Precedido por su silla metálica, Dean atravesó la separación de plexiglás y agredió el rostro de Diana con una de las astillas. Ahora bien: hasta el último preso de Cold Blow, incluido el propio Dean Bull, aceptaba plenamente que una acción así le valdría una condena suplementaria y la perdida de toda esperanza de reducción. Dean, que entonces tenía veintiún años, obtendría la libertad a mitad de su cincuentena…, lo que ya era una sentencia considerable. Pero lo que más le dolió fue la paliza que le dieron los guardias. Porque Dean, como se comentó, una vez cometida la agresión, se había comportado con notable contención: dejando caer enseguida su arma (después de murmurar «Ya verás como el viernes la gente deja de mirarte en el pub»), levantó las manos en señal de rendición…, antes de que las porras de los guardias lo molieran a golpes y lo derribaran al suelo. Algunos de los más empedernidos románticos que se deslizaban ahora por el tejado de la capilla (habían subido hasta allí un ordenador portátil y varios teléfonos móviles) aducían que Dean no había tenido ninguna otra elección, ya que el hombre estaba realmente enamorado, y… ¿y qué mejor muestra de ello podía ofrecer que doce años de su vida? Otros espíritus más sobrios se mostraban de acuerdo en decir que la cuestión no era ésa. Que lo que había ocurrido era, estrictamente hablando, una cuestión personal entre Diana y Dean. Pero entonces se corrió la voz desde el hospital de la severidad y la duración de la paliza que le habían dado.
Al acompañar a la duquesa al monumento de Jimmy O’Nione, Enrique IX tuvo un detalle muy amable para con su prima: «Era lo que había que resaltar», pensaba Brendan. Un asunto desagradable y una singular coincidencia contribuyeron a hacerlo más difícil aún: Enrique iba a ir a Cold Blow a la mañana siguiente de su última cita con El Zizhen.
Y precisamente ese día Brendan esperaba hacerle llegar al rey un inesperado mensaje relativo al asunto de la princesa.
Descalza y conducida por el coronel Mate, El Zizhen recorrió el pasillo de la nursery en la semipenumbra, para aparecer sola entre los setos en el último tramo del nidito de amor de Juan II. Allí la esperaban ya un tesoro para asegurar su futuro -dos tahalíes con ópalos de fuego- y un rey que tenía ya la mano en los labios, en un gesto de despedida.
Enrique se levantó enseguida de su asiento y escuchó: los pies de El Zizhen sobre las tablas desnudas de la galería… En cierta ocasión le había mostrado los zapatos que llevaba su bisabuela, la concubina del señor de la guerra en Shandong, donde desemboca el río Amarillo en el mar del mismo nombre: parecían las botitas de fiesta de un niño de tres años. Los pies de la mujer habían sido «reducidos» de la forma tradicionaclass="underline" rotos, aplastados y, después, vendados y envueltos. Esto aumentaba notablemente el valor erótico de la mujer (explicó El al horrorizado Enrique): la mujer tullida, al caminar, al estar de pie, evocaba la imagen de un «sauce moviéndose al impulso del viento». Luego, El Zizhen había tratado de imitar los levísimos, agónicos y sutiles pasos de su abuela, y los brazos del rey se habían alzado de inmediato hacia ella. ¿Por qué? ¿Por qué quería abrazar a aquel sauce? El espectáculo lo excitó…, pero no tanto como el sonido, ahora, de los pies de El Zizhen en las tablas de madera, que registraban su forma, su leve peso, el roce de sus plantas húmedas de rocío en las hierbas del suelo, acercándose poco a poco.
Descalza, El Zizhen parecía más menuda ahora, por lo que al rey, cuando la tomó en sus brazos, le sorprendió su peso. Le susurró lo que tenía que decirle, y El le devolvió entre susurros su respuesta. Y le dijo que lo comprendía.
Fue con un sonido, con un murmullo, como lo atrajo la primera vez; y, aunque los alicientes de gusto, tacto, olfato y vista que poseía El estaban razonablemente bien servidos en el juego erótico, ¿qué decir del sentido del oído? En su opinión, el empleo de mots gros o de cochoneries verbales suponía un intento plausible, pero equivocado, en definitiva, de compensar el déficit. El contenido de aquella conversación obscena era sadomasoquismo sin zarandajas; y el rey, obviamente, no era un animal de esa especie. El Zizhen, que gemía tan musicalmente entre los cojines, desplegaba además su artilugio de geisha, las rin no tama; Enrique no lo miraba con detenimiento (parecía tratarse de una esferilla en el interior de otra esferilla suspendida en un líquido), y jamás notó ninguna obstrucción. Aunque, sin embargo, le parecía caminar, acelerar el paso o correr (dependiendo de la carga que ella le hubiera puesto dentro) a través de las aguas someras de una ciénaga tropical. Las bolas tenían otro oficio, al que El se aplicaba ruidosa e incluso ensordecedoramente…, para gran regocijo del rey… En cierta ocasión, cuando se hallaba tumbado en una hamaca de cubierta en el yate real, lo había despertado aquel sonido: un ruido de piscina, agitándose con un chapoteo que desbordaba sus labios: una tormenta dentro de una tormenta en el golfo de Vizcaya. Él había levantado la vista, para encontrarse con una multitud de poderosas gaviotas que parecían gorriones frente a la fuerza de las grandes olas.
Ahora, en la glorieta de su padre, Enrique aguardaba tendido de espaldas, desvalido, como un crío dispuesto a que lo cambiaran. Pronto, pensó, penetraría a El, y ella dejaría escapar un suspiro tan agradable… Y eso sería todo, todo: besarla y repetir su nombre susurrando, El. Que era todo cuando tenía uno que decir… El sonido de su nombre.
– No me pareció cosa mía -dijo Amor con un gesto de preocupación extendido por su cuello y su frente- molestar con eso a su majestad, señor. Y Dios sabe que no nos faltan excéntricos… Pero, por el tono, pensé que…
– Estoy seguro de que hizo usted lo correcto, Amor -dijo Brendan Urquhart-Gordon, intrigado y a la vez animado por el tono intranquilo y preocupado de Amor-. Como siempre.
– Muchas gracias, señor.
Brendan y otros funcionarios se hallaban en la Greater House, y estaban subiendo a sus vehículos. El rey había partido ya en dirección a Cold Blow Lane con el coronel Forster y sus hombres en una caravana blindada.
– ¿Chippy? -llamó Brendan-. ¿Tengo cinco minutos?
– Le espero fuera -dijo Chippy Edenderry, mirando su reloj.
Siguió a Amor a través de la puerta batiente y cambió decididamente una atmósfera por otra más oscura, más tibia, impregnada por un denso olor a sudor, a jabón y a sustanciosas cenas. Brendan lo inhaló y enseguida siguió adelante, al mundo alternativo del subsuelo… Ni que decir tiene que hubiera sido bastante peor en tiempos de Ricardo IV, cuando el servicio doméstico recibía una retribución absolutamente mínima por principio (por aquello de que la gloria era poder, y todo eso), pero la Casa de Inglaterra estaba siempre protegida por los olores y las texturas del vasallaje: siempre esperando tras la puerta batiente que conducía al subsuelo. Brendan sabía que todos los sirvientes odian a sus señores. Hasta Amor, que era leal como el que más…, hasta Amor sentiría este odio. Porque el odio olía también: tenía un olor a ratones. Brendan encontró un inesperado alivio en la contemplación de la oreja izquierda de Amor: un remolino de filamentos de hierro.
Entraron en una sala de tonos marrones, con sillas de recto respaldo alineadas junto a las paredes. Amor, ceremoniosamente, se puso sus guantes blancos, levantando los dedos y moviéndolos para calzárselos, lo que le dio a Brendan la breve pero certera impresión de que estaba a punto de ser examinado por un médico de modesta práctica, pero de habilidades crecientemente desconocidas. Arrojando por encima del hombro una mirada supersticiosa, Amor le señaló una mesita donde había un teléfono de diseño reciente y un contestador de embarazosa antigüedad y volumen.