Выбрать главу

De pronto, Bob notó que no iba con ellos el perro, que acostumbraba ubicarse en el banquillo de proa. Pensando retrospectivamente observó que no lo había visto desde su regreso.

—¿Qué ha sido de Tip? No lo he visto todavía dijo a Rice, que remaba frente a él.

El rostro del pelirrojo se ensombreció:

—Nadie sabe nada. Ha desaparecido desde hace bastante tiempo, desde mucho antes de la Navidad. Hemos recorrido toda la isla preguntando por él. Temo que haya intentado llegar a nado hasta el islote en que se encuentra el tanque de Norm (alguna vez lo hemos hecho nosotros sin él), y que haya sido atrapado por un tiburón, pero sería bastante raro. No es mucha la distancia y jamás he visto un tiburón tan cerca de la costa. Tip, verdaderamente, se ha esfumado.

—Es extraño. ¿Lo han buscado en los bosques?

—En algunos sitios. No siempre es posible buscar bien en el bosque. Y si hubiese estado vivo, habría oído nuestros gritos; no creo que en el bosque haya podido herirse de gravedad.

Bob sacudió la cabeza y dijo más bien para sí mismo:

—Pensándolo bien, es así; ni siquiera se ven culebras por acá.

—¿Cuál es el tanque de Norm? —preguntó un poco más alto—. ¿Se ha propuesto competir acaso con las instalaciones del Pacífico?

—No, de ninguna manera —contestó Hay interrumpiendo un instante su tarea de desagotar el bote—. Yo limpié uno de los pozos del banco de arena, a pocos metros de la playa, lo cerqué y efectué todo lo necesario para convertirlo en un acuario. Al principio lo hacía para divertirme, pero al enterarme de que unas revistas piden fotografías de la vida submarina he mandado a buscar película en colores. El inconveniente es que nada vive mucho tiempo en mi pozo: hasta el coral se muere.

—Se me ocurre que no lo habrás ido a ver desde que andamos con el asunto del bote. ¿Vamos ahora y echamos un vistazo?

—No creas; hemos ido nadando Hugh, el Petiso y yo cada dos o tres días. Se mantiene más o menos ¿Crees que tendríamos tiempo de ir y venir antes de comer? Hemos trabajado mucho tiempo con el bote y el sol está empezando a bajar.

Los muchachos alzaron la cabeza notando entonces que se aproximaba el crepúsculo. Hacía tiempo que sus padres se habían resignado a sus exploraciones por toda la isla y el arrecife, pero exigían puntualidad en las comidas. Sin otro comentario, Rice puso la proa en dirección a la ensenada y los remeros se acercaron a la costa remando lenta y pausadamente. Roberto remaba sin reflexionar demasiado. En cada lugar encontraba algo que le llamaba la atención, pero no sabía hasta qué punto los datos que recogía estaban relacionados con su problema. El Cazador parecía intuir que Teroa suministraría pruebas, pero no estaba completamente seguro, y, además, el muchacho se pondría muy pronto fuera de su alcance. El recordaba constantemente la conversación que había tenido con Carlos esa mañana. ¿Se habrían encontrado Rice y éste a la hora de almorzar?

—¿Nadie estuvo hoy con Carlos Teroa? —preguntó.

—No —respondió Malmstrom—. El viene a navegar un par de días por semana, pero hoy no le corresponde. ¿Ustedes creen que le interesará esto?

—Nadie que lo conozca puede pensarlo —dijo Rice despectivamente—. Preferiría contratar un jornalero que fuese capaz de no dormirse cuando asume una responsabilidad.

Roberto disimuló una sonrisa:

—Parece que ha logrado algunos resultados positivos en su jardín —comentó.

—Y… seguramente; con ayuda de las hermanitas y bajo la tutela materna. La vez pasada, cuando estaban despejando el canal Este, se quedó dormido en un bote cargado de dinamita.

—¡Estás loco!

—Como te parezca. Lo enviaron a buscar un cajón encargándole el máximo de precauciones y veinte minutos después mi padre encuentra el bote amarrado a un arbusto, y a él profundamente dormido y con los pies apoyados tranquilamente en el cajón. Por suerte no había tablones pesados a bordo y en ese lugar no corría el peligro de que una ola lo estrellara contra el arrecife.

—Quizá no fuese cuestión de suerte —destacó Roberto—. El sabía que no había tablones y pensó, quizás, que se hallaba en un lugar suficientemente seguro.

—Quizá —dijo Rice con una sonrisa burlona pero todavía no le he dado la oportunidad de rehabilitarse.

Roberto miró al pelirrojo, que era bastante bajo para su edad.

—Un día te va a tirar por la borda si no dejas de molestarlo. Además, esa ocurrencia de embarcarse como polizón ¿no surgió de ti?

Rice podía contestar, con cierto derecho, que eso nada tenía que ver con el asunto; pero se rió entre dientes, simplemente, y no dijo una palabra más.

Un momento después el fondo aplanado del bote rasó las arenas de la playa.

CAPITULO 11 — UN INCIDENTE

Una vez en su casa, Roberto recordó que no le había hablado a Hay del libro del doctor; pero pensó que ya tendría tiempo de sobra, al día siguiente, para pedírselo. No creía, por otra parte, que en la actualidad lo sacase de apuros. Pasó toda la tarde en su casa, para variar un poco, y se entretuvo leyendo y conversando con sus padres. El Cazador, forzosamente, no hizo otra cosa que escuchar y reflexionar.

En la mañana siguiente, la situación mejoró un poco, desde el punto de vista del detective. Roberto trabajó hasta mediodía en los alrededores de la casa mientras sus amigos se hallaban en el colegio, y a ninguno de los dos se le ocurrió la manera de acercarse a Teroa y estar con él el tiempo necesario para averiguar lo que necesitaban saber. Roberto sugirió, solamente, que podría depositar al Cazador esa tarde en la vecindad del otro muchacho y volver en su busca al día siguiente, pero el simbiota se negó no quería bajo ningún pretexto colocarse en un trance que permitiera a Roberto verlo entrar o salir No dudaba acerca del efecto emocional que esto causaría en su portador. Roberto descartó este proyecto cuando el Cazador le hizo notar que él carecía de medios para asegurarse de que la linfa gelatinosa que retornara a él, después del experimento, fuese realmente el detective. No deseaba, por cierto, el muchacho, que el simbiota enemigo entrara en su propio cuerpo.

La tarde comenzó favorablemente. Roberto se unió a sus camaradas como de costumbre y se encaminaron en seguida en dirección al bote. Esta vez disponían de mucho tiempo y zarparon hacia el noroeste, manteniéndose a pocos metros de la costa. Hay y Colby empuñaban los remos, el nuevo tablón se había hinchado y el bote casi no hacía agua.

Debían recorrer cerca de una milla de distancia y va habían dejado atrás la mayor parte del trayecto antes que el Cazador llegara a darse cuenta de la situación geográfica. Poco a poco consiguió reconstruirla de acuerdo con algunos fragmentos de la conversación general. Según interpretaba, la isla donde Hay había construido su acuario se encontraba próxima a la playa; era la primera sección del arrecife que se curvaba hacia el norte y hacia el este, desde el extremo de la franja de arena donde los muchachos solían encontrarse para nadar. Estaba separada de la costa propiamente dicha por una aja de agua de no más de veinte metros de ancho, un estrecho canal que se hallaba protegido del oleaje por otros cordones coralíferos que emergían apenas sobre el agua a cierta distancia de allí. El cazador pensó que ese canal debía ser el mismo en que el perro fuera atacado por un tiburón según la suposición de los muchachos; pero al recordar el monstruo que lo había transportado hasta la playa y al ver el borboteo de la corriente sobre las partes más salientes del arrecife, compartió las dudas de Rice acerca de esa teoría.

El islote era de coral, aunque había acumulado tierra suficiente como para albergar algunos matorrales. No tenía más que unos treinta o cuarenta metros de longitud y diez de ancho. El acuario, era casi circular, de unos seis metros de diámetro. Parecía no tener ninguna conexión con el mar que se extendía a pocos metros de distancia; Norman dijo que había bloqueado dos o tres pasajes submarinos con cemento, de modo que las olas rompieran a una altura suficiente para mantenerlo lleno. También dijo que parecía que algo andaba mal allí pues había encontrado cerca de una de las orillas un pez mariposa muerto, que flotaba sobre el agua; además, el coral que constituía las paredes del acuario no acusaba rastros de pólipos vivos.