Chopko: -¡Joder! ¿Sale humo?
Martínez: ¿Quién podría decirlo?
Macmanaman: ¿Sabéis lo que necesitamos? Lo que nos hace falta es un aeropuerto.
No, no era fácil decir si había humo. Una buena hoguera de hojas húmedas hubiera supuesto escasa diferencia en cuanto a la humareda. En clase turista, 314 personas tenían cigarrillos en sus bocas (no iban a dejar el tabaco precisamente ahora), incluidos los ocupantes de las filas veinticinco a treinta, asientos H, I y J, que, además, habían levantado los pies del suelo y los tenían bajo sus posaderas.
Había humo en la bodega, también, bajo el ala de babor. Pero era un humo de diferente naturaleza. Esta clase de humo (caliente, denso, negro) uno no lo respiraba: lo comía. Y él te comía… Apenas discernible en el palet que daba a la compuerta de carga, Royce Traynor, envuelto en caoba, se hallaba en posición vertical, afirmándose lentamente en su base como si reuniera sus fuerzas. Cuando el avión se ladeaba a estribor, volvía a hundirse y permanecía a la espera apoyado en una columna de maletas apiladas una encima de otra. Pero luego el ala de babor iniciaba su brusco descenso, y Royce, tras erguirse un instante como una ola antes de romper, se hundía hacia delante y golpeaba la manija diagonal del portón de carga. Un portón que no se abría hacia dentro, sino hacia fuera, para aumentar así el espacio de carga y la rentabilidad del transporte, y cuyo sistema de cierre actuaba por la presión del aire. Al inclinarse el aparato hacia la derecha, el féretro vuelve a quedar derecho, apoyado hacia atrás en actitud de aburrida pero determinada contemplación. En estas circunstancias, el tambaleante montón de equipajes pierde su verticalidad y descansa con todo su peso sobre la manija del portón. ¿Y cuál era el peso de eso? ¿Cuál el peso del pasado?
Se comprende por qué Royce tenía que hacer lo que hizo. Cuando los extintores entraron en acción, pudo verse que Royce tenía que hacerlo. No podía abandonarse al fuego. Y todo su empeño fue escapar por la garganta de la aeronave. La descompresión, una descompresión explosiva, era lo que necesitaba para ello, y el colapso, la catastrófica estrangulación, del suelo de la cabina, con todas sus tuberías y venas y arterias. Más inmediatamente, la voladura del portón significaría su propia liberación (sería el primero en salir), su martirio después de la muerte.
Y así, ya sin sangre en sus venas, sino tan sólo cera y formol, Royce se balancea. Tal vez esté mostrando los dientes, la dentadura de un bronceado golfista profesional sureño. Royce se tambalea, pero no por efecto de una borrachera. Descansa, conteniendo la respiración, preparándose implacablemente para el próximo asalto.
Tercera parte
CAPÍTULO NOVENO
1. LOS OROPELES DEL FIRMAMENTO
Xan Meo recaló en Fucktown a las cuatro de la tarde del 2 de febrero, cuando la lanzadera de Fucktown aterrizó en el Helipuerto Internacional Feliciano de Fucktown… Todos los rótulos decían, naturalmente, Lovetown, como el que proclamaba bienvenidos a lovetown, pero la gente, a menudo sin proponérselo, llamaba Fucktown a Lovetown. Lo cual, obviamente, era algo a lo que Lovetown había tenido que acostumbrarse.
De entrada, en el Aeropuerto Internacional de Los Ángeles (LAX) había sido requerido a recoger su equipaje y pasar con él a través de Inmigración. La espera en el carrusel de equipajes fue, como tuvo ocasión de comprobar, un forzoso interludio de enojosa espera. No era como estar aguardando en una parada de autobús sin nada que leer: el autobús, al llegar, se anunciaría a sí mismo, y había otras cosas que mirar. Pero aquí no; aquí tenías que seguir aguardando, mirando; tenías que desarrollar humildes tareas mentales que implicaban diferenciar formas; tenías que imaginar toda clase de molestas complicaciones, de fastidiosos retrasos. Un inglés larguirucho no paraba de expresar sus temores a través de un teléfono móviclass="underline" «Va a dar la vuelta…, va a dar la vuelta… No, no está ahí… Se ha parado al ir a dar la vuelta… Ahora lo hace. No está ahí… No está ahí… Va a dar la vuelta… No está ahí… No está ahí…» Pero, para Xan, este poema al aburrimiento fue como una ducha de descubrimiento de sí. No era capaz de recordar cuándo fue la última vez que se había aburrido, ni a qué se parecía ese sentimiento. Fue como volverse civilizado. Porque… ¿verdad que nunca te aburres cuando estás siempre deseando joder o pelear?
Un coche de cortesía lo trasladó al segundo aeropuerto. Allí, la pequeña terminal, casi en miniatura, contenía una multitud bulliciosa, retozona y nerviosa de chicas multicolores, que se apiñaban anhelantes a la espera de un largo vuelo al sur. Xan se sintió todavía más despersonalizado por el abierto empleo que se hacía allí, con absoluta seriedad, del apodo de Fucktown: como en el rótulo «LA-San Diego con parada en Fucktown», o las preguntas con que fue recibido «¿Qué lo trae a Fucktown?» y «¿Es Fucktown su destino final?» (esta última hecha por un individuo de uniforme). Por un instante, mientras se hallaba parado debajo del ruidoso y bien visible cuadro de información, vio, o pensó haber visto, la indicación 14.05: fucktown última llamada. Pero los dados parpadeantes enseguida se corrigieran por sí mismos, con un rápido aleteo. El otro nombre de Lovetown parecía emplearse tan sólo como una indicación para los francotiradores de la ciudad del sexo…
Ya en el avión, su conciencia de la anomalía, de la lamentable innovación, persistió y se ramificó. Tardó varios minutos en advertir una importante ausencia: la de niños. En todos los aviones hay siempre niños. Pero no en la lanzadera de Lovetown: ni bebés, ni cochecitos, ni bultos debajo del brazo. Bueno…, Lovetown era un lugar sin niños, supuso. Y él era un adulto. Había pasajeros adolescentes a bordo, chicos y chicas, que no parecía que tuvieran un empleo erótico; pero sin duda Lovetown necesitaría chicas de guardarropa, ayudantes de camarero y lavaplatos, como cualquier otro lugar del mundo. Y algunos de los adultos conservaban una pátina infanticlass="underline" un tebeo, un libro ilustrado. Al volver del aseo notó que algunos hombres y mujeres rejuvenecían, o envejecían, a medida que se acercaba uno a ellos: como cinco años, aproximadamente, por hilera de asientos.
Estaba rodeado de latas de refrescos y batidos, por jóvenes rellenitas embutidas en camisetas de punto sin mangas, con narices demasiado pequeñas, pelambreras excesivas o bocas demasiado anchas, demasiado gruesas, entregadas a risas incesantes, como si los pasajeros compusieran entre todos el auditorio de algún ingenioso vodevil… Con sus vestidos azules, las azafatas parecían más normales, menos afectadas en su semblante y en sus gestos que las intransigentes jóvenes risueñas a las que atendían. El capitán los bajó en Lovetown, y el tubo de sexo enlatado se vació en entregas de tetas, coños y granos.
De nuevo fueron recogidos por un coche de cortesía que los llevó al Hotel U, más allá de los jardines suburbanos de hierba seca y cactus despistados. Xan leyó, en el Lovetown Journal de obsequio, que había sacado de la bolsa trasera del asiento delantero, que el Hotel U pertenecía a una cadena cuyo propietario había ganado setenta y ocho mil millones de dólares al advertir que la w era la única letra no monosílaba del alfabeto inglés. Recortando la supuesta abreviatura, que obligaba a los seres humanos a farfullar nueve sílabas, y remplazándolas por otras tres sílabas elegidas al azar (o incluso utilizando la frase completa «world wide web») el hombre había conseguido ahorrar al mundo de los negocios el equivalente de una década al día…