Al cazador le pareció que no valía la pena distraer la atención en ellas y que más convenía fijarse en los alrededores. El terreno en que se encontraban era muy semejante a aquel en el que Hay había construido su laguna. También tenía bordes irregulares y grietas tapizadas de corales vivos en las cuales el agua borboteaba en el fondo, más allá de donde alcanzaba la vista y saltaba hacia arriba, a la cara de los observadores cuando una ola golpeaba fuertemente contra la muralla. Algunas grietas eran muy estrechas en la parte exterior y se agrandaban al aumentar la profundidad. El agua en su interior estaba más tranquila, a pesar del sube y baja incansable de las olas.
Era en esas aberturas mayores donde los muchachos realizaban la mayor parte de sus exploraciones, ya que hubiera sido imposible extraer algo de las otras grietas.
Rice, el primero en salir del bote, se encaminó hacia una de las mayores mientras los otros se ocupaban en arrastrar la embarcación a la orilla y colocarla con la quilla hacia arriba. Miró con atención el agua y, cuando sus compañeros se acercaron ya estaba quitándose la camisa para introducirse allí.
—Yo primero —dijo rápidamente, mientras otros se agachaban para ver lo que había conseguido interesarle tanto.
Antes de que ninguno lograra ver claramente en el interior de la grieta, Rice se deslizó por la misma, alterando la tranquilidad del agua de tal modo que ya nada era visible en su superficie. Permaneció abajo durante algunos momentos y, por fin, reapareció para pedir a sus amigos una de las pértigas que llevaban en el bote.
—No puedo desprenderlo —dijo—. Parece que estuviera soldado al fondo.
—¿Qué es? —preguntaron varios al mismo tiempo, algo confusos.
—No estoy seguro. Nunca vi nada semejante. Por eso quiero sacarlo de allí.
Tomó la pértiga que Colby le extendía y volvió a sumergirse en el agua. El objeto que trataba de desprender se hallaba a unos cinco pies de profundidad.
Kenneth subió varias veces a la superficie para tomar aire, sin haber podido arrancar el misterioso objeto. Finalmente, Bob bajó para ayudarlo. Tenía una ventaja sobre el otro muchacho: gracias a la presencia del Cazador, la curvatura del cristalino de sus ojos se modificó rápidamente —por medio de la materia corporal del simbiota— permitiéndole ver debajo del agua con mucha mayor claridad. Con gran facilidad, pudo establecer la forma del objeto que Kenneth trataba de mover, aunque sin reconocerlo. Era un hemisferio hueco de metal opaco; medía unas ocho a diez pulgadas de diámetro y media pulgada de espesor; la cara chata se hallaba protegida en la mitad de su superficie aproximadamente por una chapa de un material semejante. Pendía de una rama no puntiaguda de coral y se hallaba a pocas pulgadas del fondo y parecía un sombrero colgado de una estaca de madera; otro pedazo del objeto, había caído o crecido más abajo, de tal modo que hacía las veces de cuña sobre el primero. Rice tironeaba del fragmento superior ayudándose con la pértiga que funcionaba como palanca.
Después de algunos minutos de esfuerzo inútil abandonaron la tarea para tomar aliento y planear un método de trabajo basado en la cooperación. Se decidió que Bob descendería hasta el fondo para colocar la pértiga detrás del objeto; Kenneth, después de recibir su señal, tendría que hacer fuerza con el pie contra el borde más alto de la laguna —ambos llevaban los zapatos puestos, como haría cualquier persona en su sano juicio dentro de una laguna de constitución semejante— y empujaría hacia afuera para desprender el objeto. La primera vez el intento falló; Bob no había colocado bien la pértiga y se salió de su lugar. La segunda vez, sin embargo, salió demasiado bien. El pedazo de metal se desprendió, hundiéndose hasta el fondo; Bob, que tenía necesidad de respirar, emergió a la superficie. Después de llenar de aire sus pulmones comenzó a hablar a Rice; entonces advirtió que el pelirrojo no estaba en el mismo lugar. Por un instante, supuso que el muchacho había subido rápidamente a tomar aliento y descendido luego a rescatar su trofeo. Pero, en un momento en que el nivel del agua bajó bruscamente, pudo ver la cabeza del pelirrojo.
—¡Ayúdenme! ¡Mi pie…!
Sus palabras se interrumpieron cuando el agua subió nuevamente, pero la situación se había aclarado. Bob se sumergió inmediatamente; apoyó un pie en el fondo e hizo fuerza tratando de levantar el fragmento de coral que, después de haber sido liberado por la extracción de la placa metálica, fué a parar encima del pie de Kenneth. Pero no consiguió zafarlo. Cuando el agua volvió a descender, Kenneth trató de decir algo.
—¡No hables! ¡Toma aire! —gritó Malmstrom.
Mientras tanto, Bob buscaba la pértiga que había desaparecido. Vió que flotaba a pocos metros de distancia y allí se dirigió a rescatarla, Colby desapareció en dirección al bote sin decir una palabra; cuando Bob volvió con la pértiga y se preparaba para sumergirse nuevamente, volvió Colby trayendo el balde que Hay recogiera de la laguna.
Todo había sucedido con tanta rapidez, que Malmstrom y Hay apenas lograban comprender lo que estaba sucediendo. Miraron llenos de sorpresa a Hugh Colby cuando apareció con su balde. Este no perdió tiempo en dar explicaciones. Se tiró de cabeza al agua y llegó hasta donde estaba atrapado Rice. En el momento en que el agua bajó de nivel colocó el balde invertido encima de la cabeza del joven y le dijo:
—¡Sujétalo así!
Fueron sus únicas palabras durante todo el incidente. Rice entendió y obedeció la orden; cuando el agua volvió a subir por encima de su cabeza, se encontró con el rostro metido dentro de un balde lleno de aire. Bob no había visto la maniobra ya que se hallaba bajo el agua tratando de desprender el fragmento de coral pero, cuando subió a la superficie un rato después, se quedó muy sorprendido; luego comprendió el objeto de la operación.
—¿Entramos? —preguntó Hay, ansiosamente.
—Creo que ahora lo sacaré —replicó Bob—. Al principio me preocupaba que no le alcanzara la respiración, pero ahora andará todo bien. Espera un momento, pues yo también necesito tomar aire.
Descansó unos instantes, mientras Hay gritaba para darle valor a su compañero, en los intervalos en que la cabeza estaba sobre el nivel del agua. Roberto encontró la oportunidad de murmurar al Cazador:
—Es por esto que no quería venir solo aquí.
Luego tomó la pértiga y volvió a sumergirse.
Esta vez pudo encontrar un punto de apoyo mejor y utilizó todas sus fuerzas. La rama de coral comenzó a moverse; cuando ya parecía que el trabajo estaba a punto de terminar, la pértiga se rompió y el extremo astillado golpeó sobre el pecho de Bob. Esta vez, el Cazador no protestó; la herida se había producido «en cumplimiento del deber». Cerró los rasguños sin resentimiento. Bob subió a la superficie.
—Creo que será mejor que ustedes sigan con esto. Comencé a mover el coral pero la pértiga se rompió. Traigan las otras pértigas. También podrían buscar un remo… o los dos. Y luego, a sumergirse.
—Quizá convendría que trajéramos una barra de hierro —sugirió Malmstrom.
—Será mejor que nos ocupemos sólo nosotros de este asunto —replicó Bob—. La marea está subiendo y el balde servirá apenas durante los pocos segundos que el agua baje periódicamente. Vamos.
Poco rato después, los cuatro muchachos, empuñando pértigas y remos, estuvieron en el agua junto a su camarada: Bob, en el fondo, buscaba los mejores puntos de apoyo para aplicar los palos, y los otros, que los sostenían, esperaban una orden suya para levantarlos con fuerza. Ellos no estaban enterados de la capacidad de Bob para ver debajo del agua, y si aceptaron ser dirigidos por éste fué simplemente porque Bob se adelantó a decirles lo que había que hacer y a nadie se le hubiera ocurrido discutir en momentos semejantes.