– Pues pensad en lo que sufren las mujeres occidentales por causa de su apariencia. La constante comparación con otras que las mantiene siempre inquietas. Esto también es una violencia que se te impone. Una estúpida vanidad que se te mete quieras o no. ¡Qué bendición sería no tener que volver a preocuparse jamás de eso! ¡Y esa gran sensación de privacidad!
– Bueno…, podemos volver a hablar de esto en otro momento. Mira, querida…, tengo que darte una noticia algo preocupante.
En cuestión de un minuto, Brendan temió que el conjunto de su existencia terrestre estuviera al borde de sufrir un colapso cardiovascular. Observaba al rey, y pensaba: ¿No te afecta eso, hombre? ¿Puedes hacer caso omiso de algo así?
Aunque jamás tan dolorosamente como en la presente ocasión, la integridad de Victoria había sido rota y violada muchas veces antes, por supuesto, y, desde niña, ella siempre había reaccionado con la misma rotunda indignación. No había nada regio en esa indignación: por el contrario, en su ceño fruncido y en su cuello tenso había una nota severamente republicana y femenina. Brendan venía preparado, más o menos inconscientemente, para una nueva versión de lo mismo. Pero… ¿y ahora? Mientras su padre, con la mirada decididamente clavada en el techo, se encogía en el sofá y soltaba el preámbulo que ambos habían acordado («Parece que los buitres han vuelto a las andadas»), Victoria no hacía más que suspirar y ponerse rígida. Pero, en cuanto Enrique llevó la conversación a los detalles («el château», «la Casita Amarilla»), descubrió los dientes -que todavía eran demasiado grandes para su cara-, y dejó que la cabeza le fuera cayendo por grados, como rebotando tras cada descenso. Ahora Brendan podía sentir los latidos del corazón de la princesa como si presionaran contra su tímpano. Y pronto notó el lento golpeteo de su pulso, lacerante, subsumido por el suyo propio.
– Bueno, querida…, pronto se olvidará todo -dijo Enrique, que ahora se estremecía como un hombre que tratara de hacerle señales con los pies debajo de una mesa a alguien que no parara de mover las piernas. Estaba prácticamente tumbado de espaldas en el sofá-. En fin…, tendremos que lidiar con ello -dijo al cabo-. Una tormenta en una taza de té, que hará que debamos ponernos todos manos a la obra.
Victoria está deseando desaparecer, pensó Brendan. Querría evitar los clavos y las tuercas y la metralla. Y por eso está deseando hacerlo. Está deseando desaparecer.
– Un lugar perfectamente adecuado -comentó el rey mientras pasaban por el arco de acceso a la Abadía, que parecía un túnel de montaña, y lo dijo como si Brendan y Victoria y el resto de los mortales estuvieran empeñados en mantener lo contrario, encastillados en un tenaz error-. No sé qué pensarás tú, Bugger, pero me parece que se lo ha tomado muy bien.
Brendan no supo qué responderle… Durante la última media hora, pasada en la Galería de Roble, el ambiente había ido ganando claridad progresivamente, como si hubieran comenzado a retirar una tras otras las sábanas que impedían la entrada de una luz cenital; y ahora los actores habían salido al exterior, donde el cielo era azul y caían de los tejados gotas brillantes como si se hubiera iniciado el deshielo. Al pie de la colina estaba la ciudad, que aguardaba palpitante, como un perro que acabara de sacudirse el agua del pelaje para secarse. Era una invitación para el ánimo…, para elevar el espíritu; pero él se daba cuenta de que todo aquello no era más que bruma y lluvia para la princesa…
Ésta se hallaba de espaldas, algo retirada con respecto a su séquito (el patio era ahora un remanso de agentes de seguridad), en una franja de césped que se extendía entre el sendero y un arriate de flores de color rosa. Observando su silueta encorvada, Brendan comprendió de nuevo lo que era tener quince años; cuando sufrías, sufrían todas tus células. La princesa llevaba unos tejanos negros y una cazadora corta de piel, y Brendan se preguntó por qué la intensidad y el dolor de la crisis alcanzaban su máxima expresión en las tensas nalgas de la joven, que parecían inseparables de su pesar.
Brendan se adelantó hacia ella. Al rodearla para verla de frente, estaba preparado para ver sus ojos anegados en lágrimas, pero los tenía serenos y azules como de costumbre. Sin embargo, al igual que en los labios, la serenidad de sus ojos era fruto de productos químicos: la química de la desolación, que se traslucía en un aliento acre.
Tal vez por eso hizo él entonces algo sin precedentes: la abrazó, diciendo:
– El rey os perdonará cualquier cosa que hayáis podido hacer, estad segura. Sin pensárselo dos veces. Y yo lo haré también. Siempre os protegerá, como yo mismo.
– ¿Perdonarme? -dijo. Acentuando todas y cada una de las sílabas, pensó él mientras soltaba su mano y se retiraba.
En el Rolls real, el rey, con un diestro y ostentoso movimiento de su muñeca, activó el televisor y se retrepó en su asiento con un gruñido de satisfacción para seguir una partida de billar durante el resto del viaje.
– Oh…, un toque perfecto… Hacen que parezca tan… Veamos… ¿Tiene el ángulo bueno para la amarilla?
Al cabo de una hora, o algo así, Brendan comenzó a pensar con lógica o, al menos, con consecuencia. Si uno hacía uso de su propia imaginación, se dijo, la reacción de Victoria probablemente se podía explicar con facilidad. ¿Qué solemos hacer en los baños? Nada de lo que podamos sentirnos muy orgullosos. Tal vez alguna mera función fisiológica. Quizá emplear un tampón. O algo todavía más íntimo. ¿Acaso no le había contado una amiga que las chicas jóvenes se referían a la ducha de teléfono como al «hombre-lluvia»? ¡Y ella tenía quince años! Había que recordarlo: la extravagante desproporción de tener quince años, cuando aún estás a la espera de averiguar quién eres.
– ¡Carambola! Y ahora irá por la azul… Oh, no…, se ha pasado… ¡Un fallo!
Lo cual comprende: una sorprendente incongruencia, que nunca debería repetirse, pero que, sin embargo, era un hecho inalterable. Recordaba la trágica amargura del aliento de la princesa. Y la rigidez de su cuerpo, y la rigidez con que había respondido su propio corazón. Con toda la sangre dentro de él; con toda ella.
– Ya hemos llegado. Bueno…, me alegra haber quitado esto de en medio, Bugger. No voy a decir que no haya estado atormentándome por dentro. Pero espero que en un par de semanas todo pase a ser cosa del pasado.
Brendan respondió con sólo unos momentos de reflexión. Necio, necio, pensó. ¿No comprendes que su temor era precisamente la espera…, de este día, de este momento? Y siguió en voz alta:
– No estoy de acuerdo, señor. De hecho, sugiero dar la vuelta aquí mismo y regresar inmediatamente a St Bathsheba. Habría que sacar inmediatamente de la escuela a la princesa y enviarla a…, a Ewelme, por ejemplo. Si el material ilícito va a ser hecho público el día treinta y uno, sugiero que sigamos el consejo de nuestro…, de nuestro topo, e insistamos desde el primer momento en que el material es falso. Es una apuesta infernal, lo sé, pero no volveremos a tener otra oportunidad. Entre tanto, debemos elaborar una estrategia de control de daños con Downing Street. Porque, señor…, esto no será una tormenta en una taza de té.
– Tranquilízate, Bugger. ¿Acaso sabes algo que yo no sepa?
– Es sólo una deducción, pero me parece probable. La princesa no estaba sola en el baño de la Casita Amarilla.
Iba a ser una tormenta en todos los océanos de eso que llamamos «el mundo».
Y entonces pensó…: ¡Dios mío…! ¡Cuánto necesitaría ahora Victoria a su madre!
3. SUDOR DE COCHE
El Avenger familiar se hallaba a la espera bajo el rótulo luminoso de Esso. Haga una pausa y sea bienvenido. Deténgase y compre. Smoker tenía la costumbre de conducir hasta allí y quedarse sentado en el coche o enviando mensajes con su ordenador portátil. Tiene usted 124 mensajes nuevos. La gente entra y sale: es más divertido. Llenas el depósito y lo aparcas cerca de la máquina que cambia billetes. Y entras, si te apetece, a tomar una pizza o lo que sea. En las estaciones de servicio de Esso a menudo te encuentras también con grupos de personas que se ponen de acuerdo para compartir por turno sus coches. Y con mujeres que llaman por teléfonos móviles, mujeres que esperan solas bajo las luces del aparcamiento, en actitud de aguardar algo…, sin hacer otra cosa que aguardar; están así en los parques y zonas de recreo, con una correa de cuero en la mano: aguardando a que el perro haga sus necesidades. Podías bajar la ventanilla del coche y decirles: «¿No se ha presentado el coche que debía llevarte, querida? Sube al mío.» Pero los tiempos del autoestop a ciegas habían pasado. Por los teléfonos móviles, que infundían mayor seguridad. Puedes tener un breve intercambio allí mismo, en la acera. Pasar el rato. Sentir que la sensación de confinamiento se relaja un poco. Es divertido. Deben de pensar: si me monto en ese coche, paso a través del espejo y penetro en un mundo que es reflejo de ese hombre, un hombre que tiene cierto poder, con todas las perversiones y las distorsiones que ello implica. Porque ese hombre puede transformarse. Cada hombre mantiene reprimido un antihombre. Y el tronado vehículo familiar, cuyos intermitentes se encienden y se apagan en el callejón suburbano, tiene su aceite y su refrigerante, su motor oscuro, bajo el reflejo de las hojas y ramas que brillan en el parabrisas.