómo terminaba la obra. Ella muere, por si no está usted enterado.

Pasó por alto el comentario.

– ¿Tenía algo que ver su visita con Lester Bargus?

Aunque la pregunta me desconcertó, no vacilé ni un segundo.

– No directamente.

– Sin embargo, visitó al señor Bargus poco antes de marcharse de la ciudad.

Maldije para mis adentros.

– Lester y yo nos conocemos desde hace mucho.

– Siendo así, quedará usted transido de pena cuando le diga que ya no está entre nosotros.

– «Pena» quizá no sea la palabra. ¿Y el interés del ATF en todo esto se debe a…?

– El señor Bargus ganaba un poco de dinero con la venta de arañas y cucarachas gigantes y mucho dinero con la venta de semiautomáticas y diversas armas de fuego a la clase de personas que tienen esvásticas en la vajilla. Era lógico que captase nuestra atención. Mi pregunta es por qué captó la atención de usted.

– Buscaba a una persona y pensé que tal vez Lester supiese dónde estaba. ¿Es esto un interrogatorio, agente Boone?

– Es una conversación, señor Parker. Si la mantuviésemos mañana, cara a cara, sería un interrogatorio.

Aun separados por una línea telefónica, debía admitir que Boone hacía bien su trabajo. Estaba acorralándome, dejándome casi sin espacio para maniobrar. No iba a hablarle de Grace Peltier, porque Grace me llevaría a Jack Mercier y posiblemente a la Hermandad, y el último de mis deseos era que el ATF la tomase por asalto a lo Waco. Decidí, pues, dirigirlo hacia Harvey Ragle.

– Lo único que sé es que Arthur Franklin, un abogado, me llamó y me pidió que hablase con su cliente.

– ¿Quién es su cliente?

– Harvey Ragle. Hace películas pornográficas con bichos. La gente de Al Z distribuía algunas.

Esta vez fue Boone el desconcertado.

– ¿Bichos? ¿De qué demonios me está hablando?

– Mujeres en ropa interior aplastando bichos -le expliqué como si fuese un niño-. También se dedica al porno geriátrico, la obesidad y las personas de baja estatura. Es un artista.

– Veo que conoce a gente encantadora en su trabajo.

– Para mi satisfacción, usted se aparta de la norma, agente Boone. Según parece, un individuo que tiene cierta afinidad con los insectos quiere matar a Harvey por hacer esas películas porno para psicópatas. Lester Bargus era el proveedor de bichos y también parecía saber algo del individuo ese, así que accedí a hablar con él en nombre de Ragle.

La inverosimilitud de aquello era pasmosa. Percibí que Boone se preguntaba hasta qué punto estaba tomándole el pelo.

– ¿Y quién es ese misterioso herpetólogo?

«Herpetólogo.» Saltaba a la vista que el agente Boone era aficionado al Scrabble.

– Se hace llamar señor Pudd, y me parece que, en rigor, es aracnólogo, no herpetólogo. Le gustan las arañas. Creo que es él quien mató a Al Z.

– ¿Y usted se dirigió a Lester Bargus con la esperanza de encontrar a ese hombre?

– Sí.

– Pero no llegó a ninguna parte.

– Lester era un hombre irascible.

– Pues ahora está mucho más tranquilo.

– Si lo tenía bajo vigilancia, ya sabe lo que ocurrió entre nosotros -dije-. Y eso significa que quiere algo más de mí.

Tras un ligero titubeo, Boone pasó a explicar que un hombre que viajaba con el nombre de Clay Daemon había entrado en la tienda de Lester, había pedido que le dieran información acerca de cierto hombre que aparecía en una fotografía y acto seguido había matado a tiros a Lester y a su ayudante.