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Metiendo a la fuerza el antebrazo por debajo del pecho del otro, Xan inclinó la cabeza y agachó el mentón para alcanzar su tercera jarra de cerveza London Pride. Todos somos pecadores. ¿Qué otra cosa hacemos, sino pecar? Había muchos pecadores en el Cabeza de Turco: muchos que respiraban, pensaban, soñaban… No todo el mundo puede caminar, o hablar, u oír, o ver…, pero todos bebemos y meamos. En cualquier parte hay personas que comen y que excretan. Xan pidió otra jarra de cerveza del alimentador que había detrás del mostrador de madera.

Se había sentado con un grupo de mamones alrededor de una mesa de billar. Y se sentía feliz. Las tías no lo excitaban y los tíos no le daban miedo. Había un sentimiento común en todos: el de formar una especie de hermandad. Algunos cagones se marchaban…, pero meones recién llegados ocupaban su lugar. Cada pedo pagaba una ronda. Así continuó la cosa durante largo tiempo. Luego él se despidió de los gilipollas allí reunidos y siguió adelante.

Más tarde, mientras se encontraba de pie en el trepidante lavabo de un jazz bar en Camden Road, Xan miró su reloj y se sorprendió muchísimo al ver que ya eran las dos de la madrugada. Pero aquello no debilitó la reconcentrada bizquera que lo había asaltado mientras se aflojaba los pantalones. ¿Su objetivo inmediato? Tras haber consumido una notable cantidad de agua de grifo teñida de color parduzco, el objetivo inmediato de Xan consistiría en averiguar si aún era lo bastante hombre para limpiar con su meada la mierda que había dejado en la parte de atrás del inodoro de porcelana. No fue lo bastante hombre para eso, pero es que aquella mierda era realmente algo serio: cordero al curry agrio, kebab de cerdo, pizza cajún, jalapeñas rellenas… Al salir de su retrete, pensando con algún detenimiento en cómo regresaría a casa, la suerte se le volvió de cara. Había una máquina en la pared que, mediante la inserción de una moneda de una libra, dispensaba una generosa cantidad de colonia barata: lo que necesitaba para ahogar el hedor del pub. Tenía un montón de monedas y, vamos…, las empleó para macerarse a conciencia en la dulzona fragancia. Los cigarrillos se le habían acabado hacía rato, pero no importaba, porque había comprado una buena provisión de cigarros baratos.

Tras una larga búsqueda, encontró la salida y el aire fresco. Deteniéndose sólo para dejar una vomitona junto a una alcantarilla, y mascando a conciencia la punta ya deshecha del último cigarro que le quedaba, Xan se encaminó a casa con un plan claro (acababa de concebirlo bajo una farola al dar una vuelta sobre sí mismo): exigiría la escrupulosa satisfacción de sus derechos conyugales.

Y eso no fue lo peor. Lo peor tuvo que ver con Billie.

2. UNA TORMENTA EN UNA TAZA DE TÉ

– Oh, antes de irme, señor… Estuve hablando hace un rato con unos amigos de Madrid. ¿Recordáis un escándalo que hubo hace…, bueno…, hará como unos cinco años, en el que se vio implicado el rey Bartolomé?

– ¿Tendrás la amabilidad de recordármelo tú, Bugger?

– Ciertamente, señor. Tuvo que ver con la existencia de una grabación de vídeo, que circuló entonces ampliamente, en la que el rey aparecía manteniendo una… sesión… con la esposa de un entrenador de polo local.

– ¿Un qué local…? Oh, perdona…, creí que me lo estabas diciendo en español… ¿Y bien?

– Se dio orden de silenciar el asunto, que la prensa acató bastante bien, y la cosa se olvidó en cosa de un año.

– ¿En un año? ¿Y lo dices para animarme, Bugger? Además, el primo Tolo no es un auténtico… No tiene el más mínimo estilo. Aquel asunto suyo fue sólo otro…, otro escándalo suburbano.

– Es verdad, señor…, en cierta manera.

– Victoria es la futura reina de Inglaterra, Bugger. Los ojos de todo el mundo están fijos en la princesa.

– Así es, señor.

– ¡Dios Santo, Bugger…! ¿Qué voy a decir? No, no me lo digas ahora o no dormiré tranquilo. Supongo que me habrás librado de todos esos pelmas a los que tenía que ver mañana.

– Faltaría más, señor. Estáis libre hasta la una. ¿Puedo desearos que descanséis bien?

– Es un deseo demasiado amable, pero puedes. Y te deseo lo mismo, Bugger.

Enrique IX se acomodó en el asiento del váter. A los pocos segundos, irguió el cuerpo para adoptar una postura de intensa indagación, y después se dejó caer una vez más.

– Adelante -dijo-. Sí, por doloroso que sea. ¡Ten piedad de mí, ojete mío! ¡Uf!

Enrique VIII empleaba a un hombre, a un tal Sir Thomas Heneage, que, en calidad de mozo de letrina, tenía el dudoso privilegio de asistir a las evacuaciones regias (con un lienzo húmedo preparado en la mano). Pero Enrique IX estaba solo en ese trance.

– ¡Uf! Ahora sí. Ya, ya.

Sus problemas intestinales se habían visto complicados últimamente por un «eczema de estrés» aparecido en el lugar más inconveniente. Al rey no le había hecho falta la consulta con su ennoblecido cirujano para saber que «la infección secundaria es, por supuesto, inevitable»: Enrique ya tenía muy claro que, en términos generales, su culo estaba muy expuesto al desastre. ¿Cómo podía mantener algo limpio si lo tenía a un dedo de la cloaca máxima? Y tampoco le podías dar un descanso porque, por cómico que parezca, jamás lo tienes ocioso y estás siempre sentado encima de él. Y lo peor era caminar: una acción que desencadenaba un frenesí de fornicación hasta las mismísimas entretelas. E irse a la cama no servía más que para fomentar el calor, y el continuo hormigueo se transformaba en un nido de avispas.

– ¡No te pares, no te pares! ¿Me oyes? ¡No hay derecho! ¡Cabrón! ¡Ah, por fin…!

Con un retortijón de dolor que le hizo zumbar los oídos, Enrique expulsó lo que tenía el tamaño de una pistola de avancarga mediana; aplicó luego un par de cientos de metros de papel higiénico, y realizó el delicado tránsito del váter al bidé. El abominable cosquilleo se había calmado ya. Por fin había sido rascado a fondo por dentro. Pasarían varios minutos antes de que volviera a desear (no demasiado constructivamente, sin duda) ser el muchachito más apetecible en una prisión de Alabama… El váter era una auténtica pieza de museo, con sus balanzas, pesas y ruedas dentadas. Parecía un planetario o un instrumento de recóndita tortura. El bidé era una artesa baja de mármol con venas varicosas, que habría estado perfectamente a tono en un viejo hospital o manicomio.

De allí pasó Enrique a la bañera para darse un buen remojo. Enrique era casi hinduista en su higiene, lo cual era poco usual para un monarca inglés: en las residencias reales inglesas el lujo jamás se extendía hasta los baños, que eran fríos, grandes y estaban repletos de lavadoras, redes de badminton y cestas de gatos. Se ocupaba por sí mismo también de muchas otras cosas, naturalmente. Por ejemplo, entre los artículos de tocador alineados en el estante de debajo del espejo, uno no encontraría el pequeño artilugio, como unos nudillos de peltre, con el que Ricardo IV había apurado sus tubos de pasta de dientes. Enrique era enemigo de la frugalidad y derrochador por naturaleza. Hasta entonces las personas del servicio real que se jubilaban tras medio siglo de trabajo solían recibir una servilleta de té con el monograma real, una alfombrilla de baño o una entrada gratuita para visitar la sala de los Rubens en el castillo de Windsor. Pero, tras la llegada al trono de Enrique, recibían veinte cajas de champán de añada, o un precioso coche nuevo. Les dobló también los salarios a todos… y después, encogiéndose de hombros, se los redujo de nuevo a la mitad tras la revelación al público del astronómico descubierto en sus cuentas. Las gratificaciones y pluses que aún seguía dando estaban siendo financiados ahora a través de ventas secretas de las colecciones privadas de la Casa de Inglaterra: un Tiziano aquí, un Delacroix allá. Brendan Urquhart-Gordon casi pudo oír el crujido de las carretas y el rechinar de dientes de las comadres que hacían calceta alrededor de la guillotina cuando Enrique anunció, haciendo un mohín, que «las navidades no serían navidades» si su presupuesto de regalos no pasaba de las seis cifras.