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– ¿Y Monker es también un demonio?

– Un demonio muy particular junto con otro. Monker y Nakir son demonios islámicos.

Una imagen asaltó mi mente: Pudd acariciando con los dedos la mejilla de la muda y susurrando: «Nakir mía».

– Llamó a la mujer «Nakir mía» -dije.

– Monker y Nakir examinan y juzgan a los muertos y luego les asignan el cielo o el infierno. Ese señor Pudd, o como prefieras llamarlo, parece encontrar divertidas las asociaciones demoniacas. Es una broma.

– Es un humor muy especializado -comenté-. No me lo imagino presentándolo en el programa de David Letterman.

– El nombre Pudd también tiene para él un significado especial -añadió Doug-. Lo encontramos en una página web de aracnología. Elias Pudd fue uno de los pioneros en el campo de la aracnología en Norteamérica, contemporáneo de Emerton y McCook. Publicó su obra más famosa, Historia natural de los arácnidos, en 1933. Su especialidad eran las reclusas.

– Arañas. -Moví la cabeza en un gesto de incredulidad-. Dicen que, con el tiempo, la gente empieza a parecerse a sus animales de compañía.

– O eligen el animal de compañía que más se parece a ellos -corrigió Doug.

– Lo habéis visto, pues.

Asintió.

– Vino aquí una vez, con la mujer. Aparcaron junto al gallinero, esperaron a que saliésemos y, entonces, Pudd tiró un saco desde el coche. Luego echó marcha atrás y se fue. No volvimos a verlo.

– ¿Me interesa saber qué había en el saco?

– Conejos -respondió Amy. Mantenía la vista fija en el suelo para ocultarme la expresión de su rostro.

– ¿Vuestros?

– Los teníamos en una conejera al lado del gallinero. Una mañana, cuando salimos, habían desaparecido. No se veían rastros de sangre, ni de piel, nada que indicase que se los había llevado un depredador. Dos días más tarde vino Pudd y dejó el saco. Cuando lo abrimos, contenía los restos de los conejos. Les había picado algo. Estaban cubiertos de marcas de un color marrón grisáceo y la carne había empezado a descomponerse. Llevamos uno al veterinario del pueblo, y nos dijo que eran picaduras de reclusa. Así descubrimos la trascendencia del nombre de Pudd para él.

«Estaba advirtiéndonos que no nos entrometiésemos en sus asuntos. Habíamos hecho indagaciones sobre la Hermandad y lo dejamos estar después de su visita.

Levantó la cara. Salvo por cierta tensión alrededor de la boca, su expresión no revelaba el menor indicio de cómo se sentía.

– ¿Tenéis algo más que decirme?

– Sólo rumores -contestó Doug, y se llevó la botella de agua a los labios.

– ¿Rumores sobre un libro?

La botella quedó inmóvil, y Amy le apretó la mano a Doug.

– Están anotando nombres, ¿verdad? -proseguí-. ¿Es eso el señor Pudd, una especie de ángel consignador del infierno que escribe los nombres de los condenados en un gran libro negro?

No respondieron, y el silencio se vio roto de pronto por el ruido de los hombres que entraban en la casa para el descanso de media mañana. Doug y Amy se pusieron en pie. Doug me estrechó la mano otra vez y se marchó para ocuparse de los preparativos de la comida. Salí del comedor con Amy, y me acompañó hasta el coche.

– Como Doug ha dicho, ese libro es sólo un rumor -insistió-, y la verdad sobre la Hermandad sigue sin conocerse en su mayor parte. Nadie ha conseguido demostrar aún la relación entre su cara pública y sus otras actividades.

Amy respiró hondo, haciendo acopio de valor para lo que tenía que decir a continuación.

– Hay otra cosa que debo decirte. No eres el primero que viene a preguntarnos por la Hermandad. Hace unos años vino un hombre de Nueva York. Por entonces todavía no sabíamos gran cosa de la Hermandad, y le contamos menos de lo que sabíamos; aun así, eso fue lo que provocó la advertencia posterior. Siguió su camino, y nunca volvimos a tener noticias suyas… hasta hace dos años.

El mundo se sumió en tinieblas a mi alrededor y desapareció el sol. Cuando alcé la vista, vi en el cielo formas oscuras que descendían en espiral; su aleteo llenaba el aire de la mañana y tapaba la luz. Amy tendió la mano para sujetarme la mía, pero yo tenía puesta toda mi atención en el cielo, donde se cernían los ángeles de las tinieblas. De pronto uno de ellos se acercó y sus facciones, que previamente sólo eran un claroscuro de luz y sombra, cobraron nitidez.

Y reconocí aquel rostro.

– Era él -susurró Amy, y el ángel de las tinieblas me sonrió desde lo alto, sus dientes puntiagudos, sus enormes alas revestidas de noche. Un padre, un marido, asesino de hombres, mujeres y niños, transformado ahora por su tránsito al otro mundo.

– Era el Viajante.

Me quedé sentado en el capó del coche hasta que se me pasó el mareo. Recordé una conversación que había mantenido en Nueva Orleans unos meses después de la muerte de Susan y Jennifer, una voz que me explicaba la firme creencia de que, de algún modo, los peores asesinos podían encontrarse mutuamente y a veces establecer relación, que eran sensibles a la presencia de los de su propia clase.

«Se huelen los unos a los otros.»

Él debía de haberlos localizado. Su naturaleza y su posición en las fuerzas del orden se lo permitieron. Si andaba tras los pasos de la Hermandad, sin duda encontró el rastro.

Y los dejó con vida, porque eran de su misma casta. Volví a recordar sus enigmáticas alusiones bíblicas, su interés en los textos apócrifos, su convicción de que él mismo era algo así como un ángel caído enviado para juzgar a la humanidad, a todos aquellos que considerase deficientes.

Sí, los encontró, y ellos le ayudaron a avivar su propia llama.

Amy me agarró las manos entre las suyas.

– Hace seis o siete años -dijo-. No le habíamos dado importancia hasta ahora.

Asentí con la cabeza.

– ¿Vas a seguir buscando a esas personas?

– No me queda más remedio, especialmente ahora.

– ¿Puedo decirte una cosa, una cosa que quizá no quieras oír? -Adoptó una expresión grave. Asentí-. Por todo lo que has hecho, por todo lo que me has contado, da la impresión de que te has propuesto ayudar tanto a los muertos como a los vivos. Pero nuestro principal deber es para con los vivos, Charlie, para con nosotros mismos y aquellos que nos rodean. Los muertos no necesitan nuestra ayuda.

Guardé silencio antes de contestar.

– No sé hasta qué punto puedo creer eso, Amy.

Por primera vez vi asomar la duda a su semblante.

– No puedes vivir en los dos mundos -dijo con voz vacilante-. Debes elegir. ¿Aún sientes que las muertes de Susan y Jennifer son un lastre para ti?

– A veces, pero no sólo las de ellas.

Y sospecho que Amy vio algo en mi cara o percibió algo en el tono de mi voz, y por un breve instante estuvo dentro de mí, viendo lo que yo veía, oyendo lo que yo oía, sintiendo lo que yo sentía. Cerré los ojos y sentí formas que se movían a mi alrededor, voces que me susurraban al oído, manos pequeñas que se aferraban a la mía.

Todos hemos estado esperándote.

Un niño de corta edad con un orificio de salida en lugar de ojo, una mujer con un vestido de verano que resplandecía en la oscuridad, figuras que flotaban en la periferia de mi visión: todos ellos, del primero al último, me decían que no era verdad, que alguien debía actuar en nombre de quienes ya no podían actuar por sí mismos, que debía hacerse cierto grado de justicia por los extraviados y los caídos. Por un momento, mientras sujetaba mis manos entre las suyas, Amy Greaves tuvo una percepción de esto, un fugaz presentimiento de lo que aguardaba en las profundidades de la colmena que es este mundo.

– Dios mío -dijo.

Y a continuación me soltó las manos y la oí alejarse y entrar en la casa. Cuando abrí los ojos, estaba solo bajo el sol del verano, y, transportado por el viento me llegaba el olor de la pinaza descompuesta. Una urraca voló entre los árboles rumbo al norte.