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– ¿Eso es todo?

– Eso es todo.

– ¿Y por eso te pagan un buen dinero?

– A veces.

Suavizó un poco el tono de voz.

– La investigación sobre la muerte de Grace Peltier ha sido… reactivada desde el asesinato de su padre. Trabajamos en colaboración con la policía del estado para evaluar los posibles vínculos.

– ¿Quién es el enlace de la BIC del estado?

Oí movimiento de papeles.

– Lutz -respondió Ellis-. John Lutz, de Machias. Si sabes algo sobre la muerte de Grace Peltier, seguro que le gustaría hablar contigo.

– Sí, no lo dudo.

– ¿Y ahora quieres examinar la fosa común en el norte de Maine?

– Sólo quiero ir a ver el lugar. No quiero hacer todo el viaje hasta allí para que un cortés agente de la policía del estado me obligue a dar media vuelta a dos kilómetros del lago.

Ellis dejó escapar un largo suspiro.

– Haré una llamada. No te prometo nada. Pero… -Sabía que habría un «pero»-. Cuando vuelvas -continuó Ellis-, quiero que hables conmigo. Todo lo que me digas será tratado confidencialmente, te lo garantizo.

Accedí. Ellis era un hombre de honor, y yo deseaba ayudarle en la medida de mis posibilidades. Simplemente no sabía cuál era esa medida sin llegar al punto de echarlo todo a perder.

Tenía que hacer un alto en el camino antes de viajar al norte, un paso atrás en mi propio pasado y mis propios sentimientos. Tenía que visitar la Colonia.

El acceso a la comunidad conocida como la Colonia era poco más o menos tal como lo recordaba. Desde South Portland me dirigí al oeste pasando por Westbrook, White Rock y Little Falls, hasta encontrarme ante el lago Sebago. Seguí la orilla hasta el propio pueblo de Sebago Lake y luego tomé hacia el noroeste por Richville Road hasta el desvío de Smith Hill Road. Había agua a ambos lados de la carretera, y las afiladas copas de las coníferas se reflejaban en el pantanal inundado. Los corazones de virgen y los lirios de agua desplegaban sus hojas y los cornejos florecían en la tierra húmeda. Más adelante, la carretera estaba alfombrada de semillas de abedul que habían caído de las piñas secas. Finalmente la carretera quedó reducida a poco más que un camino de tierra, dos roderas idénticas con hierba en medio, hasta perderse en una arboleda unos cien metros más allá. Nada indicaba qué había detrás de los árboles, excepto un pequeño cartel de madera a un lado del camino que tenía grabadas una cruz y dos manos juntas y ahuecadas.

En mis horas más bajas, después de la muerte de Susan y Jennifer, pasé una temporada en la Colonia. Sus miembros me encontraron hecho un ovillo ante la puerta tapiada de una tienda de electrónica de Congress Street, apestando a alcohol y desesperación. Me ofrecieron cama para esa noche; luego me subieron a la parte trasera de una furgoneta y me llevaron a la comunidad.

Pasé con ellos seis semanas. Acogían a otros como yo. Algunos eran alcohólicos o drogadictos. Otros eran hombres que simplemente habían perdido el rumbo y se habían visto rechazados por familiares y amigos. Habían llegado a la comunidad por iniciativa propia, o los había enviado alguien que aún se preocupaba por ellos. En algunos casos, como el mío, la comunidad los había encontrado y les había tendido una mano. Todos eran libres de marcharse en cualquier momento, sin reproches; pero mientras formaban parte de la comunidad debían atenerse a las reglas. No se permitía el consumo de alcohol o drogas ni la actividad sexual. Todos trabajaban. Todos contribuían al bien de la comunidad. Nos reuníamos a diario para lo que podía describirse como el momento de oración, pero éste se acercaba más a la meditación, a la reconciliación con nuestros propios defectos y los defectos de los demás. De vez en cuando consejeros externos a la comunidad se unían a nosotros para facilitarnos la labor o para ofrecer apoyo y asesoría especializada a quienes lo necesitaban. Pero sobre todo nos escuchábamos y nos ayudábamos mutuamente, auxiliados por los fundadores de la comunidad, Doug y Amy Greaves. La única presión para permanecer allí procedía de otros miembros; se dejaba muy claro que no sólo estábamos allí para ayudarnos a nosotros mismos sino también, mediante nuestra presencia, para ayudar a nuestros hermanos.

Volviendo la vista atrás, pienso que aún no estaba preparado para lo que la Colonia tenía que ofrecer. Cuando me marché, el hombre confuso y propenso a la autocompasión que era al principio había dado paso a un hombre con un propósito, con un objetivo claro: encontraría al asesino de Susan y Jennifer y lo mataría. Y al final hice eso mismo. Maté al Viajante. Lo maté y destruí a todo aquel que intentó interponerse en mi camino.

Al cruzar la arboleda apareció la casa. Tenía las paredes enjalbegadas y cerca había graneros y depósitos, también blancos, y establos convertidos en dormitorios. Pasaban de las nueve de la mañana y los miembros de la comunidad ya habían emprendido sus tareas cotidianas. A mi derecha, un hombre negro recogía huevos en el gallinero, y más allá vi moverse unas siluetas en los pequeños invernaderos. El zumbido de una sierra circular me llegó de uno de los graneros, donde aquellos con la destreza necesaria ayudaban a fabricar los muebles, los candelabros y los juguetes que se vendían para contribuir a la financiación de las actividades de la comunidad. El resto del dinero procedía principalmente de donativos privados, en parte de quienes á lo largó de los años habían cruzado las puertas de la Colonia y, al hacerlo, habían dado los primeros pasos hacia la reconstrucción de su vida. Yo les había mandado lo que había estado a mi alcance, y había escrito a Amy una o dos veces. Pero no había regresado a la comunidad desde el día en que le volví la espalda.

Cuando me acercaba a la casa, apareció en el porche una mujer. Era de baja estatura, no mucho más de un metro cincuenta, con el cabello largo y canoso parcialmente recogido. Sus anchos hombros se perdían bajo una holgada sudadera, y los dobladillos deshilachados de sus vaqueros casi ocultaban las zapatillas. Me observó mientras me apeaba del coche. Al aproximarme a ella, una sonrisa apareció de pronto en su rostro. De inmediato bajó al jardín para abrazarme.

– Charlie Parker -dijo Amy con cierto asombro. Me estrechó entre sus fuertes brazos y percibí el aroma a manzanas de su cabello. Retrocedió y me examinó con detenimiento hasta fijar su mirada en la mía. A su cara asomó todo lo que estaba pensando, y en el movimiento de sus facciones me pareció ver representados los sucesos de los últimos dos años y medio. Cuando por fin apartó la vista, se advirtió en su mirada el choque entre la preocupación y el alivio.

Me tomó de la mano, subimos al porche y entramos en la casa. Me guió hasta una silla junto a la larga mesa comunal del desayuno y a continuación desapareció en la cocina para volver con una taza de café descafeinado para mí y un té a la menta para ella.

Y durante una hora hablamos de mi vida desde que dejé la comunidad, se lo conté casi todo. Al este, la tierra anegada chispeaba bajo el sol de la mañana. De vez en cuando pasaba algún que otro hombre junto a la ventana y saludaba con la mano. Advertí que uno parecía andar con dificultad. El vientre le colgaba sobre el cinturón y, a pesar del frío, su cuerpo brillaba por el sudor. Le temblaban las manos descontroladamente. Supuse que no llevaba en la Colonia más de uno o dos días, y la abstinencia atormentaba su organismo.

– Un recién llegado -comenté cuando por fin acabé de desahogarme con ella. La cabeza me daba vueltas, con una sensación de euforia y profundo dolor a la vez.

– Tú eras así en otro tiempo -dijo Amy.

– ¿Un alcohólico?

– Nunca fuiste alcohólico.

– ¿Cómo lo sabes?

– Por la manera como lo dejaste -contestó-. Por la razón que te llevó a dejarlo. ¿Piensas en la bebida?

– A veces.

– Pero ¿lo haces acaso todos los días, a todas horas todos los días?