14 FEBRERO (12.25 P. M.): 101 HEAVY
El hombre del asiento 2A regresó a su sitio. La mujer del 2B, Reynolds Traynor, le dijo:
– ¿Por qué no deja usted de levantarse? No me parece tan asustado. Me está poniendo nerviosa.
– Es sólo por precaución.
– Relájese. Beba algo. Volar es seguro. Más seguro que caminar.
– Depende de cómo lo calcule. En términos de pasajero/kilómetro, es cierto. Pero, si lo calcula usted por viaje, el índice de siniestralidad es aproximadamente el mismo que el de viajar en moto.
– … Oiga, ¿por qué no para de caminar a tientas, con los ojos cerrados, arriba y abajo por el pasillo? ¿Por qué lo hace?
– Para poder llegar a las salidas de emergencia en caso de que no haya visibilidad. Como si hubiera humo. Sólo que, entonces, tendría que ir avanzando de rodillas. Más gasto de oxígeno. Y habría que evitar la electricidad estática. El veintidós por ciento de las muertes en accidentes de aviación están causadas por el fuego.
– ¡Vaya por Dios!
– Es la segunda causa en orden de importancia, inmediatamente después del traumatismo violento.
Primer mecánico de vuelo Hal Ward: Ah, eso está mejor. Soy un hombre completamente nuevo… Si, como dicen, se puede juzgar el estado de un transporte por la edad de los auxiliares de vuelo, entonces estáis todos en muy buena forma.
Primer oficial Nick Chopko: Dicen eso porque antes de cumplir los treinta y cinco todos están muertos. Estamos hablando de la CigAir, compañero.
Ward: Pues la semana pasada volé con Air K, y las azafatas apenas podían caminar de puro gordas… Ésa que está en clase business, ¿quién es…? ¿Conchita…? ¡Menudo tipazo! ¡Por Dios! No me importaría pillarla por mi cuenta.
Comandante John Macmanaman: No sigas con esa clase de comentarios, ingeniero de vuelo. No me gustan en mi cabina, hijo.
Ward: Lo lamento, capi.
Macmanaman: Olvídalo. Eh, Nick… Comprueba la potencia. Y también la velocidad. ¡Oh, sí! Estamos al máximo, pero parece como si fuéramos a entrar en pérdida. ¿Nick? ¿Hal? ¿Veis lo que yo veo? Las reversas de los motores están extendidas.
Chopko: ¡Santo Dios! No puede ser cierto, ¿verdad?
Macmanaman: ¡Pues claro que es cierto! ¿O piensas que viajamos en un carromato? Si esto es una lectura errónea…, ¿cuántas lecturas erróneas más habrá?
En la bodega número 5 el cadáver de Royce Traynor recomponía su postura. Su barbilla estaba apoyada ahora en uno de los bidones de material inflamable. Iba a hacer falta una nueva y violenta turbulencia para que Royce pudiera moverse de nuevo.
Su ataúd de caoba era de madera sólida y pesada. Como el pasado, su propietario estaba muerto, inoperante. Pero Royce conservaba aún su dureza y su peso: era duro y pesado como antes.
Segunda parte
CAPÍTULO SEXTO
1. EL DECEMBRISTA
Luciendo un chándal negro tan refulgente como un lustrado perfecto de zapatos, salió a la tarde. Llevaba zapatillas deportivas blancas recién salidas de la tienda y gafas oscuras, y tenía la tez bronceada y los cabellos plateados, que llevaba peinados hacia atrás; en la farmacia, de la que ahora se ausentaba, lo llamaban el Profesor o el Inglés. Pero era, en realidad, el Decembrista: muy avanzado ya en el mes final de su año. Tenía un rostro distinguido, cuyos rasgos daban la impresión de estar conectados con algo antiguo o con el estudio de algo antiguo…, como la cerámica etrusca o la escritura cretomicénica lineal B.
Pero aquí lo teníamos ahora, en un marco moderno: un establecimiento de alquiler de vídeos, con su vitrina para licores cerrada con candado y su terminal informática. El Decembrista era un hombre de estatura mediana (y que ahora tendía a ser algo menor que la media); no destacaba en un país -los Estados Unidos de América- donde los viejos visten como muchachos. Seguid las evoluciones de un aeroplano sobre un cielo azul durante un rato suficientemente largo, y al final un glóbulo de luz acabará besándolo, cubriéndolo y goteando de él. Así ocurría también con la lustrosa apariencia del Decembrista, con sus resplandecientes tonos negros. Por encima del traje, su bello y martirizado rostro. Por debajo, las manchas blancas de sus zapatillas deportivas. Fuera del establecimiento había una serie de coches esperando, todos en línea, pero diferentes, como un ejército mercenario de máquinas.
Había una nota de precaución en su zancada, pero nada que la hiciera precaria o la detuviera, aunque así ocurrió: una furgoneta turística de varias toneladas de peso dio bruscamente marcha atrás para salir de su aparcamiento, y las manos del Decembrista salieron proyectadas de sus bolsillos mientras se apartaba dando la impresión de levitar en el aire con la facilidad de un ave. Pero el sonido que escapó de él fue más bien equino…, un relincho, de encabritamiento, a través de los dientes.
El conductor de la furgoneta le tomó la delantera; tenía un teléfono móvil apoyado en el hueco de su mano (y al asomarse brillaron a la luz sus cabellos rubios como las monedas con que iba a pagar), y dijo en respuesta a la mirada incrédula del Decembrista:
– ¡Que te jodan!
Tras maniobrar en busca de la salida, la furgoneta arrancó al punto, y la escena se repitió casi de nuevo…, esta vez con el Decembrista teniendo que moverse rápidamente y las ruedas del vehículo rechinando para detenerse a apenas diez centímetros de sus rodillas. Después de unos bocinazos de exasperación, el chófer de la furgoneta dio marcha atrás, cambió de carril y aceleró para seguir su marcha…, no sin antes acompañar sus rítmicas arrancadas y frenazos con una serie de improperios que incluían diversas variantes de la palabra culo.
El Decembrista hizo una pausa, durante la cual sus labios se movieron en silencio, y después siguió caminando hacia su bar alemán.
Días después se hallaba sentado en una silla de respaldo recto junto a la piscina, contemplando sus aguas y los movimientos de vaivén de éstas. La piscina se movía, siempre e inevitablemente, pero el hombre estaba del todo inmóvil, con la cabeza echada hacia atrás, como en un agotamiento agónico. A su alrededor, metros y metros cuadrados de hierba: grama, hierba aplastada, hierba artificial; y el chispear incesante de los aspersores, que susurraban como una monstruosa cigarra… En un solo movimiento se agitó y se puso en pie. Ropa de crucero ahora: camisa suelta, pantalones azules, zapatos de marinero de lona blanca. Llevaba también un cinturón vaquero de fantasía, que en aquel instante se ajustó. Los huecos de la canana estaban vacíos, pero las pistoleras habían sido modificadas para contener dos finas latas de aerosoclass="underline" una para combatir los mosquitos y otros insectos voladores; la otra, con líquido antihormigas.
Primero, una hora con su contable. Después, una hora con su jardinero. Tras ello, el almuerzo, servido a la sombra del toldo. Se limpió los labios con una servilleta y se puso en pie. La avispa fue zigzagueando hacia él de la forma que suelen hacerlo, como un viejo zurdo animoso, con movimientos aparentemente olvidados, fintas y poderosas acciones de distracción. Él la espantó con la izquierda y la alcanzó de frente. Y la avispa, entonces, se enardeció, erizándose de dolor, de feminidad y de juventud. Iban sinuosamente hacia ti en su mediana edad, pero también ellas fueron jóvenes y tuvieron delicadeza y brillante color. No se quedó a ver sus saltos, espirales y vuelos en formación.