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Al levantarse de la silla de respaldo recto emitió un gruñido. Al volver a sentarse en ella emitió otro. Cualquier cosa y todo lo hacía gruñir: inclinarse, volverse, pasarse la mano por la frente. Pero los viejos…, los viejos no se pasaban el día gruñendo. Estaban acostumbrados a no hacerlo; y también él se acostumbraría. Nos iremos silenciosamente, como la uña del dedo pequeño del pie. Nos moveremos silenciosamente. No haremos ningún ruido.

Al cuarto día se le permitió ir a casa para una visita de prueba de media hora con las niñas. Russia le saludó con un abrazo de prima y después se retiró, pero sólo tácticamente: miraba al interior de la habitación al pasar, y procuraba hacer ruido al andar, al subir por las escaleras y en el piso de arriba. Lo hacía para dar ánimos a Imaculada, cuyas abatidas miradas sugerían (a Xan, por lo menos) que las desavenencias domésticas eran algo totalmente desconocido en las favelas de Sao Paulo… Billie fue la que se mostró más amable con él, pues al cabo de un rato consintió en que la levantara y la pusiera sobre sus rodillas para mirar un libro; pero entonces apareció Russia que, en voz alta, sugirió alegremente que se sentaran los dos en el sofá (el uno al lado de la otra). Por su parte, Sophie, aunque se echó a llorar en el mismo instante de verlo, se recobró sorprendentemente bien y, en adelante, sólo lloraba cuando él tosía. Porque hay que decir que últimamente Xan tosía bastante. No por un movimiento reflejo inevitable, sino a propósito y con método, tratando de despejar su garganta de los nervios que la agarrotaban.

Con Russia trató de mostrarse la viva imagen de la contrición, que era lo más que podía hacer porque, en realidad, no la sentía. Tal vez estuviera abierto a que lo persuadieran intelectualmente de haber cometido la lamentable incongruencia de violar a la propia esposa. Pero ser persuadido no es lo mismo que convencerse; y, finalmente, la persuasión se vería contrarrestada por el argumento, o la réplica sin matices, de que, al fin y al cabo, tu mujer es tu mujer. Además, todo el mundo sabe que debería extenderse siempre una especial indulgencia a los hombres que, sin ninguna culpa real por su parte, se encontraran excepcionalmente borrachos. Aun así, Xan estaba haciendo un esfuerzo. El esfuerzo de ser o de parecer, por lo menos, razonable: de inclinarse ante la razón como se interpretaba comúnmente. Con Russia, por ejemplo, jamás sucumbía a la omnipresente tentación de pedirle (u ordenarle) que pasara con él al dormitorio. El esfuerzo de controlar o disimular esas necesidades y agravios le producía a veces temblores, que tardaban hasta un minuto en pasársele. Durante uno de esos minutos, Russia se le quedó mirando y pensó fugazmente que estaba reprimiendo la risa.

Pero no ocurrió nada abiertamente terrible, y sus visitas a casa comenzaron a hacerse más largas, más libres y relajadas. Las patrullas de Russia no se acercaban tanto; Imaculada lo dejaba a veces unos momentos solo con Billie, y no tardó en serle permitido ver a las niñas mientras las bañaban… Ver a las niñas era ahora parte del programa diario de Xan, igual que su hora de visita por las mañanas con Tilda Quant, y sus primeras cautelosas sesiones en el Gimnasio Parkway, pero no había nada rutinario en asistir al baño de las niñas. Ciertamente, la experiencia de observarlas era para él un tanto alucinógena, asombrosamente vívida e inestable: nunca sabía lo que ocurriría a continuación. ¿Por qué le producía un placer tan salvaje ver cómo comían? ¿Por qué tenía tanta importancia para él ver el volumen de agua que desplazaban en la bañera? ¿Y por qué tan a menudo sus movimientos le parecían pornográficos: sus lascivas contorsiones, sus tocamientos genitales, sus ruidosos sorbetones al beber, con la barbilla y las mejillas goteando leche o helado de vainilla? ¿Por qué imaginaba siempre que morían, todos los días, todas las noches?

En una ocasión Sophie se quedó dormida temprano, ya que aquella tarde no había hecho su siesta, y la llevaron así a su habitación a las seis menos cuarto. Al ir a salir, Xan le pidió a Russia que le dejara entrar a echarle una última mirada, y entró a verla. La figura arropada le pareció completamente inerte cuando se inclinó sobre ella y apoyó la palma de la mano en su espina dorsal. Transcurrió una evanescente eternidad antes de que sintiera el suave empuje de su respiración, y al momento sintió su propio y silencioso suspiro de alivio.

– Está agotada -dijo. Estaba de pie, con el abrigo puesto, en la puerta de la salita donde Russia veía las noticias-. Muerta para el mundo -añadió.

– Oh, bueno… Se despertará a las cinco.

Russia lo miraba desde su sillón. Observaba atentamente la aerodinámica de su rostro: su delgadez angulosa, a la luz de aquel instante, sugería hambre, ayuno.

– Aclárame una duda -le dijo-. ¿Por qué crees que Billie ha dejado de hacer «ejercicios» cuando tú estás en la habitación? Todavía se masturba delante de Imaculada y de mí. ¿Por qué no delante de ti?

– Quizá porque soy un hombre…

– Antes no le importaba. Tú la has hecho consciente de ello. Y luego está lo del zorro…

– Ya te conté lo del zorro. La raposa. No fue nada. Simplemente, la abracé con demasiada fuerza.

Xan estaba en el cobertizo, recogiendo la manguera del jardín, cuando Billie se reunió con él. Oyeron los arañazos en la claraboya… y allí, sobre sus cabezas, vieron el animal, por la parte del vientre, sus resistentes cuartos traseros, su pelaje erizado de cerdas y púas. Billie gritó («¡Mira!») y Xan la apretó entre sus brazos en el momento en que la raposa giraba sobre sus patas y los miraba, tensa. Xan había esperado un momento de feroz severidad…, un gruñido, una exhibición de los dientes…, pero no el ansioso gesto de súplica que surgió de las profundidades del miedo. Un miedo que ningún ser humano hubiera podido soportar ni un instante. El animal escapó, arañando de nuevo el cristal con sus garras, y allí estaba Billie, debatiéndose y golpeándole las manos.

– Sólo la abracé con demasiada fuerza. Y yo mismo me di un golpe en la rodilla.

– Sí, ya me lo contó: «Papá», me dijo, «se hizo daño en la rodilla también.»

Xan echó el cuerpo hacia atrás unos centímetros y dijo:

– No sé…, con las niñas creo que, de ordinario, me aturullo. Como si volvieran a casa después de haber estado perdidas. Después de oscurecer. Es parte de ello. Estoy esforzándome. Estoy esforzándome.

– Esta última semana… Ha ido todo bien.

– ¿De veras? Me alegra que lo pienses. Sé que me queda un largo camino por recorrer. Mis sistemas de orientación… En cualquier caso, buenas noches.

Los ojos de Russia habían parpadeado y se habían vuelto a la pantalla del televisor. Los de él la siguieron. Estaba subliminalmente preparado para ver algunas imágenes del mundo moderno: la carrocería quemada de un autobús o un camión, una figura envuelta en vendas trasladada a toda velocidad en camilla por el pasillo de un hospital, una mujer gimiendo, con subtítulos… Lo que vio, sin embargo, le pareció más simple: una falange de militares americanos -soldados de infantería, vehículos ligeros- cruzando con pasos ruidosos una pista de aterrizaje barrida por la arena, todos ellos exageradamente equipados de un modo fantástico que les daba el aspecto de hombres orquesta. La yihad de los marines, pensó. Dijo, en tono de sorpresa: