Выбрать главу

Hace poco aún, un «árbitro asistente» (linier lo llamábamos en mis tiempos) fue muerto a patadas por jugadores, directivos y público tras una decisión disputada en el derby del Norte-Este, en el Stadium of Light, donde realmente se interesan por su fútbol.

Sí, se interesan.

Eso es I-N-T-E-R-É-S, ¿estamos?

Es verdad que las repeticiones en vídeo dejaron pocas dudas acerca de que la tarjeta roja fue justa y que, dado que la lesión acabó con la carrera deportiva del contrario, una tarjeta amarilla no hubiera sido suficiente.

Pero eso les tiene sin cuidado allá en Tyneside.

Clint siguió trabajando. Después, tras archivar lo escrito, se sentó en el sofá y enchufó la tele y el vídeo. Esperaba poder ver Princesa Lolita. Pero en la academia estaba prohibido el porno normaclass="underline" tenías que ver los materiales que te proporcionaban ellos como parte del curso. El porno de la academia, ciertamente, tenía mucho en común con el normaclass="underline" las actuaciones, por ejemplo, carecían por completo de convicción. Así, por ejemplo, cuando el fulano se desnudaba, te dejaba maravillado la gratitud y admiración respetuosa que reflejaba la mirada de la chica. Allí estaba una ahora, derritiéndose a la vista de otra insignificancia, de otro signo de interrogación invertido (¿de qué tamaño?, ¿medio centímetro?). Se suponía que Clint prestaría especial atención a la siguiente secuencia -un cunnilingus de treinta minutos de duración-, pero se encontró a sí mismo buscando el mando a distancia. Y tuvo que dejar en suspenso por completo el antiguo escepticismo cuando, al final, el hombre la penetró: por la forma como ella se retorcía y temblaba y se ponía a canturrear algo de Wagner. Para ser justos, las mujeres de la academia porno se contaban entre las más pequeñas que Clint había visto nunca. No es que fueran jovencitas ni enanas, sino sólo increíblemente pequeñas. Diminutas…

«Emplee la cabeza» era el lema de la academia. Gran parte de la actividad en la clase la supervisaba una antigua estrella del porno, ya retirada, Dimity Qwest, a la sazón respetada activista y terapeuta, quien enseñaba a los alumnos a manejar la falsa vagina que les entregaban a su llegada. Con el tiempo, todos se transformaron en babeantes expertos en el arte del amor oral. Clint se sintió, a buen seguro, por los suelos cuando Dimity le dijo que considerara su pene como un dedo medio sin uña; pero luego se animó al ponderarle ella las posibilidades del placer anal, a cuyas angosturas era legítimamente previsible que tuviera mejor acceso el fulano de menor calibre. Se esperaba que los alumnos practicaran en sus cabañas. El artilugio tenía un «medidor de placer», a medio camino del hipotético ombligo, que te mostraba cuándo te estabas poniendo cachondo.

De haberle preguntado, Clint habría dicho que estaba respondiendo bien al tratamiento. Definitivamente. Después de todo, nadie es perfecto y todo es relativo. Y buen número de los reunidos alrededor de la piscina durante los piscolabis en cueros ni siquiera podían compararse con él. Más aún: varios ciudadanos, durante una sesión en grupo, se lamentaron de la vergonzosa exigüidad de sus eyaculaciones. Clint metió baza diciendo que en aquel tema él era un caso excepcional, y se puso a describir sus heroicidades al respecto con Rehab.

Se cepilló los dientes ahora en el pequeño cuarto de baño, cuyo lavabo no era mucho mayor que un cenicero. Su sonrisa artificial se animó con un breve destello de sinceridad al pensar en las entrevistas pornográficas que había concertado en Lovetown. A la espera de ver el vídeo de Princesa Lolita, tampoco estaba mal echar un vistazo por una vez en su vida a algunas pollas decentes. Conocer a la gemela de nuestra Vicky. A la espera de Kate, la camarera.

9. EPITALAMIO

Para entonces la hoja de papel que le guiñaba el ojo cada vez que se ponía a la tarea mostraba una serie de arrugas de dobleces que casi la rompían. A través de ellos podía verse el otro mundo…, o así parecía. La carta tenía ahora una semana de antigüedad; y, además, había ocurrido el incidente con la raposa.

Mi querido Xan:

No sería verdad decir que anoche me violaste, pero no mentiría si dijera que intentaste hacerlo. Sé que es una pregunta que debes de estar harto de oír. Pero, aun así, debo hacértela. ¿Qué es lo que recuerdas?

Eran cerca de las dos y veinte cuando apagaste la luz. Después te me echaste encima, aplastándome, y metiste a la fuerza tu lengua en mi boca y tu mano entre mis piernas. Aparte de ser una asombrosa bomba fétida de cigarros, cerveza, curry, vómito y mierda, «apestabas a marica barato», por decirlo con una frase tuya (acababas de ayudarme a salir de un taxi…, es como si hiciera años de aquello). Te golpeé en la cabeza con los puños cerrados, ocho o nueve veces, con todas mis fuerzas. Lo lamento. Tu pobre, tu pobre cabeza… Y enseguida corrí escaleras arriba y me encerré con llave en el cuarto de Baba. Tú me seguiste y te pusiste a aporrear la puerta. Aunque parezca increíble, Baba siguió durmiendo, pero Billie saltó de la cama y fue a sentarse, llorando, junto a la puerta de Imaculada, que también se despertó. Me dijo que, de haber tenido un teléfono en su cuarto, ciertamente habría llamado a la policía.

Estuviste reclamando a voz en grito tus «derechos conyugales». Pienso -¿acaso tú no?- que, en general, cuando uno u otro de los cónyuges invoca los «derechos» del matrimonio, éste se acerca a su fin. No sé…, puede que sólo sea verdad en relación al hecho de dormir juntos. En los últimos cinco años hemos hecho un millón de cosas el uno por el otro, que tal vez sentíamos como deberes, obligaciones o sacramentos, pero ni tú ni yo pensamos jamás que estábamos ejerciendo un derecho.

Nuestro matrimonio no está acabado. Pero, Xan, querido…, estás haciendo que me muera de miedo. ¡Y pensar que hay mujeres a las que supuestamente les gusta vivir muertas de miedo…! Ninguna mujer que valga algo se conformaría con eso ni un instante. ¿Debo explicarte qué es lo que siento? Pues es el deseo más intenso que puedas imaginarte de estar lejos de ti. El deseo desgarrador de que algo se acabe.

Nuestro matrimonio no está acabado. No está acabado. La pasada noche fue un tremendo desastre para nosotros, y se necesitará un esfuerzo increíble para superarlo. Ya sé…, ¿quién desea hacer un esfuerzo increíble, en asuntos del corazón o en cualesquiera otros? Pero eso es lo que te espera, comenzando por horas y horas de Tilda Quant.

Creo saber lo que ha sucedido. Tu pasado es tu pasado, y tú has escapado de él o evolucionado a partir de él. Con los años has perdido tus prejuicios y desarrollado un conjunto de actitudes racionales contemporáneas: ¿recuerdas que alguna vez te he dicho que eras más feminista que yo? Te pasabas un poco de piadoso, en todo caso. Por eso, después de que te golpearon, pensé al principio que habías retrocedido una o un par de generaciones. Ahora veo que es algo más básico, más atávico que todo eso. Tus actitudes y opiniones ya no son actitudes y opiniones: son creencias, y creencias primitivas, puestos a ser sinceros. Si hoy fueras a llevarme a ver los lugares de tu pasado, como hiciste en una ocasión hace cinco años, no me llevarías a ver el club Kropotkin de Worship Street ni a los tahúres del Mother Woolf, ni ese pub llamado El Mundo al Revés: me mostrarías tu cueva… o tu copa de árbol.

Dos cosas más. Has comenzado a comportarte de manera distinta con Billie. Y no me refiero a todas las incomprensibles reglas y regímenes que tratabas de imponerle (nadie podía averiguar qué era lo que se suponía que tenía que hacer con la manzana que la obligabas a llevar cada día: ¿dársela a su profesora?, ¿comérsela?). No, es algo más serio que todo eso. Recuerda… Antes, cuando solía hacer sus «ejercicios», o cuando los hacía durante demasiado tiempo o demasiado a menudo, te incomodabas o irritabas y le decías: «¡Oh, para ya, Billie!», o «¡Sube a tu cuarto a hacerlos!». Pero ahora te quedas como extasiado al verlos. Prácticamente, acercas una silla y la contemplas. Se trata de un cambio cualitativo en ti. ¿Qué puedo decirte…? Pues que me da escalofríos verte. Que esa actitud tuya me pone los nervios de punta. Míralo desde mi punto de vista… Si yo empezara a darte escalofríos, serían escalofríos de mujer, no de hombre. He leído que las mujeres rara vez muestran interés sexual por sus hijos (y mucho menos aún tratan de violar a sus maridos). Tú eres un hombre y siempre tienes a tu disposición una cosa: la fuerza masculina.