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Según la única testigo, Muriel Faulkner, 15 años, Edie se vio en dificultades al tratar de rescatar al perro cuando éste cayó desde la orilla, y se ahogó antes de que Muriel pudiese ir en busca de ayuda.

Edie era una destacada miembro del coro de la iglesia de Santa María, Eagle Lake, y el coro cantará en su funeral. Muriel pertenece a la pequeña comunidad religiosa conocida en la zona como los Baptistas de Aroostook. Su padre, Aaron, es el pastor de la comunidad.

La policía del estado considera que se trata de una muerte accidental, si bien continúa sin explicarse cómo pudo ahogarse Edie en aguas tan poco profundas.

Esta semana se mantendrán velas encendidas en todas las casas del pueblo por la muchacha cuya hermosa voz le valió el sobrenombre de «Ruiseñor de Eagle Lake».

Tercera parte

A la legión de los perdidos, a la cohorte de los condenados.

Rudyard Kipling, «Caballeros y soldados»

17

A la mañana siguiente desperté con una palpitación en el dorso de la mano, recordatorio de mi encuentro con Deborah Mercier. Ya no trabajaba para su marido, pero aún tenía llamadas pendientes. Telefoneé una vez más a Buntz en Boston, que me aseguró que Rachel estaba sana y salva, antes de ponerme en contacto con el Departamento de Policía de Portland.

Quería ver el lugar donde habían sido enterrados los Baptistas de Aroostook. Se me podía acusar, supuse, de curiosidad morbosa, pero no era sólo eso; todo lo que había ocurrido -todas las muertes, todas esas historias familiares contaminadas- estaba vinculado a esas almas extraviadas. El lugar de St. Froid donde se habían enterrado era el epicentro de una serie de ondas expansivas que habían afectado a varias generaciones de vidas, incidiendo incluso en aquellos que no tenían relación consanguínea con las personas sepultadas bajo aquella tierra fría y húmeda. Había unido a los Peltier y a los Mercier, y esa unión había encontrado expresión definitiva en Grace.

Me asaltó una visión de ella, asustada y triste, en Higgins Beach mientras un joven egoísta lanzaba piedras al agua preocupado sólo por las oportunidades que perdería si era padre a tan temprana edad. Le eché la culpa a ella, lo sabía: por desearme, por permitirme estar con ella, por dejarme penetrarla. Mientras las piedras caían, me hundí con ellas, descendiendo lentamente hasta el lecho marino, donde el embate de las olas ahogaba la voz de Grace, y el sonido de su llanto y el mundo adulto, con sus tormentos y traiciones, se desdibujaba en una mancha verde azulada.

Ya por entonces ella debía de conocer el pasado de su familia. Quizá sentía cierta afinidad con Elizabeth Jessop, que muchos años antes había partido hacia una nueva existencia y nunca se la volvió a ver. Grace era una romántica, y pienso que habría deseado creer que Elizabeth había encontrado el paraíso terrenal que buscaba, que de algún modo había rehecho su vida, aislándose del pasado con la esperanza de poder empezar de cero. Salvo que en su interior una voz susurraba que Elizabeth estaba muerta: Ali Wynn me lo había dicho.

Luego Deborah Mercier sembró en Grace la idea de que Faulkner quizás estuviese vivo aún, y que por mediación de él podía revelarse la verdad sobre la desaparición de Elizabeth Jessop. Casi con toda seguridad, Grace se dirigió entonces a Carter Paragon, quien, debido a su propia debilidad y a la venta de un Apocalipsis creado recientemente por Faulkner, había sacado a la luz la posible supervivencia del predicador. Después de esa entrevista, alguien asesinó a Grace y se apropió de sus notas y de otro objeto. Ese segundo objeto, sospeché, era otro Apocalipsis que de algún modo había llegado a manos de Grace. Para averiguar cómo había ocurrido, tendría que volver a presionar a los Becker por si su hija Marcy podía ayudarme a atar los cabos sueltos. Eso lo dejaría para el día siguiente, ya que de momento tenía por delante a Paragon y el lago St. Froid, así como otra visita que había preferido no mencionar a Ángel y a Louis.

Por lo general, los detectives privados no tienen acceso al lugar de un crimen, excepto cuando son los primeros en llegar. Ésta era la segunda vez en menos de dieciocho meses que pedía ayuda a Ellis Howard, el subjefe de la Brigada de Investigación del Departamento de Policía de Portland, para transgredir un poco las normas. Durante un tiempo, Ellis había intentado convencerme para que me uniera a la brigada, hasta que los acontecimientos de Dark Hollow se confabularon para inducirlo a reconsiderar la proposición.

– ¿Por qué? -me preguntó cuando le telefoneé y accedió por fin a atender mi llamada-. ¿Por qué habría de hacerlo?

– Ni siquiera me saludas.

– Hola. ¿Por qué? ¿Qué interés tienes en esto?

No le mentí.

– Grace y Curtis Peltier.

Al otro lado de la línea se produjo un silencio mientras Ellis repasaba la lista de posibles permutaciones sin llegar a ninguna conclusión.

– No veo la relación.

– Eran parientes de Elizabeth Jessop, una de las Baptistas de Aroostook. -Decidí no mencionar el otro lazo de sangre por parte de Jack Mercier-. Antes de morir, Grace estaba preparando una tesis sobre la historia del grupo.

– ¿Por eso murió Curtis Peltier en la bañera?

Ése era el problema de negociar con Ellis; al final, siempre hacía preguntas espinosas. Traté de concebir la respuesta más nebulosa posible en un esfuerzo por oscurecer la verdad en lugar de mentir descaradamente. Tarde o temprano, como yo bien sabía, las mentiras que estaba diciendo, tanto directas como por omisión, vendrían a perseguirme. Tenía la esperanza de que, llegado ese momento, hubiese acumulado ya información suficiente para salvar el pellejo.

– Al parecer, alguien pensó que Curtis Peltier sabía más de lo que sabía -dije.

– ¿Y quién podría ser esa persona, en tu opinión?

– No sé nada de él salvo el nombre -contesté-. Se hace llamar señor Pudd. Intentó disuadirme de seguir investigando las circunstancias de la muerte de Grace Peltier. También puede estar relacionado con el asesinato de Lester Bargus y Al Z en Boston. Norman Boone, del ATF, tiene más detalles por si quieres hablar con él.

Había excluido el nombre de Curtis Peltier de mi conversación con Boone, pero ahora Curtis estaba muerto y yo no sabía con certeza en qué medida seguía en deuda de confidencialidad con Jack Mercier. La presión para revelar los verdaderos vínculos con la Hermandad crecía por momentos. Estaba mintiéndole a la gente, ocultando posibles pruebas de una conspiración, y ni siquiera tenía muy claro por qué. En parte se debía probablemente al deseo romántico de compensar el pequeño dolor que en la adolescencia había causado a Grace Peltier, un dolor que casi con toda certeza ella había olvidado hacía mucho tiempo. Pero también era consciente del peligro que corría Marcy Becker, y de que Lutz, un policía, guardaba algún tipo de relación con la muerte de la amiga de Marcy. Carecía de pruebas de la implicación de Lutz, pero si contaba a Ellis o a cualquier otra persona lo que sabía, me vería obligado a revelar la existencia de Marcy. Y si lo hacía, sería como firmar su sentencia de muerte

– ¿Trabajabas para Curtis Peltier? -preguntó Ellis interrumpiendo mis pensamientos.

– Sí.

– ¿Investigabas la muerte de su hija?

– Así es.

– Pensaba que ya no te dedicabas a esa clase de trabajos.

– Grace era amiga mía.

– Gilipolleces.

– Eh, yo también tengo amigos.

– No muchos, juraría. ¿Qué averiguaste?

– Poca cosa. Creo que antes de morir habló con Carter Paragon, el fulano que dirige la Hermandad, pero la ayudante de Paragon lo niega.