En la pantalla, los actores parpadean sólo cuando quieren hacerlo; y cuando Xan decidió que quería ser actor, había pasado un montón de tiempo practicando el «no parpadeo». «¡Deja de mirarme fijamente!», solía decirle su madre. «No te estoy mirando. ¡Estoy aprendiendo a no parpadear!» Y ahora, en el lujoso hotel, Xan intentaba no parpadear. Porque, cada vez que lo hacía, le parecía ver a dos mujeres desnudas en el túnel de lavado de su cama… Sí, el mundo estaba escapando, escurriéndose por algún desagüe. Podía oír los ruidos de su cierre, semejantes al último suspiro de un ordenador: un débil rebote, un lejano miau….
– Era como la una de la madrugada. Quedaba todavía un grupo de resistentes en la sala, pero se estaban yendo poco a poco, hasta que se hubieron ido todos a casa… Salvo tú, curiosamente. Tú no estabas bebiendo, pero había otra cosa circulando por la sala, y tal vez hubieras dado un par de caladas; no lo sé. Quedamos en encontrarnos en el jardín. ¿Recuerdas que, en el extremo más apartado, pasado el arco de enredadera, había una cabaña, la casita de Wendy, que de hecho no pertenecía a la finca, pero en la que podías introducirte a través de un hueco en el seto?
– La llamábamos la Casita de los Monos -asintió él confusamente-. Era de las pequeñas que vivían en la casa de al lado. Pero ya se habían hecho mayores.
– Bueno…, el caso es que nos metimos a escondidas dentro. Era una niñería, y al principio lo tomamos a risa. Ya sabes: jugar a los médicos en el cobertizo de la leña. Y entonces ocurrió. Oh, no fue nada demasiado serio. Una mano que baja, otra que sube, y enseguida estabas acariciando todo mi cuerpo. Fíjate…, al poco rato, yo ya me sentía cansada de estar de puntillas y te dije que aquello no era justo, porque tú eras mucho más alto que yo. Y tú, entonces, me levantaste con una mano para colocarme a tu altura. Con una mano me tranquilizabas; con la otra me sostenías.
– ¿Cómo podía hacerlo?
– ¿Cómo? Tenías la mano entre mis piernas.
«Había demasiados monos saltando en la camita. Uno se cayó y se rompió la cabecita. Lo llevaron al médico, que dijo enseguidita: Que los monos no salten, que duerme la niñita…» Xan se empalmó. Aún la sentía allí, como un pedazo de cartílago duro.
– Tal vez podría darse una reconstrucción, una repetición de aquel momento, arriba, en mi suite -estaba diciendo ella-. Me parece que quizá te he alarmado un poco con toda esa charla mía acerca de incesto y pornografía… Son temas resbaladizos, ajenos. Pero, como puedes ver, tengo una salud perfecta, tanto física como mental. Y sigo siendo menuda. Sé que después de un accidente las personas se sienten muy frágiles. Pero no te haré daño. Además…, ¿cómo podría dañar esto a nadie? -dijo encogiéndose de hombros-. Y tú te lo mereces, Xan. Has pasado una época muy dura, y te lo mereces. No tienes que tocar si no quieres. Puedes limitarte a mirar un rato mientras me muevo en ropa interior…, talla cero. Y, después, irte sigilosamente.
Sus recuerdos lo habían conducido a aquello, y ahora tal vez lo librarían. El primer instante, en el vestíbulo, había sido para Xan un coup de foudre sexual; pero aún creía que sería capaz de encontrar alguna forma de contrarrestarlo: que podría evitar la ocasión del pecado. Después había empezado a extenderse lentamente por su cuerpo algo así como un pesado reptil que se centraba en un único propósito y sentido. Él era el perezoso cocodrilo que había estado aguardando al acecho, que llevaba mucho tiempo aguardando y acechando. Y, simultáneamente, por espacio de unos minutos al fin, se había sentido como un cuerpo celeste en el espacio, atraído por otro cuerpo celeste de una fuerza de gravedad mucho mayor: había sentido la atracción celestial. Los demás, las demás cosas, el mundo: todo lo contenido en el universo estaba a punto de desaparecer… Y entonces se produjo un recuerdo. Llegó un recuerdo, como una llamarada, que trajo consigo toda una serie de deducciones forzosas.
Recordó que la tarde de su accidente, cuando se disponía a salir de la casa, de camino hacia el Hollywood…, y al hospital…, le había dicho a su mujer: «No tengo secretos para ti.» Y recordó lo que había querido decirle: recordó el sentido auténtico de su propia veracidad. Porque todo hombre tiene secretos para su esposa: esas cartas, esas fotografías, esos rostros y experimentos mentales que se presentan como invitados fantasmales en el dormitorio conyugal. Pero Karla, con el vestido subido hasta la cintura…: eso sí era un secreto. Xan tenía ahora la esperanza de que ella hubiera dicho la verdad: de que realmente la hubiera levantado hacia sí. Porque era algo que realmente valía la pena hacer… y, si lo habías hecho ya una vez…, ¿qué sentido tenía evitar repetirlo?
– Y, después, por la mañana, tomaré un avión que me llevará a ocho mil kilómetros de distancia.
Xan respondió con brusquedad:
– Y, si no eres una amiga, ¿qué eres? ¿Te suena el nombre de Joseph Andrews?
Dio la impresión de que ella lo tomaba como el golpe mínimo de un mínimo enemigo. Pero su respuesta sonó con voz firme y fría:
– Sí. Está en tu libro. Di por supuesto que era sólo un chiste acerca de Henry Fielding. Como lo del título: Lucozade…, «lo mejor de la vida».
– Gracias. Así lo pensé. ¿Y de verdad no eres mi enemiga?
– ¡Oh, vamos…! Sí, soy tu enemiga, de acuerdo. ¿Qué piensas? ¿Que tengo aquí una cámara sensible a nuestros movimientos, y que mañana por la mañana un mensajero uniformado le llevará a tu mujer una casete de lo que hayamos hecho? Tendría que empezar en el ascensor, así que necesitaríamos emplear una casete vacía… Mira este lugar. Siéntelo encima de ti, toneladas y toneladas: todo él diciéndote que el cuerpo debería disfrutarlo. Te estoy ofreciendo una tentación moderna, sin consecuencias. Vamos arriba. No es más que lo que te mereces.
La tentación, pensó Xan, era tan inconcebiblemente extrema, que sería ridículo no sucumbir a ella. Karla estaba en lo cierto: el lujoso hotel quería que ocurriera. Frente a él, en la mesa, los dos vasos de cóctel eran un par de muslos femeninos, y los dos dedos de licor sin consumir, con la ginebra disipándose en ellos, eran como sus medias… Contra este lujo, él sólo podía oponer el lujo de la fidelidad conyugal…, un lujo meramente mental. Y Russia estaba lejos, muy lejos, tal vez irremediablemente distante; mientras que Karla estaba cerca.
Xan sacudió la cabeza, y enseguida ella pidió la nota.
– En el diccionario -dijo sin ningún énfasis, al tiempo que sacaba del bolso la llave de su suite-, la tercera acepción de tentar es arriesgarse a provocar a una divinidad o fuerza abstracta. Eso es lo que acabas de hacer. En cuanto tentación sexual, no fue nada. Y ahora vas a tener que ver cómo me voy.
– Espera. ¿Cómo puedo…?
– Haz lo que hice yo y llama a tu agente. Ahora vas a tener que ver cómo me voy. Y ya es demasiado tarde para hacerte cambiar de idea…, esta vez. Voy a dejarte con una paradoja visual. Mi madre era muy femenina, pero también lo era mi padre. Y yo soy femenina por partida doble. ¿Qué cómo funciona eso? Caderas que se tocan una a otra, pechos que se tocan el uno al otro, cada uno tocando al otro. Sígueme con la mirada mientras me alejo en mi doble ser. Y vas a pensar: es mi polla que se marcha.
Estaba de pie delante de éclass="underline" con aquel singular vestido blanco que marcaba sus salientes y entrantes. Ahora giró sobre sus talones, con la cinta del bolso de rafia apoyada en el hombro. Dejó escapar una risa armónica, y dijo: