Выбрать главу

– Hacerse una paja es una cochinada. Pero, espera…

Ahora sí miraba pornografía, en el status quo posterior al golpe. Anteriormente le gustaba cuando la veía, pero a la vez la reprobaba; ahora, en cambio, le gustaba mucho, y la aprobaba, y merecía sus bendiciones. Sin embargo, en la presente alteración de su estado, no le servía de ninguna ayuda. Porque incluso la pornografía necesita tu memoria…, y en la suya fallaban demasiadas cosas. Es lo mismo que ocurre con las corrientes de aire o de agua, con diferentes presiones y temperaturas: si no fluyen como solían hacerlo, si la memoria no puede dominarlas… Aunque se daba la correspondiente reacción fisiológica, eso no suponía relajación ni sosiego. Era como si su pasado erótico se hubiera perdido y sus deseos, sin dilución ni contrapeso alguno, se trasladaran al presente y lo real.

– ¡Oh! ¡No seas demasiado duro con las masturbaciones! -Su interlocutora extendió los brazos a la altura de los hombros sobre el fondo oscuro del terciopelo-. No es nada halagador verte olvidada. Te hace sentir merecedora de olvido.

– No es así como funcionan las cosas. Tres semanas antes de que me dieran los golpes en la cabeza, Billie cumplía cuatro años. -Se detuvo un instante, y después continuó apresuradamente-: Cuando fui a recogerla a la hora del almuerzo, lo que no suelo hacer, estaba muy feliz y excitada. Le dijo a su maestra: «Aquí llega mi papaíto a buscarme para ir a casa.» Ya sabes…, como si fuera la guinda del pastel. Siempre me había dicho que jamás olvidaría su cumpleaños, jamás en la vida, pero habían tenido que recordármelo. Lo mismo que el cumpleaños de mi hija pequeña, el de Sophie. Lo había olvidado. Lo he olvidado por completo. Diría que eres inolvidable. Pero, a pesar de todo, te olvidé.

– Entonces, tendré que recordártelo adecuadamente. ¿Me excusas un momento? Cuando vuelva, me encontrarás de un humor muy diferente… Todo lo que haces es… ponerte cosas que son de una talla muy inferior a la tuya, demasiadas tallas más pequeñas. Talla cero. No me sigas con la mirada. Me siento incómoda si me miras cuando me alejo.

Ella, pues, se alejó y él la siguió con la mirada y permaneció luego sentado allí con el rostro entre las manos.

7. TALLA CERO-2

Con el cuerpo inclinado sobre el mármol en el tocador de señoras, y observada por los espejos, Cora Susan se aplicó unos toques de maquillaje.

Recientemente, en los medios cinematográficos, había habido un actor, Randy Rivers, que falsificó su prueba negativa de anticuerpos de sida -en el argot de la industria del cine: su «permiso de trabajo»-, y había contagiado a cinco actrices. Cuando esto se descubrió, algunos tipos violentos fueron en busca de Randy. Todos lo encontraron y todos lo dejaron en paz. La explicación que había oído era que el estado y las circunstancias de Randy no podían ser empeorados de ninguna manera: que ya no había forma de joderlo.

Cora no incluía precisamente a Xan en esa categoría, pero había pensado en Randy Rivers a propósito de Pearl. A propósito de Pearclass="underline" era un buen título para ella. Pearl le habría revelado todo sin necesidad de un buen licor, sin necesidad de la cocaína de primera. De forma semejante, Xan parecía un pobre candidato para los polvos de cuerno de rinoceronte y la mosca española: Xan, el desgalichado exhibicionista chismoso, con una sucia gabardina, tal como lo describía Pearl. Pero no se estaba mostrando de esa forma. Ella era una experta en la materia, y la resistencia que encontraba en él era inesperadamente obstinada; confusa y errática, pero obstinada. Seducirlo, por consiguiente, le resultaba ahora una cuestión en la que estaba comprometido su respeto a sí misma, e incluso su propia confianza en sí misma; algo vital para su cultura privada, para sus soles y lunas íntimos. Más tarde, si debía llegar, habría tiempo para el otro y más terrible castigo.

Se acercó a él por la espalda y apoyó las manos en sus hombros, mientras le decía:

– Voy a tomar otra copa de lo mismo…, y te odiaré un poco si tú pides lo mismo también.

– Entonces…, pediré lo que tú estás bebiendo… Te has puesto maquillaje.

– ¿Notas alguna diferencia?

– Pareces un poco más joven. No, mayor. No, mejor dicho, más artificial. Como este lugar. Y menos familiar. Ahora sí que ya no te recuerdo en absoluto.

– Así está bien. ¿Sabes…? Dos cócteles es mi límite. Me divierte ver lo estrictos que son los hombres con las mujeres bebidas…, salvo en el dormitorio. No les gusta que se pongan sentimentales…, salvo en el dormitorio también. A los hombres les encanta hacer el amor con una mujer borracha como una cuba. Supongo que piensan que eso disminuye su responsabilidad. Pero tienes que controlar bien el tiempo.

Les trajeron las bebidas, y ella empezó a tocarlo. Una mano en el brazo, una mano sobre la otra; ambas manos se tocaban.

– Eres un poco duro con la industria, ¿no? Cuando empecé, me parecía que estaba hecha a propósito para trabajar en ella. A medida.

– ¿Porque tú y tu padre…?

– Bueno, sí…, pero quiero decir en sentido físico. -Le tomó la mano y, acercándosela, comenzó a contarle los dedos-: Uno. De acuerdo: mi padre. Dos. Puedo ser sincera contigo, ¿verdad? Dos. Mi…, esto…, mi vello púbico es, por naturaleza, minimalista…, como lo llevan todas ahora. Como lo son ahora todas. ¿Tendrá algo que ver con la evolución? ¿Como el que los hombres hayan dejado de tener barba? Tres. No nací con un tatuaje en forma de beso en la rabadilla, pero tengo una marca de nacimiento en la cadera que recuerda un corazón. Todo lo que me hace falta para completar la imagen es encajarme en el ombligo un pedrusco realmente grueso. O en mi lengua. Cuatro. Mis pechos. Parecen falsos. Pero lo parecen porque les falta simetría. No se mueven como los de silicona, pero inspiran esa sensación. Sensación.

Hasta entonces, las miradas de Xan no se habían fijado en sus pechos. Eran éstos, más bien, los que habían estado todo el rato apuntándole a él. Pero ahora los miró y ellos sostuvieron su mirada. «Sensación»… ¿Qué podía decir él…? ¿Que habría preferido no tocarlos? En lugar de hacer eso, para ganar un par de segundos, replicó:

– No sé qué sensación causan los pechos falsos.

– Sí lo sabes. Has tocado los míos.

– ¿Lo he hecho? Pero los tuyos no son de silicona.

– Pero lo parecen. Tócalos.

Los tocó. Ella retuvo la mano en su lugar con la muñeca, e inspiró profundamente.

– Es como si sacaras la palma de la mano, ahuecándola, por la ventanilla de un coche y midieras la velocidad del aire al pasar… Algunos pechos te ponen a cuarenta y cinco por hora. Algunos a ochenta. Yo diría que los míos alcanzan los ciento veinte; la velocidad límite para los pechos -dijo, y aflojó la presa con que retenía la mano de Xan-. ¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! Cinco. Soy menuda.

– ¿Cómo?

– Es bastante evidente, ¿no? Mido metro cincuenta y dos y una tarjeta de crédito. Peso algo más de cincuenta kilos en remojo. Magnifico al hombre. Soy una pequeña ninfómana… Ahora bien…, esto último guarda relación con lo que ocurrió en casa de Pearl. Te lo voy a describir, y así tal vez sabremos todos dónde estamos. Pero piensa que voy a pedir un tercer Martini. Vas a tener que ayudarme a subir a mi suite.