– ¡Es tan lindo…! Los padres tenéis la ridícula idea de que…
Lo miró por encima del hombro. Xan esperaba encontrar una expresión de disgusto en ella, pero su rostro parecía a punto de desmoronarse y venirse abajo, como pudiera descomponerse el de Billie.
– ¿Sabes…? Si querías dar una naturaleza sexual a la relación con tu hija…, ella habría aceptado. ¿Qué otra cosa podía hacer? No tenía otra alternativa. Cuando se trata de papá, las niñas no tienen más que certezas. Los padres tienen la idea de que si hicieran ademán de acercarse a sus hijas, éstas retrocederían y les darían un bofetón en la cara. Pero te digo una cosa: yo no soy de esa clase de niñas. ¿Por quién me tomas?
Y, dicho esto, se marchó.
Es lo que habría hecho un buen hombre de las cavernas, ¿no? Cuando oye el chasquido de un tallo que se rompe, o la respiración de un animal o un enemigo, desaparece…, aunque la hembra en celo se le esté ofreciendo con los brazos abiertos. El deseo de reproducirse tiene su contrapartida, que es el deseo de seguir vivo.
Pero había otra cosa que lo constreñía: algo muy antiguo, pero a la vez mucho menos primitivo. Ella le resultaba familiar, íntimamente familiar; y, en efecto, la había visto ya en los dos sentidos de la palabra. Xan lo ignoraba, por supuesto, pero el rostro que veía detrás de su rostro era el de su madre. Y el de su hermana, y el de él mismo. La había conocido en el pasado, sí: cuando él tenía veinte años y ella tenía diez; cuando él tenía dieciséis años y ella sólo seis; cuando él tenía diez y ella no era más que un bebé.
No descubrirás la desnudez de la hija de tu hermana; es un pecado, porque ella es tu sobrina.
8. DE NUEVO SIN SABER
– ¿Me das algo para beber?
– Sí, claro. ¿Qué te apetece?
– Chocolate Mix.
– ¡Marchando!
– Leí este libro, pero me dormí antes de llegar al final. Ahora lo he empezado por el principio, pero no lo sé otra vez.
A menudo decía «no lo sé otra vez» en lugar de «no lo recuerdo». Pero él entendía lo que quería decir.
– Bueno…, sentémonos y te lo leo bien.
Estaba solo con Billie en la cocina. Imaculada había sacado a pasear a Sophie por Primrose Hill. Y Russia era tan sólo una presencia en algún lugar del piso de arriba. Billie, ahora, ya no lo trataba como a un padre, sino más bien como a un tío del que se podía fiar, razonablemente… Xan estaba haciendo lo que su padre había hecho muchas veces: se estaba mostrando simpático, incluso empalagoso, con una niña, a la vez que alimentaba pensamientos criminales con respecto a otro hombre.
– ¿Te morirás antes que yo?
– Me temo que sí, cariño.
– ¿Morirá mami antes que yo?
– Me temo que sí.
– ¿Se morirá Sophie antes que yo?
– Espero que no.
– ¿Me moriré yo antes que ella?
– No lo sé, cariño. Y ahora leamos el libro.
Xan había pasado la mañana tras la pista de su enemigo. La búsqueda -tan irreal como prosaica- empezó en la sección de Personajes Reales del Crimen, en la librería de High Street. Había un número sorprendentemente elevado de estudios sobre personajes del hampa y las biografías (supuestamente escritas por diversos matones y guardaespaldas) concluían con un índice onomástico; en muchos de ellos aparecía repetidamente mencionado el nombre de «Andrews, Joseph»: el Golpe del Aeropuerto, sus dos largas condenas, las sospechas de asesinato y, algún tiempo después, y un cuantioso fraude fiscal. A Xan lo desconcertó, también lo decepcionó, enterarse de que Andrews era, como mínimo, media generación anterior a la de su padre, por lo que ahora debía de contar más de ochenta años. Cuando volvió al apartamento, tecleó el nombre prohibido en un programa de búsqueda, y al cabo de un momento tenía delante de sí una imprecisa e irritante biografía del personaje, e incluso una fotografía suya de prensa, en la que aparecía sentado en un sillón de plástico junto a una piscina, con aspecto de director de colegio, los mojados cabellos grises peinados hacia atrás y sosteniendo, desafiante, una copa de champán en la mano; tenía sentada en su regazo una adolescente criolla, vestida con la parte inferior de un bikini y una camiseta mojada. Estaba fechada en Brasil, veinte años atrás, y no había ningún dato más posterior.
– ¿Jugamos a los caballos?
– Vale, sube aquí. Así es como montan los niños… Al paso…, al paso…, al paso… Y así es como lo hacen las chicas; al trote, al trote, al trote, al trote. Y ésta es la forma como…
– Tengo que hacer caca.
– ¿Ahora? Vamos, pues.
– De prisa. Se me escapa.
Sin pensarlo al principio, siguió el antiguo protocolo. La ayudó a desabrocharse los botones metálicos de sus tejanos y la colocó en el asiento del váter; luego se retiró y aguardó a que lo llamara cuando estuviera lista para limpiarla. En los primeros tiempos a Xan esta rutina no se puede decir que lo entusiasmara; tras cuatro décadas y media de hacérselo a sí mismo, la acción de limpiarse el propio trasero había perdido gran parte de su magia, y limpiarle el trasero a Billie parecía sólo más de lo mismo. Pero ahora tuvo que admitir íntimamente que prefería ocuparse de ello a no hacerlo. Una admisión que lo condujo a otro pensamiento: creyó comprender por qué algunos animales lamían a sus crías para limpiarlas.
– ¿Papá? -la oyó decir-: Cuando las personas se trasladan, no trasladan sus casas. Trasladan todo lo demás. Se llevan sus alfombras…, sus camas…, sus mesas…, sus juguetes…, sus mantas…
Se hallaba de pie en el pasillo, junto a la escalera, frente al espejo de marco dorado que colgaba de la pared levemente inclinado. Y a este espejo dirigió, con indolencia, lo que quedaba de su torturada vanidad: los abultamientos que se le formaban bajo los ojos, las amenazadoras entradas de sus cabellos (el champú las estaba ampliando más cada año, cada mes). Sí…, pensaba, era una lástima, una tragedia, que Joseph Andrews contara ahora ochenta y cinco años. Le quedaba tan poco susceptible de ser arruinado en la vida. Aunque, por otra parte, cuánto más fácil, cuánto más sonoramente cabía quebrársela…
– … sus lápices…, su nevera…, sus libros…, su televisor… ¡Ya estoy lista, papá!
Entró en el cuarto de baño. El olor le hizo sentir una oleada de placer…, el olor de una defecación infantil… No fue mareo, sino una sensación general de inseguridad física lo que lo entretuvo cuando se inclinó sobre la niña, la limpió y activó la descarga del agua.
– Me duele el chochito.
– No me extraña. Es culpa de los meneos que le das. Quédate ahí.
La sentó en la repisa del lavabo. En los últimos meses, Billie había ido ganando peso de manera uniforme, como capa a capa. Ahora podía ver a través de su camisa las formas preliminares de sus pechos, y su estómago aún infantilmente abultado; y más abajo la vulva, como una uve doble de largos brazos, pero ahora inflamados y enrojecidos…, como marcados en colores rosa y rojo. Xan casi sintió el impulso de llorar, pero no era un impulso sincero, porque tenía que ver, en parte, con sus fútiles tocamientos y retorcimientos de la noche anterior, y en parte le parecía algo tan burdo y falto de ternura, como sonarse la nariz con una felicitación navideña.
– Hará falta que te ponga más crema ahí -dijo.
Salió al pasillo y llamó a Russia. Luego subió hasta mitad del tramo de escaleras y la llamó por segunda vez:
– ¡Russia! ¡Ven, te necesitamos!