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– De acuerdo…, tomaré un espresso.

– Que sea doble… He leído tu libro. Es…

Aquello le agradó…, pero las palabras se le agolparon en la mente y no encontró otra manera mejor de expresarlo:

– ¿Y no se te ha atravesado en el culo? Lo siento. Ya sé que suena terriblemente mal, pero seguro que entiendes lo que quiero decir.

– ¿Te refieres a que te parece adular al lector? Bueno, sí, produce cierta sensación de querer congraciarse con todos. Una especie de deseo de no ofender a nadie. Y das la impresión de sostener un montón de falsas ideas preconcebidas a propósito de los hombres y de las mujeres. Es lo que yo pienso. Como si se hubiera acabado entre nosotros toda suerte de enemistad y estuviéramos bebiendo la leche de la concordia. Y hay algo más aún. ¿Cuál es ese relato que lleva por título un nombre de mujer? «Evie». Sí, ése es. Bueno…, tras treinta páginas de persecución, el narrador consigue finalmente llevarse a Evie a la cama, y entonces, a mi entender, más bien se congratula por no describir el momento. «No, no voy a contar la cosa con pelos y señales», y chorradas así. ¿Qué es eso? ¿Una actitud galante? ¿Evolucionada? ¿Crees que es eso precisamente lo que debería hacer el escritor…, rehuir su tarea para inspirar una actitud? Ya me doy cuenta de que me estoy mostrando injusta, porque no es un problema sólo tuyo. El buen sexo es algo inalcanzable para la narración. Quizá lo único a lo que no llega. Aunque quedan los sueños, claro. Pero, dime, ¿por qué ha de ser así? Hmm. Dispénsame mientras saboreo esta deliciosa bebida.

– Dicen… -alegó Xan-, dicen que el escritor rehúye hablar en nombre de cualquiera que no sea él. Que las peculiaridades aparecen por sí solas. Pero ya no tienen nada que ver con lo universal.

– ¿No pueden ser universales las peculiaridades? ¿No existen cosas que nos gustan a todos?

– Tiene gracia… Yo no suelo narrar historias de sexo, pero es la primera pregunta que me hago a propósito de mis personajes: la de cómo son en la cama.

– ¿De veras? Perdona… ¿Te preguntas «cómo son» o «qué les gusta»?

– Supongo que ambas cosas. ¿O acaso es lo mismo?

– O sea que, si fueras a convertirme en uno de tus personajes, cosa que no te recomiendo, ¿cómo empezarías?

– ¿Por qué dices que no me lo recomiendas?

– Porque nadie cree en las mujeres que son como yo. O ninguna mujer lo hace. A menos que ella sea una víctima también. Las víctimas sí creen.

– Las víctimas… ¿de qué?

– Aguarda… Veo que has evadido mi pregunta. En todo caso, el buen sexo, como cualquier otra cosa, ha de tener cabida en alguna parte. Por eso hay otra forma, otra industria, que se dedica exclusivamente a él.

– La pornografía.

– Pornografía… Porno es una palabreja desagradable, ¿verdad? El aspecto más desagradable de todo el fenómeno. Pero la realidad no es tan mala. En mi mundo, hablamos de la industria del porno. Así la llamas cuando trabajas en ella. Yo estoy en ella… Te dije antes que tal vez me hubieras conocido ya, en el sentido más vulgar de la palabra. Fue hace tiempo, y entonces tenía mis razones…, pero, bueno…, lo cierto es que protagonicé más de un centenar de películas. Películas obscenas, como Karla White. Durante tres años, el único sexo que viví fue el que tuve delante de una cámara. Pero las gentes del porno no son como las que no trabajan en él. Cuando vemos un espectáculo porno, enseguida prescindimos del sexo para concentrarnos en la actuación. Pero eso es una verdadera perversidad.

– ¿Y cuáles fueron esas razones tuyas?

– Ya te conté. ¿De veras no lo recuerdas?

– ¿Cuándo? ¿Dónde?

– Fue en la fiesta de verano de Pearl; el treinta y uno de agosto. Bastante caótica, como suele ocurrir. Y sin que apareciera para nada Russia. ¿Recuerdas? Estuvimos charlando un par de horas, y después pasamos al jardín e hicimos lo que hicimos.

– ¿Qué hicimos?

– Ya llegaremos a eso. Fue entonces cuando te expliqué mis razones. Antes era un cliché, y ahora es una falacia, pero… ¿por qué hacen películas obscenas las chicas? Porque fueron violadas por sus padres. Desde los seis hasta los doce años, inclusive, mi padre me violó a diario… Pero noto algo extraño. Muy extraño… Noto que lo recuerdas.

– ¿Por qué lo dices?

– Pues porque, cuando te lo conté la primera vez, te mostraste indignado por mi causa. En cambio…, mírate ahora. Te has limitado a parpadear una vez. Lentamente.

– No es que recuerde que me lo contaras. Es que…

– ¿Que ya no te parece tan horrible? Muchacho…, realmente te han dado un golpe en la cabeza, ¿eh? Bueno…, está bien. Considerémoslo: ¿es realmente tan horrible? Algunos padres, y no hablo de salvajes criminales en serie, sino de corredores de bolsa y políticos…, algunos padres están convencidos realmente de que el incesto es algo «natural». Me debes el ser, así que puedo tocarte; tu primer hijo debería ser de tu padre…, todas esas cosas. Es un atavismo. Porque librarse del incesto, del creciente incesto, formó parte del avance de la evolución, al igual que lo fue para la mujer librarse del estro.

– ¿El qué?

– El estro. El celo en la mujer. Jamás ha existido una sociedad humana que no observe tabúes con relación al incesto. Pero el que prohíbe las relaciones entre padres e hijas ha sido siempre el más débil. En la Biblia hay prohibiciones de todo tipo: «No descubrirás la desnudez de la hermana de tu padre; es una perversidad, porque es tía tuya.» Pero no se encuentra nada concreto a propósito de los padres y sus hijas.

– Régimen patriarcal.

– Bueno, sí… Pero no: es masculinidad. El incesto entre madre e hijo apenas existe. Se cuentan apenas veinte casos en toda la literatura. Y todas las prohibiciones bíblicas van dirigidas a los hombres. Los hombres hacen eso, y lo mismo ocurre con los animales superiores. Es cuestión de tamaño. De corpulencia masculina. Los hombres lo hacen porque son grandes… Si estás pensando en buscar una justificación, no mires al pasado.

Se inclinó para beber un sorbo y después se separó con las manos sus brillantes cabellos grises. Xan estaba oyendo palabras realmente muy extrañas… ¿Por qué no se lo parecían?

– Mira al futuro. Nosotras, como víctimas, no nos sentimos tan asustadas por cómo es el mundo hoy, ni nos repele tanto el fin de la normalidad. Siempre hemos sabido que no existía ningún orden moral. Así que acuéstate con Billie e introdúcela en el vacío.

– Eso es precisamente lo que es. Es un vacío.

– Es simplificar mucho -respondió ella sonriendo y mostrando unos dientes brillantes, menudos y felinos; luego dijo-: Donde yo vivo tenemos centros de tratamiento para toda clase de vicios, deficiencias y adicciones. A los padres incestuosos les enseñan a sublimar sus tendencias. Visten a sus pobres esposas como si fueran niñas pequeñas.

Xan pensó en Billie, en Sophie…

– ¿Quieres decir uniformes escolares, peleles y pañales?

– No lo tomes tan al pie de la letra. Pero es algo que les gusta a muchos hombres, créeme. Todo lo que tienes que hacer es llevar prendas de una talla bastante inferior a la tuya. Cuando te telefoneé y te dije que iba vestida como una niña, lo hice porque es una forma de desparticularizar… No sé…, de quitar todo énfasis. Piensa en cuando se dice de alguien que tiene una «cara de muñeca». No es una mera sublimación: es introducir una nota de comicidad. ¿Cómo puedes ser seria si tu vestido apenas te llega hasta la cintura?

– ¿Tú crees? ¡Uf, Karla! Déjame que me concentre un momento, y… Sí, te he visto antes. Y no ha sido en el cine.

– ¿Cómo lo sabes?

– Yo no veo películas pornográficas.

– Supongo que lo que quieres decir es que no vas a ver películas pornográficas… ¡Oh! Entonces es que no eres la buena y moderna persona que escribió Lucozade… No es justo. Perteneces a la generación anterior…, la que aún está obligada a rechazar la pornografía. Pasará algún tiempo aún, pero la pornografía está en auge. La industria, ahora, no hace más que insistir en lo respetable que es. Cada vez que un actor o una actriz porno abre un supermercado, la industria se hace lenguas de lo respetable que es. Pero, para eso, hay que decir que la masturbación se ha convertido en algo respetable. Y eso es lo que afirman. «Masturbarse está de moda», leí el otro día. «Hay pajas brillantes.»