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4. LA VISITA DE CORA A PEARL

– Bueno… Una cosa debo decir en favor de Xan Meo: tenía tirón. Entra, entra, sé bienvenida. Era consecuencia de la televisión. Su atractivo no paraba de subir cada minuto que estaba en la pantalla. Oh…, ponlo en cualquier parte. Tienes unas tetas preciosas, querida. Y apuesto a que son naturales, también. ¡Y ese talle! ¡Y tu culo…! ¡Joder…! Cuando te vio, debió de pensar que aquel día celebraba todos los cumpleaños de su vida, y que tú eras el regalo que le hacían por ello… Incluso tu vientre es excepcional… ¿Y cuándo fue eso? Tuviste que ser una maravilla a tus…, ¿qué…? ¿A tus veintinueve, a tus treinta años? No. Apuesto a que estás mejor ahora. Lamento este barullo. Deberías ver las habitaciones de los chicos. Llegan a casa de la escuela y se prueban toda la ropa que tienen. Muy amable de tu parte. Puedo imaginarme bastante bien lo que pasó.

Cora hizo un hueco en la amplia mesa de la cocina para poner allí la lujosa bolsa de compra que contenía la botella magnum de champán, de la cual sacó asimismo una cajita de rapé llena de polvo blanco.

– ¡Oh…! Vamos allá, pues.

Una mirada a la sala, con la exhibición de chales y bufandas extendidos sobre los muebles y los múltiples niveles de objetos depositados por todas partes como por efecto de una inundación, le reveló a Cora que Pearl no tenía secretos. Los regalos domésticos que le había traído estaban de más; no es que fueran mal recibidos, es que eran perfectamente ociosos. El aspecto de Pearl era asimismo muy revelador: las mejillas y la frente lívidas, las raíces de los cabellos irregularmente teñidas de color caoba, la bisutería con que se adornaba, la chaqueta de tonos difuminados, la falda corta… Era esa falda corta la que concentraba los pensamientos de Cora. Vio enseguida que era el centro de gravedad de Pearclass="underline" los muslos arqueados, el vacío que enmarcaban. Con cierta emoción, al recordar que todos somos mortales, Cora se dijo que el día en que Pearl decidiera finalmente dejar de llevar faldas cortas sería el peor de su vida. De camino hacia su cita, el taxi de Cora había pasado junto a una anciana que iba por la calle (Cora no estaba acostumbrada a fijarse en las ancianas con que se cruzaba en la calle) y caminaba tremendamente encorvada tratando de mantener el equilibrio. La anciana estaba esperando a cruzar en un paso cebra; el taxista frenó y se detuvo; y ella, antes de echar a andar como un cangrejo enfermo, se quedó mirándolo, por espacio de al menos veinte segundos, con una expresión de desconfiado desprecio en el rostro, como si fuera cosa sabida que los taxis de Londres tienen fama de atropellar ancianitas en los pasos cebra. «Prueba a hacer todo eso yendo con falda corta», pensó Cora.

Pearl tenía los pies en la mesa, y acababa de aspirar su séptima raya de cocaína, cuando Cora introdujo el tema de la sexualidad masculina, refiriéndose particularmente a Xan Meo.

– Es demasiado efervescente, ¿no? -dijo Pearl-. Has de removerlo con un dedo. Así… Y con eso consigues que las burbujas se disipen y puedes bebértelo antes. Bueno… Yo nunca tuve que disfrazarme… Una cosa puedo decir: Xan no era fetichista. Como lo son algunos. Conocí a un tipo que se agitaba espasmódicamente cada vez que oía la descarga del agua del aseo. Otro sólo podía hacerlo si llevaba puesta una máscara, y yo tenía que fingir que era una desconocida…, ya sabes, una persona diferente cada vez. «¡Venga, hombre, deja de hacer numeritos», le dije. Y me replicó: «Es como ser gay: no puedo hacerlo de otra manera.» Xan… A Xan le gustaban las braguitas con volantes y todos esos perendengues, pero dime a quién no le chiflan. Con él, todo era un asunto de poder. Él quería dominarte. Así que, ya sabes, tenías que resistirte y fingir que él no te hacía sentir nada. Que no estabas de humor y que meramente le permitía que se saliera con la suya. Hasta que tú… Eso es lo que le gustaba. Bueno… Ya sabes lo difícil que es tratar con ellos… O se ponen en plan amo, o se encierran con llave en el baño. Para llorar o para hacerse una paja. Remuévelo con tu dedo.

Cora preguntó ahora por las presentes circunstancias de Xan, y le agradó ver que Pearl se estremecía y adoptaba una nerviosa postura altruista: era indicio de que cabía esperar de ella indiscreciones mayores aún.

– Por supuesto que todo ha acabado ahora, desde que le atizaron ese porrazo en la cabeza. -Su voz tenía un tono nasal, por el billete de diez libras enrollado como un canutillo en su nariz-. Siempre fue un calentorro, ésa es la verdad, pero ahora está jodido y no es capaz de pensar en ninguna otra cosa. Russia… Me llevo muy bien con Russia, por teléfono, al menos… Russia tuvo que echarlo de casa después que una noche volvió a las tantas y trató de follársela a la fuerza. Estuvo a punto de ponerle una denuncia. Dice que se comporta como un muchacho retrasado de catorce años. No saben cómo tratarlo. Y parece que puede haber incluso algo peor.

Cora inclinó el cuerpo hacia delante. Y Pearl prosiguió con expresión de justificado pánico:

– Russia me preguntó si… Cuando me estaba divorciando de él, le dije a mi abogado que Xan se portaba de forma impropia con los chicos. Tonterías, sin duda, pero ya se sabe que cualquier puerto vale en caso de tempestad. Pues bien… Russia me preguntó si aquello era cierto. Porque piensa que puede haber tenido algún episodio raro con Billie, es decir, con su pequeña de cuatro años que, según los chicos, es un tanto pizpireta y precoz. No es nada definido, claro, sino la forma como él la mira. En fin… Se supone que es algo que no debería contar a nadie, pero tú ya sabes cómo son estas cosas. Al final acaban saliendo a la luz.

– Oh, no saldrá de mí -dijo Cora-. Por cierto, tu jardín está precioso. ¿Me lo enseñarás antes de que me vaya?

Pearl estaba balanceándose en la puerta de la calle.

– ¡Uf! Este aire fresco me está haciendo mucho bien, realmente. Y fíjate… Tú, en cambio, estás fresca como una rosa. No hemos hablado acerca de ti y del tiempo que pasaste con Xan… Sí, ¡qué tiempos!, ¿eh? ¿Te parece prudente…? ¡Oh, ya veo! Vas a hacerlo, vas a remover un poco las cosas, ¿no? Vas a enredarlo. Yo diría que se va a sentir muy contento. Durante media hora. Sus relaciones con Russia están en la cuerda floja: un resbalón y todo habrá acabado. Hazme saber cómo te las apañas. Yo telefonearé a Russia y le iré con el cuento. ¿O querrás encargarte tú también de eso?

5. NO ES INUSUAL

El viernes Xan se levantó a las siete. Desayunó con las niñas y con Imaculada, para compensar o expiar su ausencia luego… si, por alguna razón, se veía retenido en el hotel. Tuvo su hora con Tilda Quant y, después, en el gimnasio, trabajó mucho más duro y más tiempo de lo habitual, con su instructor, Dominic, que le recomendaba ásperamente esforzarse más con los ejercicios en el banco. De vuelta al piso, cuando se disponía a quitarse su apestosa camiseta, se dijo a sí mismo: No te laves. Ve tal como estás. Esto hará que parezcas sincero… Como fórmula de compromiso (lo que tampoco era en él una actitud habitual) se estuvo un cuarto de hora bajo una ducha fría. Tilda Quant habría dicho que el mecanismo puesto en juego era autoflagelatorio: un castigo por anticipado. El infierno no es necesariamente caluroso; puede ser frío también.

Sin duda, tenía la misma idea cuando cedió a la tentación de someterse a una prueba que llevaba posponiendo mucho tiempo: tratar de escribir algo. Tan sólo un par de párrafos -se dijo-: un par de centenares de palabras describiendo las confusiones que lo acosaban desde su accidente. Dejó de escribir al cabo de cuarenta y cinco minutos, y leyó lo que había escrito. Como se temía, aquello valía mucho menos como evocación que como sombría dramatización de su estado. Era, ciertamente, otro síntoma: una disfasia expresiva. Se daba cuenta de que su concentración se veía dificultada, además, por el hecho de seguir pensando en el sexo: en el sexo de media tarde. Para entonces, su imaginación hacía mucho que había agotado todos los actos, acrobacias, posiciones, variaciones… Para entonces, lo único que le quedaba era una pura nostalgie: el mero recuerdo de una adicción. Y Xan sentía que se hundía cada vez más en aquellos melancólicos pensamientos.