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A pesar del tamaño y del peso del bloque coralífero, éste cedió a sus esfuerzos concentrados, aunque la operación casi les costó un remo. Cuando el fragmento de coral se levantó, sólo un instante, Kenneth pudo sacar su pie entumecido. Con la ayuda de sus amigos, salió del agua y quedó tendido sobre la orilla, restregándose el pie mientras los otros se reunían a su alrededor.

Rice estaba muy pálido y pasó un buen rato antes que su respiración y el ritmo de sus latidos se normalizaran, permitiéndole incorporarse. Los otros muchachos estaban casi tan asustados como él y, por el momento, a ninguno se le ocurrió volver al agua a rescatar la placa de metal que originara tantos inconvenientes. Después de unos diez minutos, Rice sugirió que sería una pena desperdiciar todo ese trabajo: Bob no esperó que se lo dijeran dos veces y se metió de nuevo al agua. Pero el objeto se había perdido de vista entre las gorgonas y las ramas de coral que cubrían el fondo de la laguna. Sólo dejó de buscar a tientas debajo de todas las cosas que veía después de encontrar un erizo de mar que, seguramente, era partidario de la resistencia pasiva. De toda la aventura que habían corrido esa tarde, a Rice sólo le quedaba como saldo un temor indescriptible… y no era ése, precisamente, el sentimiento que le hubiera gustado exhibir ante sus padres.

Apenas eran las cuatro y media de la tarde, o sea que disponían aún de mucho tiempo hasta la hora de la cena, pero ninguno se sentía con ganas de continuar la exploración del arrecife. Nadie se opuso cuando uno de ellos, sugirió remar los cinco o seis kilómetros que los separaban del muelle principal.

—Eso debe estar muy tranquilo; el barco no llegara hasta dentro de una semana — recalcó inocentemente Hay.

Ninguno contestó aunque todos, probablemente, habían pensado lo mismo.

El Cazador tampoco prestó mayor atención a estas palabras; durante el último cuarto de hora, su mente había estado muy, preocupada en la caja de un generador que acababa de ver y palpar y que no provenía de los restos de su propia nave.

CAPITULO 12 — LA CAÍDA

Al principio, mientras remaban, conversaron poco, ya que habían quedado muy impresionados por el incidente; pero cuando Norman Hay hizo una observación acerca de su acuario, la conversación estalló con gran entusiasmo.

—Quizá podríamos encontrar por aquí algo para sacar los tapones de cemento de la laguna —fueron sus palabras.

—Necesitarás algo muy fuerte —observó el Petiso—. El cemento submarino que tú empleaste es un material muy resistente… Lo usan en el muelle y no hay ninguna marca en el lugar en que el buque-tanque lo roza.

—El buque no toca al muelle, a menos que hay algún descuido —indicó Rice desde la proa—. No obstante, Norm tiene razón al decir que necesitaras herramientas buenas. Me parece que en casa no tenemos nada que pueda servir para eso.

—¿Qué usamos, entonces? ¿…martillo o formón?

—No se puede trabajar con el martillo debajo del agua. Precisamos una barra de hierro larga y pesada, con una buena punta. ¿Quién sabe dónde podemos conseguirla?

Ninguno contestó. Después de un rato, Hay prosiguió:

—Entonces les preguntaremos a los muchachos del muelle y si ellos no saben tendremos que ir buscar entre las herramientas de la construcción que están realizando en la montaña.

—Trabajaríamos mucho más rápido si tuviéramos una escafandra —opinó Rice.

—Las únicas escafandras que hay en la isla forman parte del equipo de salvamento y están en el muelle y en los tanques; y no nos las prestarían —dijo Bob—. Además, tampoco conseguiríamos el traje correspondiente… y, por otra parte, el único nosotros que podría ponérselo es el Petiso.

—¿Y qué tiene eso de malo? —inquirió Malmstrom.

—Tú andarías protestando porque casi todo el trabajo recaería sobre ti. Y, ¿para qué seguir hablando de ello, si sabemos que no nos prestarían lo que necesitamos?

—¿Por qué no fabricamos nosotros mismos equipo? No es tan difícil.

—Quizá tengas razón, pero hace cuatro o cinco años que venimos hablando de esto y siempre terminamos conteniendo la respiración para trabajar bajo el agua —dijo Colby.

Como en las poquísimas oportunidades anteriores en que éste intervino en la conversación, nadie tuvo una respuesta adecuada.

Rice rompió el breve silencio que se produjo con otra pregunta.

—¿Y qué piensan usar para mantener los peces encerrados? Bob dijo algo acerca de usar alambre tejido… pero ¿de dónde piensan sacarlo?

—Tampoco lo sé. En el caso de que hubiera alambre tejido en la isla, tendría que hallarse en los depósitos del muelle. Si lo encontrara allí, sacaría un pedazo; en caso contrario, trataré de fabricar alambre tejido con algún alambre bastante grueso. La abertura no será muy grande.

Atracaron al pie de una escalera que estaba al costado de la estructura, casi debajo del camino que comunicaba con la playa; Rice y Bob ajustaron las amarras de la proa y de la popa, mientras los otros subían a la plataforma principal, sin esperar. A Ken le costó un poco subir por la escalera a causa de su pie, pero lo disimulaba bastante bien. Cuando estuvieron sobre el muelle, se dedicaron a planear la acción inmediata.

El muelle era una estructura de gran tamaño. La producción semanal de aceite era considerable y seguía aumentando. Cuatro tanques cilíndricos enormes se destacaban en el conjunto; en comparación, sus bombas auxiliares y los mecanismos de control parecían muy pequeños. No había paredes contra incendios; la estructura estaba construida con acero y cemento y poseía numerosos desagües de gran tamaño que desembocaban en el agua, más abajo; los aparatos para combatir los incendios consistían principalmente en mangueras de alta presión con las que se empujaba el aceite ardiente hacia la laguna.

Alrededor y entre los tanques se veían algunos cobertizos construidos con chapas de hierro acanaladas, similares a los edificios que servían para depósito, que se encontraban en la playa y que cumplían la misma función; en el extremo opuesto del camino había un complicado aparato que se usaba para destilar gasolina y para el calentamiento o lubricación de los aceites obtenidos a partir de los productos crudos de los tanques de cultivo: resultaba más barato industrializar las pequeñas cantidades del producto que se consumían en la isla en vez de embarcar el aceite crudo a Tahití para su refinamiento.

En ese momento, los jóvenes estaban interesados principalmente en los galpones de depósito. A ninguno de ellos se le ocurría de antemano en qué podría utilizarse el alambre tejido en los trabajos realizados en la isla pero, para estar bien seguros, era necesario remover hasta la última piedra en su búsqueda. Se introdujeron, en fila, por el reducido espacio que quedaba entre los tanques.

Se detuvieron un instante antes de llegar al depósito; cuando pasaron junto a la esquina de uno de los cobertizos más pequeños, salió de pronto un brazo que se aferró al cuello de Rice, atrayéndolo hacia adentro. Los muchachos quedaron atónitos durante algunos segundos; luego intercambiaron sonrisas de comprensión al oír la voz de Carlos Teroa. Decía algo acerca de «polizones» y de «trabajos», y parecía hablar con mucho énfasis; por primera vez, se oyó una conversación de varios minutos de duración, en la que no interviniera Rice. Bob no sabía si convenía prevenir al muchacho acerca de las intenciones de Teroa, pero estaba seguro de que nadie se perjudicaría… y el de mayor edad parecía muy satisfecho de sí mismo. Sin embargo, el pelirrojo, muy avergonzado, se acercó al grupo. Teroa estaba detrás de él y en su rostro se dibujaba una tenue sonrisa. En un momento en que su mirada se cruzó con la de Bob, le guiñó el ojo.