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Siguieron hablando… del Jodiar, del Manguerazo, del Café con Leche, de la Cara Roja, del Pijama Party… Tras una hora de charla con Karla, Clint comenzó a sentirse vagamente consciente de su entorno; cristal, espejos, mobiliario tubular… Podía haberse tratado de cualquier empresa antigua, salvo por los pósters: de chicas porno, en colores porno, con mohines porno… Caguemos juntos, Carne real, Popa y circunstancia, Ana de las mil folladas, María, Reina de las Putas, Verga tiesa, El rey Culo y Princesa Lolita 2, Princesa Lolita 3, Princesa Lolita 4…

Sintiéndolo un poco distraído, Karla siguió la mirada de Clint, y le dijo:

– Van juntos el porno y los juegos de palabras, ¿verdad? No podría ser de otra manera. Porque la falta de humor es el alma de la pornografía. Una sonrisa auténtica, y desaparecería todo.

– Sin embargo, todo esto está acabado, ¿no?: el vídeo, quiero decir. Ahora está Internet.

– El alquiler de vídeos está de capa caída. A pesar de Princesa Lolita. Fíjese en las chicas: tienen cara de bragas acampanadas. Aspecto de colmena. El futuro es interactivo. Lo que llaman «hecho a medida». Y será el espectador quien mande.

Clint se quitó las gafas de sol y sonrió, decidiendo ejercitar su nueva confianza: la confianza de que gozaba ahora como alumno distinguido de la Academia de San Sebastiano para Hombres con Aparato de Inserción Corto.

– ¿Lo echa usted de menos? La actuación, quiero decir.

– No -contestó Karla, que había respondido a esa pregunta, y a todas las demás, muchas veces antes.

– Usted fue objeto de abusos en la infancia, ¿no es verdad? ¿Lo han sido todas las actrices?

– Algo de eso hay… Es el mito de la creación del porno. Pero el porno es una industria ahora. Los tiempos cambian, Clint. Conozco a una chica que acude con sus padres a la gala de entrega de los premios al vídeo para adultos. Su padre salió mostrando con orgullo la estatuilla concedida a la hija por el Mejor Sexo Anal.

– ¿Hay algo que usted no haría nunca? Como actriz, quiero decir. ¿Fisting, lluvia dorada y esas cosas?

– Yo me retiré antes de que comenzara esa moda. Antes de la etapa de Los Coños son Mierda.

– ¿La apetecerá una copa después?

– ¿Con vistas a…?

– Dígalo usted. Es la profesional. Otro día, otra polla. Usted dirá.

Notó que ella lo estaba mirando con incontrolada fascinación…, con una fascinación en absoluto disimulada. Clint comenzaba ya a sentirse veintisiete mil dólares más pobre…, y eso que Karla aún no había dicho lo que dijo a continuación.

– De acuerdo. Y los hombres a los que estaba yo acostumbrada -dijo de pronto, al tiempo que tomaba el vaso de agua que tenía encima de su mesa- son como esto.

Clint siguió instrucciones: confrontado al incumplimiento, construyó una realidad diferente:

– Bueno… No habría funcionado, en cualquier caso. Tengo que volar a Hawai dentro de un par de horas.

– Pensaba que iba usted a ver a Dork Bogarde.

– Ah, sí… Pero es que está fuera de la ciudad.

– No, no lo está -dijo Karla poniéndose en pie-. Lo espero en Dolorosa Drive mañana por la mañana. Tiene que rodar una escena con Charisma Trixxx. Mañana es el primer día de rodaje de Corona de azúcar.

– Espere… Debo de haberme confundido de día -dijo Clint, y añadió arrepentido-: Kate siempre me está riñendo por eso. Así que tal vez sí pueda…, esto…, lo miraré. Estaré allí.

Con un estremecimiento de difícil interpretación, Karla dijo:

– Encontrará este plató cerrado a cal y canto.

Aquella tarde, después de tres horas de Ojo a la Funerala y Manguerazo en su hotel, Clint alcanzó una sensación de pertenencia: la sensación de ser parte de Lovetown.

Sir Dork Bogarde vivía en una casita porno con un camarada del oficio, Semental Johnsonson, en la zona de Fulgencio Falls, en Lovetown. Cuando Clint llegó y se hicieron las presentaciones, estaban los dos fuera, en el patio porno… Había un jardincillo en el que loros porno sujetos con cadena a sus perchas gritaban tacos y se cagaban alrededor de la piscina porno. Dork descansaba con los pies apoyados en un puff porno y con la cabeza recostaba en cojines porno adicionales; Semental sirvió el vino porno. Parecía, sin embargo, que Dork tan sólo deseaba hablar de una cosa: del dinero porno que cobraría.

– Lo que digo es que estoy la mar de bien aquí -dijo con una indignación no exenta de garbo-, desnudo como vine al mundo. Y que allí, sudando a mares por todos mis poros, por follar a…, a una palurda que acaba de llegar del pueblo…, ¿me van a dar trescientos dólares? Dispénseme. Perdone… ¿Mientras que el tipo que observa la escena desde una butaca…, un gilipollas de la Vieja Inglaterra…, cobra diez de los grandes? ¿Cómo puede proponerme esa «indinidad»? No, no creo. Yo diría que no.

Extrañado sinceramente, y divertido y genuinamente admirado también (había incurrido en otras incorrecciones, aparte de «indinidad»…, pero había que descubrirse ante aquel tipo, con sus pectorales porno, su coleta porno y su monstruosa verga porno, con los que estaban familiarizados todos sus fans), Clint observó:

– Sí, pero usted será el único que se correrá, ¿eh, compañero?

Sir Dork le suplicó a Clint que tuviera en cuenta una cosa: la presión que implicaba el porno.

– ¿Se la has dado ya? -le preguntó a su amigo Semental. Se refería, como le había dicho antes a Clint, a «la cinta de la prueba de Charisma Trixxx follando». Mañana se la iban a presentar, en el plató de Corona de azúcar-. Dígame, Clint. ¿Podría usted actuar con tres descansos para tomar un café y otro para el almuerzo? ¿Y los focos? ¿Y la gente?

– Sí, pero ahora existe una alternativa, ¿no? -Clint pensó con rencor en Karla White y en lo que le había dicho a propósito del porno y el Potentium-: Todos lo emplean y todos dicen que no lo hacen.

– Yo no lo uso nunca -dijo Dork.

Clint recordaba las palabras de Karla. El Potentium -le había dicho- había resultado ser la maldición del rey Midas para el porno masculino. En los tiempos anteriores al Potentium, un gatillazo equivalía a un día y cierta suma de dinero perdidos. En el post-Potentium venía a significar que el hombre estaría listo quince minutos después, con las mejillas encendidas (de ahí lo de Cara Roja) y un dolor de cabeza porno. Pero había menos suicidios y eran menos los que se venían abajo, así que todos empezaron a usarlo. «El cambio provocó controversia», como escribiría Clint más tarde: y debemos recordar, como hace Dork Bogarde, que «esto ocurría por la época de Los Coños son Mierda…». Algunos dijeron que el Potentium era mierda también; era una afrenta para las fuerzas del mercado porque interfería con la realidad de la excitación sexual. Quienes argüían de esta forma resultaron ser puristas…, porque al consumidor no le importaba. «Ser capaz de follar, o de fingir hacerlo, en público», decía Karla, «fue en tiempos una habilidad comercializable. Pero ahora puede hacerlo cualquiera. Los hombres, sus gruñidos, sus erecciones, jamás fueron una atracción. Y ahora no son más que sistemas de mantenimiento vital para una tableta de Potentium.» Karla decía que eso la sorprendía. Decía que siempre había pensado que el consumidor era un tipo con profundas tendencias homosexuales…