Carter Paragon se hallaba sentado en otra silla de madera, a juego con la del tocador, y alrededor de él la moqueta estaba manchada de sangre. Tenía los brazos a la espalda, inmovilizados con unas esposas. Había recibido una paliza brutal. Tenía la cara tumefacta y amoratada y un ojo había quedado reducido a pulpa. Estaba descalzo y presentaba fracturas en los pulgares de los pies.
– Fíjate en esto -dijo Ángel, señalando detrás de la silla.
Al mirar hice una mueca. Le habían arrancado cuatro uñas. Le busqué el pulso. No tenía, pero el cuerpo seguía caliente cuando lo toqué.
Carter Paragon tenía la cabeza inclinada hacia atrás y la cara levantada hacia el techo. En su boca abierta, entre la sangre, vi algo pequeño y marrón. Extraje un pañuelo del bolsillo para sacar el objeto y lo acerqué a la luz. Un hilo de saliva sanguinolenta cayó al suelo.
Era un fragmento de arcilla.
20
Volvimos a Scarborough esa misma noche. Ángel y Louis se adelantaron mientras yo hacía una breve parada en Augusta. Telefoneé desde una cabina a la redacción del Portland Press Herald, pedí que me pusieran con la sección de noticias y le comuniqué a la mujer que contestó que había un cadáver en la casa de Carter Paragon en Waterville pero que la policía aún no estaba enterada. A continuación colgué. El Herald, como mínimo, se pondría en contacto con la policía, que a su vez iría a llamar a la puerta de Paragon. Así eludía la posibilidad de que el 911, tras la reciente incorporación de mejoras técnicas, localizase mi llamada, con el consiguiente riesgo de que me interceptase el coche patrulla más cercano, o grabasen mi voz utilizando el sistema RACAL o cualquier otro procedimiento similar. Después conduje en silencio, pensando en Carter Paragon y en el trozo de arcilla que alguien había depositado en su boca como mensaje para quienquiera que lo encontrase.
Ángel y Louis ya se habían puesto cómodos cuando llegué a la casa de Scarborough. Oí a Ángel en el baño, revolviéndolo. Aporreé la puerta.
– No lo dejes todo patas arriba -le advertí-. Viene Rachel, y lo he limpiado especialmente para la ocasión.
A Rachel no le gustaba el desorden. Era una de esas personas que obtienen cierta satisfacción en limpiar el polvo y quitar la suciedad incluso de otra gente. Siempre que se quedaba unos días conmigo en Scarborough, yo podía tener la seguridad de que tarde o temprano me la encontraría encaminándose hacia el baño o la cocina con guantes de goma y una expresión resuelta en el rostro.
– ¿Te limpia el baño? -me preguntó Ángel una vez, como si le hubiese dicho que ella sacrificaba cabras con regularidad o jugaba al golf femenino-. Yo no limpio siquiera mi propio baño, y desde luego no limpiaría el baño de un desconocido.
– Yo no soy un desconocido, Ángel -expliqué.
– Oye -repuso-, cuando se trata de asuntos de baño, todo el mundo es un desconocido.
En la cocina, Louis desechaba alimentos agachado frente a la nevera y los dejaba en el suelo. Consultó la fecha de caducidad de unos fiambres pasados.
– Maldita sea, ¿es que compras toda esta comida en subastas?
Mientras telefoneaba para pedir unas pizzas me pregunté si, después de todo, había sido buena idea permitirles entrar en mi casa.
– ¿De quién se trata? -quiso saber Louis.
Estábamos sentados a la mesa de la cocina hablando del fragmento de arcilla que había dejado el asesino de Paragon, mientras esperábamos a que llegase la comida.
– Al Z me contó que se hace llamar Golem y el padre de Epstein me lo confirmó. Es lo único que sé. ¿Has oído hablar de él?
Negó con la cabeza.
– Eso significa que es muy bueno, o un aficionado. Aun así, el nombre es guapo.
– Sí, ¿y por qué no puedes tener tú un nombre como ése? -preguntó Ángel.
– Eh, Louis es un nombre guapo.
– Sólo si eres el rey de Francia. ¿Creéis que le sonsacó mucho a Paragon?
– Ya habéis visto lo que le hizo -contesté-. Probablemente Paragon le contó todo lo que recordaba desde la escuela primaria.
– ¿Ese tal Golem sabe más que nosotros, pues?
– Todo el mundo sabe más que nosotros.
Se oyó parar un coche ante la casa.
– El pizzero -dije.
En torno a la mesa, nadie más hizo ademán de sacar la cartera.
– Por lo que se ve, la cena corre de mi cuenta.
Fui a la puerta y tomé las dos cajas de pizzas de manos del chico. Cuando le entregué el dinero, me habló en voz baja.
– No quiero preocuparle, pero hay un tipo vigilando su casa.
– ¿Dónde? -pregunté.
– Por encima de mi hombro derecho, entre los árboles.
– No le mires -dije-. Márchate como si no pasase nada.
Le di otros diez dólares de propina y, cuando el coche se puso en marcha, eché una mirada a mi izquierda con toda naturalidad. Entre los árboles flotaba algo blanco en la oscuridad: el rostro de un hombre. Entré de nuevo en casa, desenfundé la pistola y anuncié en voz baja:
– Chicos, tenemos compañía.
Salí al porche con la pistola al costado. Ángel me siguió empuñando su Glock. Louis no estaba a la vista, pero supuse que había ido ya a dar la vuelta por detrás de la casa. Bajé lentamente del porche y, sin levantar la pistola, avancé hasta que tuve una perspectiva más clara del mirón. Le vi la cara y el cuero cabelludo sin pelo, la piel pálida, los labios finos y los ojos oscuros. Mantenía las manos ligeramente separadas de los costados para demostrarme que las tenía vacías. Vestía un traje negro con camisa blanca y corbata negra bajo un largo abrigo también negro. Se parecía al hombre que había eliminado a Lester Bargus y probablemente también a Carter Paragon.
– ¿Quién es? -preguntó Ángel entre dientes.
– Imagino que es el tipo del nombre guapo.
Me agaché, dejé la pistola en el suelo y me dirigí hacia él.
– Bird -dijo Ángel con un tono de advertencia en la voz.
– Está en mi propiedad -respondí-, y sabe que es mía. Lo que tiene que decir, sea lo que sea, ha venido a decírmelo a la cara.
– Entonces mantente a la derecha -me indicó-. Si intenta algo, quizá pueda liquidarlo antes de que te mate.
– Gracias. Ya me siento más seguro -respondí, pero me situé a la derecha como me había indicado.
Cuando llegué a unos pasos de él, alzó una de sus blancas manos.
– Ya no hace falta que se acerque más, señor Parker. -Tenía un acento poco común, con extrañas inflexiones europeas-. Sugiero que su amigo también deje de avanzar por el bosque. Aquí no voy a causarle daño a nadie.
Me detuve y, levantando la voz, dije:
– Louis, todo en orden.
A unos cinco metros a mi izquierda, una silueta oscura se separó de los árboles apuntando con su arma al frente. Louis no bajó la pistola, pero tampoco siguió adelante.
De cerca, el Golem era asombrosamente blanco, sin color en los labios ni en las mejillas y con sólo unas tenues manchas oscuras bajo los ojos. Éstos eran de un azul deslavazado, casi sin vida. Unidos a la ausencia de vello en la cara, le daban el aspecto de un maniquí de cera inacabado. Tenía unas profundas cicatrices en el cuero cabelludo y en el lugar donde deberían haber estado las cejas. Reparé en otro detalle: tenía la piel de la cara seca y escamosa en alguna zona, como un reptil en el momento de la muda.
– ¿Quién es usted? -pregunté.
– Me parece que ya sabe quién soy.
– El Golem -dije.
Esperaba que asintiese, quizás incluso que sonriese, pero no hizo ni lo uno ni lo otro, sino que replicó:
– El Golem es un mito, señor Parker. ¿Cree usted en los mitos?
– Antes no, pero más de una vez he podido comprobar que me equivocaba. Ahora procuro mantener una actitud abierta. ¿Por qué ha matado a Carter Paragon?