Podía decirse que, cuando el rey estaba sentado en el váter, se mezclaba con su pueblo. Que se bajaba de su castillo y hacía lo que cualquiera de sus súbditos. Así pues, primero se mezcló. Y, después, se humilló para aplicarse la feroz loción de Lord Fletcher mediante un guante desechable. Mientras lo hacía, se vio asaltado por un pensamiento incontrolable: difícilmente podía pedirle a Victoria, su bondadoso ángel sanador, que lo curara con un beso, para mitigar el picor, todas y cada una de aquellas pequeñas y dolorosas ulceraciones.
Los días recientes habían pasado con implacable rapidez. Ahora tenía por delante tres horas antes de que vinieran a buscarlo: un lapso que, de pronto, parecía casi geológicamente enorme. Sentado ante su escritorio, bebiendo té chino, hizo gala de paciencia y se dedicó a hacer solitarios. Dieron las once y pasaron sin causar la más mínima impresión en su complacencia, y lo mismo ocurrió con las once y media y las doce menos cuarto…, aunque tenía que admitir que sintió un pequeño sobresalto cuando el minutero dio una sacudida igual que si tuviera un tic y avanzó adustamente más allá del mediodía. Cincuenta y nueve minutos aún: una eternidad. A eso de las tres menos diez, Enrique estaba comenzando su vigésimo séptimo solitario. Diez minutos… no, ¡once! Miles de años todavía. La reina roja, el rey negro, el rey rojo, la reina negra. Seis minutos, cinco… A punto estuvo de protestar que aún le quedaban treinta segundos cuando sonó el golpe en la puerta y entró en la estancia Amor.
Brendan sabía guardar un secreto. El Rolls real acababa de ocupar su lugar en el cortejo, y el rey (tras un escueto «buenos días») sacó ostensiblemente de uno de sus bolsillos laterales un ejemplar de Pasatiempos y Rompecabezas – 24. Estaba ahora enfrascado en un complicadísimo crucigrama… A Brendan siempre lo asombraba afectuosamente la cantidad de tiempo que su patrón era capaz de dedicar -ya fuera sentado al borde de una azul piscina del Caribe o en la terraza de una estación de esquí de los Alpes- a la misma edición de Pasatiempos y Rompecabezas. En el curso de un largo verano pasado en Nueva Zelanda, Australia, África y Micronesia, Brendan había releído las obras completas de Henry James mientras Enrique fruncía el ceño, introducía garabatos y, frecuentemente, pegaba las hojas rotas de su ejemplar de Pasatiempos y Rompecabezas – 19. Esto había provocado un momento muy delicado cuando, en cierta cabaña construida en un árbol en Kenya, mientras bebían a sorbitos sus gimlets, Enrique había dicho:
– Hay un chiste estupendo en el libro que estoy leyendo… Se trata de un muchacho que va a prisión con una sentencia muy larga. Y que está un poco preocupado acerca de cómo se las arreglará para matar… el tiempo. Alguien le dice que en el carrito que pasan hay rompecabezas. Le dan un rompecabezas. La clase de juego que hacía Vicky cuando tenía…, espera, ahora te cuento… Ya sabes, de madera con una docena de piezas… El caso es que lo acaba, y se lo dice, alborozado, a su compañero de celda: «¡Ya lo tengo!» A lo que el otro le responde: «Sí, pedazo de bruto…, pero has tardado diez meses.» Y nuestro hombre replica: «¡Oh! ¡Pero si en el paquete pone “De tres a cinco años”!»
Los dos alargaron el brazo en el mismo momento para tomar sus respectivos vasos. Y, en el mismo momento, los dos bajaron la vista y vieron, en la mesa entre ambos, el ejemplar de Pasatiempos y Rompecabezas – 19, y, junto a él, el tomo, encuadernado en suave piel de cerdo, de La princesa Casamassima, de Henry James.
– ¡Qué color tan extraordinario se te ha puesto, Bugger!
Y allí estaba Enrique al día siguiente, en el mirador, inclinado sobre un ejemplar de Pasatiempos y Rompecabezas – 20…
Ahora Brendan se fijaba en los dos cuellos, separados de él por un cristal como ejemplares de una exposición, que ocupaban el asiento delantero: uno largo y fino (el de Rhodes, el chófer más veterano), el otro corto y grueso (el del capitán Mate). Mate tenía el cuello tan curtido y picado de cicatrices de pústulas, que ni uno solo de sus poros parecía haberse librado de ellas: tenía el aspecto de la arena después de la lluvia.
– ¡Oh, qué ingenioso es el tipo que ha hecho esto! -exclamó Enrique mientras ponía las cuatro letras verticales de la respuesta que formaban el ángulo interior derecho de la cuadrícula. Llevaba más de una hora dedicado a su resolución. Al cabo de otros diez minutos más, lo dejó a un lado-. No puedo seguir con esto -dijo-: es condenadamente enredado. Veamos las noticias.
Los pescuezos de Rhodes y Mate desaparecieron ahora de la vista cuando el rey, pulsando hábilmente un botón, interpuso un paño de fieltro negro. A continuación tomó el mando empotrado en el reposabrazos y lo apuntó hacia la pantalla de televisión a la vez que accionaba hábilmente la tecla de conexión…, como si estuviera rivalizando, pensó Brendan, en una batalla de ingenios. La pantalla chisporroteó y despertó al cabo.
– En fin -dijo-. Tengo la impresión de que me he ganado un trago.
Enrique se retrepó en su asiento con su copa de brandy y la levantó con ambas manos como haría una mujer con un recipiente lleno de líquido hirviendo. Fuera, más allá de las ventanillas de cristal blindado, la mañana azul se había estropeado por completo, y la autopista que conducía hacia el sur era un monumental hervidero de metal y neumáticos empapados bajo cielos de color pardo violado… Cuando Enrique accedió al trono, casi una cuarta parte de la población creía aún que había sido elegido personalmente por Dios; bueno, aquel eczema por estrés, con independencia de dónde lo hubiera pillado, seguramente echaba por tierra el derecho divino de los reyes. Aquella dolencia lo había asaltado por primera vez en la semana que siguió al accidente de Pamela. Lord Fletcher extrajo la conclusión obvia; pero Enrique, que se retorcía aún por efecto de su epifánica crisis («Oh, no, Pammy. Pero, por lo menos, esto significa… Por lo menos, quiere decir…»), tenía otra sospecha. No era tanto el accidente como la tarea, inconcebiblemente onerosa, de comunicárselo a la princesa. Enrique, que apenas soportaba ser el causante de la más trivial decepción, que sufría durante semanas si tenía que negarle un último chapuzón, una tercera piruleta o un undécimo cuento más a la hora de darle las buenas noches en su cama… Hubo un paréntesis de dos días (de embargo de noticias) mientras Victoria era enviada a un crucero por las Aleutianas. Entre tanto, a base de pinzas y cauterio, el eczema de estrés seguía poniendo al descubierto las terminaciones nerviosas de las fisuras y defectos más íntimos. Cuando se lo explicó más tarde a la princesa, en la biblioteca de la Greater House, aún se sintió más embarazado por aquella difícil confidencia. Ahora, en cambio, una vez aceptado plenamente el dolor, pasaba horas y horas paseando con ella a la orilla del río, y hablando del tema.
– ¡Cielos! ¿Habéis visto eso? -exclamó súbitamente Brendan.
– Ha desaparecido.
– ¡Vaya por Dios! No lo pasarán de nuevo.
– Ha desaparecido.
En la pantalla del televisor se había encuadrado un instante una escena callejera: una cola suelta de personas impacientes. Y, de repente, una de ellos desaparecía y dejaba en el mundo un hueco del que parecía brotar la muerte.