No sé, compañero, pero esto te va calando. Hablan de psiquiatras, de psicólogos, de embaucadores… Pero Clint siempre había temido someterse a una investigación así: se preguntaba qué más serían capaces de encontrar… Sin embargo, no puedes seguir así, no por ese camino. Tienes que abrirles tu mente y dejarles entrar.
– Hace un tiempo absolutamente espléndido -dijo Heaf-. Hoy Londres va a ser más caluroso que Dubai. Lo que hemos de montar aquí es un café literario. Como en el continente.
– La gran noticia desde el punto de vista del clima, según dicen, es la futura era glacial, que se aproxima. Después de haber tenido, esto…, diez mil años de tiempo decente, habrá que limpiar los iglúes, muchachos, y agacharnos dentro de ellos para sobrevivir durante noventa milenios de frío helador.
– … O sea que, después de todo, podría ser que el calentamiento global no fuera una cosa tan mala.
– Sí…, eso es lo que nos dicen, sí. Pero, si te mojas los calzoncillos al comienzo de una ventisca, no te mantendrán mucho tiempo caliente. Te noto muy animado hoy, jefe… ¿Y eso?
– Sí. Bueno, sí, es verdad. Hoy no puedo sentirme triste.
Todo el mundo se volvió hacia la pantalla. Estaban pasando la cinta de cuatro segundos de la princesa. Cada uno de los presentes la había visto un par de centenares de veces, y la habitación quedó en silencio cuando volvieron a pasarla de nuevo. En el primer segundo: en posición supina en la bañera blanca, la princesa se echa agua rítmicamente en el cuello con la mano izquierda. En el segundo siguiente: hace una pausa como para escuchar; ha cesado el chapoteo, el movimiento del agua. En el tercer segundo: se sienta de pronto. En el cuarto segundo: vuelve la cabeza hacia la derecha mientras su cuerpo rota noventa grados, haciendo que el agua resbale y se arremoline en su cadera encogida. Y después, negro.
– Para nosotros, esto es como un permiso para imprimir dinero -dijo Mackelyne-. Si se da una orden de secuestro. Pueden descargarlo ellos mismos de la red, pero no es igual. Nuestros soplapollas querrán conservar algo…, como recuerdo. Y eso es precisamente lo que les daremos.
– No te entusiasmes, Mack -dijo Heaf, que se llevó las manos a la nuca y dijo con naturalidad-. Donna Strange abrió hoy al mediodía en Belfast una clínica abortiva… Ha habido manifestaciones de protesta, claro, y la televisión local ha cubierto la inauguración. Donna estaba radiante.
– ¿Y el ojo amoratado y el corte en el labio? -preguntó Supermaniam.
– Ni rastro de lo uno ni de lo otro -dijo Heaf, y añadió animosamente-: Siempre podremos decir que ha sido cosa de un excelente maquillaje.
– ¿Qué? ¿Un maquillaje sobre el maquillaje? -preguntó Clint-. Ahora comprendo por qué estás tan tranquilo, jefe. Después de todo, sólo faltan tres meses y medio para el Día de los Inocentes… Podemos decir que nos anticipamos un poco…
Heaf rió a carcajadas echando hacia atrás la cabeza. Tendió la mano a través de la mesa para alcanzar una lujosa carpeta, y dijo:
– De Tulkinghorn, Summerson y Nice, nada menos. Según parece, nos enfrentamos al problema legal de si nuestros pies de fotos constituyen una…, una «incitación a la masturbación». -Mostró un recorte, sosteniéndolo entre el índice y el pulgar-: «¿Te ha puesto calentorro Steffi? Pues, entonces, súbete la manga de la camisa, muchacho, ¡y manos a la obra!» O este otro tomado de «Las Novedades de Vídeo de Blinkie Bob», obra tuya, Clint: «Necesitaréis una caja entera de pañuelos de papel (tamaño grande, por supuesto) para ver éste. Y no estoy diciendo que os vayan a entrar ganas de llorar viéndolo.»
– Tulkinghorn, Summerson y Nice… ¿no son también los representantes del pajillero de Walthamstow? -preguntó Clint.
– Lo son. Comprende… El «material erótico» que el tipo estaba consultando en la piscina pública el fatídico día de autos no era otro que un ejemplar del Morning Lark. O sea que el pervertido de Walthamstow…
– ¡Es un soplapollas de tomo y lomo! Me estás vacilando, jefe… Te diré una cosa. ¿Puedo tomarme un mes de vacaciones, comenzando a partir de mañana?
– ¡Pues claro que puedes, muchacho! Pero la realidad es que nada de todo esto importa, periodísticamente hablando, porque todos dicen que nosotros no somos un periódico. Claro que todo esto está a punto de cambiar.
Heaf se quedó callado. Estaban todos expectantes.
– Se me ha hecho tarde, voy a llegar tarde -canturreó- a una cita muy importante…
– ¿Dónde, jefe?
– En el número 10 de Downing Street. Por orden del rey.
– Te amordazarán. Intentarán amordazarte, jefe.
– Tal vez lo intenten, tal vez lo deseen. Esto… ¿qué tenemos preparado para mañana?
Supermaniam desplegó la maqueta. «Ejemplar de recuerdo. La princesita, fotograma a fotograma. ¿¿¿la futura reina de inglaterra follada en serie ante la cámara???»
– Mmm. Espera mi llamada. Tal vez necesitemos rebajar un poco el tono.
– Si te parece demasiado fuerte, jefe -propuso Clint-, podríamos añadir más signos de interrogación…
Llegó cuando estaba de vuelta en su escritorio, hablando con la gente de la agencia de viajes Virtualmente Allí. Decía:
piso e, 49 m@tock estate, n7
kerido clint: ¡x fin! – las dud@s se van aklarando! orlando no es precisamnt un linc, pero se ha dado cuenta de ke he dejado de hacrle su t. «¿x ke ya no me hacs el t?» y yo le digo: «puedss hacrt tú mismo tu maldito t». pro él es terco como una mula; ésa es la palabra justa para éclass="underline" mula, el kiere sxo tod@s ls nchs, pero tngo 1 nva stratagm: no lavarm. vrmos hsta qando rsist el hedr… s m sta abriendo 1 nvo ftro, clint. ms pnsamnts y spranzs van hcia alg1, alg1 otr ke no vva a 1000 millas de dnde tu stas, mi keridisimo amgo. ¡en ntra prmra cita, qando pda ser, tl vz el 1 s sinta un pco koibdo y el otrp no! pro eso n db llevmos a hcr otra cosa k drmir, y x la mañna ¡yo hre el t! pinso k sra muy bno para ti hcr 1 viaje a tierrs tn ljanas… para reflxionr. yo stre sprand aki… cmo la mja, 1a nvicia lsta pra convrtrs n tu mjr. ¡Bno, kerido… 1 bso, ke tngas buen viaje y nqentrs la lz! K8
Así, el último domingo antes de viajar en avión, Clint se encaminó en coche al mencionado número 7 de Mattock State, un viaje de reconocimiento del terreno, y tal vez para echar un vistazo. Cuando se hallaba atrapado en el tráfico de la avenida, al mirar fuera del coche, se fijó en una mujer de aspecto elegante, que le pareció atractiva, a pesar del doble cochecito de niño que empujaba. Seguía mirándola cuando la mujer avanzó un poco, se colocó delante de él con los dos pequeños al frente y se agachó para mantener con ellos un animado diálogo. ¡Vaya por Dios! Si hubiera conducido un coche normal, en lugar del Avenger, hubiera podido verle las piernas hasta por encima del borde de la falda. Clint avanzó.
– Empieza otra vez. ¿Qué dices que te hizo? -preguntó Russia Meo.
– Que me abrazó con demasiada fuerza -dijo Billie.
– Dilo de nuevo. ¿Dónde estaba Imaculada?
– En la cocina, con Baba. Yo salí al cobertizo, donde estaba papá, y vimos la raposa sobre el tejado.
– ¿Que visteis una raposa a través de la claraboya? ¿A través del cristal? ¿Y después?
– Yo no podía respirar. Papá me tenía abrazada demasiado fuerte.