– Me gustaría que le echase un vistazo a la fotografía -dijo.
– ¿La dejó?
– Suponemos que tiene más de una copia. En ese sentido los asesinos a sueldo tienden a hacer las cosas bien.
– ¿Quiere que vaya? Podría ser mañana.
– ¿Y ahora?
– Mire, agente Boone, necesito una ducha, un afeitado y una siesta. Le he dicho todo lo que sé. Quiero ayudarle, pero deme un respiro.
Boone cedió un poco.
– ¿Tiene correo electrónico?
– Sí, y una segunda línea.
– Entonces no se retire de ésta. Enseguida vuelvo.
La línea quedó en silencio, así que conecté el portátil y esperé el mensaje de Boone. Cuando llegó, contenía dos imágenes. Una era la fotografía del asesinato en la clínica de abortos. Localicé al señor Pudd de inmediato. La otra era un fotograma procedente de la videocámara instalada en la tienda de Lester Bargus, que mostraba al asesino Clay Daemon. Segundos después, Boone volvió al teléfono.
– ¿Reconoce a alguien en la primera foto?
– El tipo que está a la derecha en segundo plano es Pudd, de nombre Elias. Se presentó en mi casa para preguntarme por qué andaba entrometiéndome en sus asuntos. No conozco al hombre del fotograma.
Al otro lado de la línea oí chasquear a Boone con la lengua rítmicamente incluso mientras le daba el número del abogado de Ragle.
– Volveré a ponerme en contacto con usted, señor Parker -dijo por fin-. Tengo la sensación de que sabe más de lo que cuenta.
– Todo el mundo sabe más de lo que cuenta, agente Boone -contesté-. Incluso usted. Una pregunta.
– Diga.
– ¿Quién es el hombre herido de la primera fotografía?
– Se llamaba David Beck. Trabajaba en una clínica de abortos de Minnesota, y en esa fotografía ya está muerto. El asesinato forma parte de los archivos del VAAPCON.
El VAAPCON, siglas de Conspiración para la Acción Violenta contra las Prácticas Abortistas, era el nombre en clave de la investigación conjunta llevada a cabo por el FBI y el ATF en esta área. El ATF y el FBI tenían una mala relación de trabajo; durante mucho tiempo, el FBI se había resistido a investigar las agresiones contra médicos y clínicas con el pretexto de que no eran de su competencia, y, por consiguiente, la investigación en torno a las acusaciones de conspiración para la acción violenta quedaba en manos del ATF. Esta situación cambió a raíz de la creación del VAAPCON y la promulgación de nuevas leyes que facultaban al FBI y al Departamento de Justicia para actuar contra la violencia relacionada con el aborto. No obstante, las tensiones entre el FBI y el ATF contribuyeron al relativo fracaso del VAAPCON; no se descubrió prueba alguna de conspiración y los agentes empezaron a tomarse a risa la investigación, a pesar de los crecientes indicios de vínculos entre las milicias de ultraderecha y los antiabortistas radicales.
– ¿Se encontró al asesino? -pregunté.
– Todavía no.
– Como tampoco se ha encontrado al asesino de la esposa de ese hombre.
– ¿Qué sabe de eso? -preguntó Boone.
– Sé que cuando se descubrió el cadáver, tenía arañas en la boca.
– Y a nuestro amigo Pudd le gustan las arañas.
– El mismo Pudd cuya cabeza aparece rodeada por un círculo en esta fotografía -comenté.
– ¿Sabe para quién trabaja?
– Diría que por cuenta propia. -No era del todo mentira. Pudd no rendía cuentas a Carter Paragon, y la Hermandad, como era de dominio público, no era tan importante para requerir sus servicios.
Boone permaneció en silencio por un momento. Sus últimas palabras antes de colgar fueron:
– Volveremos a hablar.
No lo dudaba.
Sentado ante el ordenador, salté de una imagen a otra. Reconocí a Alison Beck, más joven, que sostenía entre los brazos a su marido muerto, con el rostro contraído por el dolor y manchas de sangre en la blusa, la falda y las manos. Luego volví a mirar los pequeños ojos del señor Pudd, tras los párpados carnosos y entornados, mientras se escabullía entre la gente. Me pregunté si él mismo había apretado el gatillo o si simplemente había organizado el asesinato. En cualquier caso, estaba implicado, y otra pieza del rompecabezas encajaba en su sitio. De algún modo, Mercier había encontrado a Epstein y a Beck, dos personas que, cada una por sus propias razones, estaban dispuestas a colaborar con él en sus actuaciones contra la Hermandad. Pero ¿por qué preocupaba tanto la Hermandad a Mercier? ¿Era sólo una muestra más de su liberalismo o había otros motivos más profundos?
Casualmente, una posible respuesta a esta pregunta se presentó ante mi puerta media hora después en un Mercedes descapotable negro. Deborah Mercier, sola y sin ayuda, se apeó del asiento del conductor vestida con un abrigo negro largo. Pese a la creciente oscuridad, llevaba gafas de sol. El pelo no se le movía con la brisa. Podía deberse a la laca, o a un acto de voluntad. También podía ser que ni siquiera el viento se atreviese a importunar a la esposa de Jack Mercier. Me pregunté con qué excusa habría dejado solos a los invitados en su casa; quizá les había dicho que necesitaba comprar leche.
Abrí la puerta cuando pisó el primer peldaño del porche.
– ¿Se ha equivocado de camino, señora Mercier? -pregunté.
– Sin duda uno de nosotros dos se ha equivocado -contestó-, y puede que sea usted.
– Nunca pierdo la oportunidad. Veo dos caminos que se separan en el bosque y de fijo tomo el que acaba al borde de un precipicio.
Nos encontrábamos a unos diez pasos de distancia, observándonos como un par de pistoleros que no cuadran el uno con el otro. Deborah Mercier, con todo el aspecto propio de una mujer de su clase, se quitó las gafas y sus ojos de color azul claro revelaron la calidez del mar Ártico, sus pupilas diminutas y menguantes parecían los cuerpos de marineros ahogados hundiéndose en las profundidades.
– ¿Quiere entrar? -pregunté. Me di media vuelta y oí a mis espaldas cómo avanzaba por la madera. Se detuvo antes de llegar a la puerta. Miré atrás y vi que arrugaba un poco la nariz en un gesto de ligera repugnancia al recorrer mi casa con la mirada.
– Si espera que la coja en brazos para cruzar el umbral, debo advertirle que tengo problemas de espalda y quizá no lo consiguiésemos.
Arrugó la nariz un poco más y la expresión de su mirada se heló por completo, las pupilas se le redujeron al tamaño de puntas de alfiler. Después, acompañada del ruido de los tacones de sus zapatos de salón negros contra las tablas, semejante a un castañeteo de huesos, me siguió con cautela al interior de la casa.
La llevé a la cocina y le ofrecí café. No lo aceptó, pero empecé a prepararlo de todos modos. La miré mientras se desabrochaba el abrigo, dejando a la vista un vestido negro formal y ajustado que le llegaba casi hasta las rodillas, y se sentaba. Sus piernas, como el resto de su cuerpo, no estaban nada mal para una mujer de cuarenta y tantos años. De hecho, no estaban mal para una mujer de cuarenta, ni siquiera para una de treinta y cinco. Sacó un paquete de tabaco del bolso y encendió un cigarrillo con un Dunhill de oro. Dio una larga calada y dejó escapar un hilo de humo entre los labios apretados.
– Puede fumar con entera libertad -comenté.
– Si eso me preocupase, se lo habría preguntado.
– Si me preocupase a mí, la obligaría a apagarlo.
Ladeó un poco la cabeza y esbozó una vacua sonrisa.
– ¿Cree, pues, que puede obligar a los demás a hacer lo que usted quiera? -preguntó.
– Creo que tal vez usted y yo tengamos eso en común, señora Mercier.
– Probablemente es lo único que tenemos en común, señor Parker.
– No perdamos la esperanza -respondí. Llevé la cafetera a la mesa y me serví una taza.
– Pensándolo mejor, tomaré un poco de café -dijo.
– Huele bien, ¿verdad?
– O quizá sea que aquí dentro todo lo demás huele mal. ¿Vive solo?
– Solo con mi ego.