—Lo intentaré.
Bob quiso sacar rápidamente partido de la situación:
—¿No quiere anticiparme algunas nociones relacionadas con esa división por procedimientos químicos que usted mencionó? ¡Qué extraño parece identificar una criatura viviente por medio de la química!
—Como te dije, dudamos todavía en considerar a los virus como criaturas vivientes. Sea como fuere, estos experimentos no tienen nada de extraño. ¿Has oído hablar de los sueros?
—Hasta ahora creía que eran el material que ustedes utilizaban para inmunizar a las personas contra ciertas enfermedades.
—Con frecuencia es así, en efecto. Pero, además, resultan de la mayor importancia si se los emplea para conseguir unas especies de impresiones digitales químicas. Los tejidos de una criatura perteneciente a un tipo determinado rechazan los sueros obtenidos de los tejidos de otro tipo. Si por ejemplo tomamos un animal acostumbrado al suero humano y lo ponemos en contacto con alguna substancia desconocida podremos decir, de acuerdo con sus reacciones, si dicha substancia contenía elementos humanos o no. Los detalles varían, por supuesto, pero ésta es una manera de saber si una mancha de sangre u otra huella orgánica proviene de un hombre o de algún animal.
—Ya veo ya entiendo…
Los ojos de Bob se entrecerraban, pensativos.
—¿Encontraré en este libro algo sobre esto? —preguntó.
—No. Puedo facilitarte algo sobre el tema, pero te advierto que los conocimientos que trata van un poco más allá de los que se adquieren en un curso de química de enseñanza secundaria. Y tú, ¿detrás de qué andas?
—¿De qué? ¡Oh! No detrás de su puesto, doctor, desde luego. Se me ha cruzado un problema por delante y me agradaría resolverlo solo, si pudiera. Si no lo consigo, espero poder volver a pedirle ayuda. Muchas gracias, doctor.
Seever saludó con una inclinación de cabeza y en cuanto Bob se retiró volvió a su escritorio y permaneció unos minutos meditando.
El muchacho, indudablemente, se había vuelto más serio que antes. Hubiera sido interesante conocer su problema. El cambio de personalidad que había alarmado a las autoridades del colegio se relacionaba con esta transformación, seguramente. Este informe tranquilizaría de inmediato al padre del muchacho; y se apresuró a comunicárselo, esa misma tarde:
—Yo, en su lugar, Art, no me preocuparía. El chico parece deslumbrado por algo que suena a descubrimiento científico, lo mismo que le ocurrió al muchacho Hay hace unos meses, y está completamente absorbido por ello. Usted habrá actuado en forma semejante, con seguridad, la última vez que aprendió algo insospechado. En este momento se dispone a cambiar la faz del mundo, no lo dude, y ya oirá usted hablar de él a su debido tiempo.
Bob no intentaba cambiar la faz del mundo, ni siquiera la faz relativa a la humanidad. Sin embargo, algunos problemas que habían surgido en el curso de la conversación con el doctor podían ocasionar cambios individuales y se los explicó al Cazador sin demora.
—¿Hacemos el experimento del suero?
—No es tan fácil. Estoy familiarizado con esa técnica y sé que, habiendo permanecido juntos tanto tiempo, tu propio suero sanguíneo serviría por lo menos para un aspecto de la investigación; pero todavía queda por resolver adónde podríamos hacer el ensayo. Una vez solucionado ese punto, puedo hacer yo mismo la exploración, mucho más rápido, por contacto personal.
—Posiblemente tienes razón. No obstante, no deberías abandonarme. Yo tendría que ser capaz de someterme a la prueba.
—Quieres jugar tu parte. Bien, estudiaremos la posibilidad de que intervengas. ¿Has pensado cómo podríamos hacer para reunirnos con el joven Teroa? ¿Cuándo queda libre?
—El buque-tanque viene cada ocho días; falta una semana, a partir de hoy. Supongo que Teroa se irá entonces; no creo que parta antes. Al «Rayo de Luz» no se lo ve desde hace tiempo.
—¿El «Rayo de Luz»?
—Es el yate de uno de los jefes de la compañía que aparece de vez en cuando para echar un vistazo. Yo viajé en este barco el otoño pasado; por eso estábamos tan lejos de la isla cuando miraste por primera vez a tu derredor. Ahora que recuerdo, no está cerca de este lugar: atracó en los astilleros de Seattle adonde le están colocando una especie de draga en su parte posterior. Supongo que me preguntarás quién pudo haber estado en el barco después de nosotros.
—¡Por supuesto! Gracias por haber planteado la cuestión sin rodeos —dijo el Cazador, y hubiese sonreído de haberle sido posible.
Bob no tenía reloj pero presintió que se acercaba la hora de salida de la escuela; por lo tanto, encaminóse en esa dirección. Era temprano todavía y tuvo que esperar un rato, hasta que sus amigos se precipitaron en tropel a la calle con abundantes expresiones de envidia al verlo afuera.
—¡Qué importa la suerte que tengo por haber faltado a clase! —dijo Bob—. Vamos a trabajar en el bote. Tengo que volver al colegio el próximo lunes y quiero divertirme un poco, mientras tanto.
—Sea como sea, nos has traído suerte —dijo Hay—. Hemos buscado un tablón durante semanas y semanas y no lo encontramos hasta que viniste. ¿Qué dicen, muchachos? ¿Qué les parece si nos dirigimos al bote mientras la suerte nos ayuda?
Asintieron en coro y todos fueron en busca de sus bicicletas. Bob, que había ido a pie hasta el consultorio del médico, viajó sobre el manubrio de Malmstrom hasta su propia casa; allí trepó sobre su máquina provisto de unas cuantas herramientas. Esperaron en la alcantarilla hasta que Malmstrom y Colby regresaron de sus respectivos domicilios con diversos útiles de trabajo; entonces escondieron las bicicletas, se arremangaron los pantalones y se descalzaron. Un sendero conducía hasta el lugar en que se ocultaba la embarcación, pero había que atravesar pozos semiocultos por las malezas de la orilla y los muchachos no se habían preocupado en colocar puentes de ninguna clase.
Chapoteando y resbalando entre el agua y la vegetación descargaron por fin su colección de herramientas en el lugar donde el angosto curso de agua desembocaba en una laguna. Allí estaba el bote, encallado en la arena, con el tablón adentro. Los muchachos se alegraron ante la vista de este último; no había ningún peligro de que el bote fuese robado, aunque se hallase en mejores condiciones que en ese momento; pero la madera era un asunto más serio. Evidentemente, era cierto que Colby había pasado por el agujero del fondo del bote: el hueco debía medir unos diez centímetros de ancho y más de cincuenta de largo.
Los muchachos no eran carpinteros profesionales pero dieron vuelta al bote y sacaron los restos de la plancha deteriorada, a gran velocidad. En cambio reponer la plancha de madera recortándola del enorme tablón que habían encontrado no resultó tarea fácil. El primer madero les resultó demasiado estrecho en algunos tramos, a causa de su falta de práctica para serruchar. El segundo demasiado ancho, y sólo después de ser limado y cepillado enérgicamente pudo ser utilizado. Habían guardado uno por uno los tornillos de la pieza anterior y lograron ajustar el remiendo en forma satisfactoria.
Luego empujaron la embarcación al agua, traje ron los remos que habían escondido entre las plantas y todo el grupo se amontonó dentro de ella. Sabían que hubiera sido mejor dejar la nueva tabla en remojo para que se hinchara y poner así a prueba la resistencia de las juntas a los embates de las olas; pero todos eran excelentes nadadores y su impaciencia no daba cabida a tales consideraciones. Un mínimo de agua se filtraba a través de las uniones pero era simplemente cuestión de extraer el líquido. Los menores de la tripulación se encargarían de esto con sendas cáscaras de cocos; Bob y el Petiso remarían, mientras Rice se encargaba del timón.