– No se trata de eso -dijo Mal.
– Entonces…, ¿por qué has venido a verme, compañero?
– Estoy aquí en calidad de representante -dijo Mal-, de la agencia de acompañantes Ébano.
¡Joder! ¡No volvamos otra vez a las señoritas de compañía! Con algunas personas nunca puedes… Una sucia maniobra por parte de mi ex novia, pensó Clint. Aunque…, bueno…, tal vez él se había pasado un poco con aquello de Su Voluminosidad.
La chica, Rehab, lo había humillado a fondo y, por eso, se había merecido a conciencia la lección que Clint le había dado. Fue y lo dejó tirado en una de las «cenas regias» del Lark (eventos celebrados una vez al mes en las habitaciones privadas de algún prestigioso restaurante de Soho). Heaf estaba allí, por supuesto, con su pareja, la señora Heaf; Mackelyne Había acudido con la señora Mackelyne, Strite con una muñeca o bombón, y Supermaniam con una de sus divinidades subcontinentales de múltiples brazos…
Aleccionada, y pagada, para pasar por novia de Clint, Rehab explicó a los demás reunidos que era una señorita de compañía aleccionada y pagada para hacerles creer que era la novia de Clint.
– Damas y caballeros -había dicho Clint-, permítanme que les presente a una persona que se ha convertido en alguien muy especial para mí. Damas y caballeros… Ésta es Rehab.
– Encantado -dijo Heaf-. Siéntese aquí, querida.
Querida, pensó Clint. No podías llamarlas cariño o corazón, pero lo de querida estaba perfectamente bien.
– Y ahora cuénteme, querida… ¿Cuándo tiempo hace que se conocen usted y Clint?
Rehab consultó su reloj de pulsera y dijo:
– Una hora y quince minutos.
Y así salió todo.
Dejando aparte cualquier otra consideración, aquello fue un flagrante incumplimiento de contrato. Previamente habían convenido un presupuesto: tanto por cada recuerdo afectuoso compartido, tanto por cada vez que tomara la mano de Clint entre las suyas; esto por cada beso lanzado con la punta de los dedos, esto otro por cruzarse tiernamente las miradas, y tanto, finalmente, por pasarle ella a él una cucharadita de su crème brûlée.
Después, en su opcional pero no presupuestado regreso al hotel, Clint, empleando todo su encanto personal y la promesa, como mínimo, de una fracción significativa de su factura neta, indujo a Rehab a quitarse la ropa y pasar al baño para meterse en la bañera… Hecho lo cual, cerró la habitación por fuera y se largó del hotel con todas las cosas de Rehab bajo el brazo. Y en eso paró todo. No había existido en este caso la menor sugerencia de los tironcitos de pelo y los pellizquitos en los pezones que tan costosamente habían fastidiado su anterior cita con Scheherezade, de Acompañantes De Luxe. Y todo lo que Rehab tuvo que hacer fue bajar chillando quince pisos por la escalera de incendios, hasta que alguien la vio al pasar por la calle y avisó al portero del hotel.
Además de haber dormido solo durante un par de noches antes, Clint se había preparado para aquella cita con Rehab tomando tres pastillas de Potentium y cinco de Su Voluminosidad. Esto último era otro medicamento de venta por Internet que Clint había comenzado a emplear hacía poco. Estaba pensado, según el prospecto, para aumentar el volumen de las eyaculaciones de uno «a proporciones porno». Y lo hacía. Podías tener dudas acerca de la calidad (el color, la textura, el olor y demás características) de las eyaculaciones, pero de la cantidad no podías quejarte.
Y ahí estuvo el error de Clint… y el motivo de que Rehab se sintiera agraviada. Primero, las copas en el bar, mientras Clint estaba todo el rato pendiente de la servilleta de papel en que iba anotando una por una todas las partidas, para mostrárselas luego. Después, el empuje del ascensor bajo los pies, el pesado momento de meter la llave en la cerradura, la moqueta azul. Las cortinas florales… Con estos precios, el cliente se merece un buen trato…, pero Rehab le había estado estafando aquí y allá. Por eso, cuando llegó el momento, Clint calculó que tenía que comportarse como un Dork Bogarde con la Donna Strange de Rehab. Él había estado apuntando a sus pechos (y no a la parte inferior de su abdomen, como habían negociado), y no había tenido la intención de correrse en su garganta, su cuello y su pelo.
Siguió la escandalera de Rehab pidiendo a gritos por teléfono un secador y más sobrecitos de champú. Llegaron con media hora de retraso a la cena, y ya en el taxi él le mostró la idea que tenía de ella. Era una profesional, ¿no? ¿Dónde estaba su orgullo? Una chica como ella, acostumbrada a tratar con locos, pervertidos e incapaces, ¿y arma un alboroto por un muchacho que resulta tener dentro de sí lo que debe tener un hombre? Se lo repitió una y otra vez: «¿Dónde está tu orgullo?» Y esto quizá explicara también que, en el momento de sentarse a la mesa, Rehab, recientemente herida, estuviera de morros.
¿Por qué tenía que haberse comportado como una chiquilla?, pensó Clint (y fue la segunda vez que en los últimos días se descubrió a sí mismo pensando en críos). Ni siquiera había eyaculado en su cara…, que en aquel instante tenía ella rígidamente vuelta. Durante cincuenta y cinco minutos, dejando aparte aquella breve interrupción, Clint no había pensado en otra cosa que en aquella especie de sujetador que había extendido como un engrudo sobre los pechos persas de Rehab (antes de que perdiera por completo el control de su potente manguera), mientras el Avenger volvía a toda velocidad de regreso a Foulness.
Era precisamente en el Avenger donde estaban sentados ellos dos ahora, Clint y Mal. El motor zumbaba (como una máquina de coser) por efecto del calor y el silencio de la radio. Y Clint, vestido ahora pesarosamente con unos «chinos» y un polo, había sacado a relucir un termo lleno de café. Los dos hombres fumaban con ahínco, tal vez porque el interior del Avenger olía poderosamente a pies humanos. Clint no era capaz de entender el porqué: sus zapatones, provistos de refuerzos y bandas antideslizantes, estaban forrados por dentro con un fieltro de fibra antihumedad y plantillas resistentes al ozono y tratadas para mejorar la eliminación del sudor, con lo que en la adosada no había ningún olor a pies humanos que él hubiera podido detectar. Cuando Mal le propuso que entraran los dos en la casa, Clint le dijo que vivía con su novia, Kate, que era enfermizamente celosa y lo asesinaría si llegaba a enterarse de aquella aventura suya.
– Pero si tienes en casa una mujer así, ¿cómo es que sales con otra pagando por ello?
– Sí, bueno…
– Y ésta no es la primera vez que has tenido problemas por eso, ¿eh, amigo? No comprendo a la gente como tú. Tu novia… ¿Acaso la tratas a golpes?
– Ni hablar. Jamás hago eso -protestó Clint, pero mantenía la cabeza gacha.
– Bien, ahora vas a tener que portarte bien.
Por segunda vez en dieciocho horas, Clint encontró ante sí una factura perfectamente desglosada. Sólo que esta vez no consistía en imaginados favores de costosas caricias…
– ¿Mil libras por la ropa…? -exclamó, echando la cabeza hacia atrás-. ¡Pero si la dejé en una maceta en el pasillo! Estaba en perfecto estado.
– No importa la ropa. Tienes que pagar por el disgusto y la humillación, muchacho. Y deberías dar gracias por estar tratando conmigo y no con alguno de los dos hermanos de la chica, Izzat y Wathan.
– Está bien, compañero… Trato hecho. Y mira…, sin rencores, ¿vale? Y, por cierto, amigo Mal, hay una cosa que deseo que sepas…, que en cuanto a lo otro…