—¿Qué hacen ustedes por aquí? —preguntó.
—¿Y qué haces tú —replicó Hay, que no tenía intenciones de irse sin conseguir lo que buscaba—. Tú tampoco trabajas aquí.
—¿Por qué no lo averiguas? —contestó Teroa con serenidad—. Al menos, estoy ayudando. Supongo que ustedes andan detrás de algo.
Esta última frase era una afirmación, aunque al final de la misma pudo percibirse un tono de pregunta.
—Nada que pertenezca a otra persona —replicó Hay, defendiéndose de antemano.
Iba a explayarse sobre ese tema cuando se oyó la voz de otra persona.
—¿Cómo podemos estar seguros de lo que dices?
Todos se dieron vuelta y vieron parado al padre de Bob detrás de ellos.
—No tenemos ningún inconveniente en prestar cosas —prosiguió— siempre que sepamos qué piensan hacer con ellas. ¿Para qué vinieron?
Hay se lo explicó con toda amabilidad. Tenía la conciencia tranquila, ya que pensaba pedir el alambre que necesitaba, aunque hubiera deseado primeramente elegir a quién se lo pediría.
El señor Kinnaird movió la cabeza comprensivamente.
—Me parece que tendrán que subir al tanque nuevo para conseguir una barra de hierro o algo semejante —dijo—. Aunque… quizá pueda ayudarles a encontrar el enrejado que buscan.
Todos, incluso Teroa, lo siguieron por la resbaladiza superficie que ofrecían las chapas de acero. Mientras caminaban, Hay explicaba lo que había sucedido en su laguna, y la forma en que descubrieron la causa de las anomalías. El señor Kinnaird solía ser un buen oyente, pero en el momento en que escuchó algo acerca de la posibilidad de introducirse en el agua infectada dirigió una mirada penetrante a su hijo que, afortunadamente, éste no percibió. La conversación hizo recordar a Bob que tenía que pedir el libro a Hay. Lo hizo apenas se produjo el primer silencio. El señor Kinnaird no pudo contener un comentario.
—¿Acaso piensas convertirte en médico? ¡No has estado portándote últimamente como tal!
—No, no es eso… sólo quería averiguar algo —dijo Bob, disculpándose.
Mientras tanto, el Cazador veía que los acontecimientos se presentaban antes de lo previsto y se desarrollaban a toda velocidad: hubiera querido comunicarse con su anfitrión pero las circunstancias no resultaban propicias.
El señor Kinnaird sonrió v, volviéndose hacia la puerta de uno de los galpones, dijo:
—Puede ser que haya algo aquí, Norman.
Abrió la puerta. Adentro reinaba una oscuridad casi absoluta, pero el padre de Bob encendió inmediatamente una lamparilla que colgaba en el centro del cielo raso. Todos los ojos se fijaron en lo mismo: un gran rollo de alambre galvanizado tejido de un cuarto de pulgada, que parecía hecho a propósito para satisfacer las necesidades de Norman. Hay se precipitó sobre él mientras el padre de Bob contemplaba la escena como si hubiera sido el inventor del alambre tejido.
—¿Cuánto necesitas?
—Un pedazo de cincuenta centímetros cuadrados será suficiente —fué la respuesta.
El señor Kinnaird tomó una pinza que se hallaba a un costado del galpón, sobre un banco, y comenzó a cortar el alambre. Era muy difícil cortarlo, ya que los extremos agudos del mismo obstaculizaban el manejo de la pinza. No obstante después de pocos minutos de trabajo, le extendió a Norman el fragmento deseado. Salieron todos del galpón.
—No sabía que usaban este material en la isla —dijo Bob a su padre, mientras cerraba la puerta detrás de él.
—¿Verdad? —preguntó el señor Kinnaird—. Tú has andado por la isla lo suficiente como para reconstruirla centímetro a centímetro si fuera necesario.
Y dirigiéndose hacia el tanque de depósito más próximo, les mostró uno de los desagües de emergencia.
—Allí se emplea el alambre tejido —dijo, señalando la abertura que tendría alrededor de un metro cuadrado de superficie.
Los muchachos se aproximaron. A unos setenta centímetros de la abertura, entre ellos y el agua que se hallaba a unos cuatro metros más abajo, se veía una rejilla protectora de alambre tejido igual al que Norman tenía entre sus manos.
—No creo que pueda soportar a una persona que llegara a caerse allí —observó Bob.
—Una persona no tiene por qué caerse allí —replicó su padre—. Y, en tal caso, sería deseable que supiera nadar. No se permite transitar cerca de estos lugares.
Se alejó de la boca de desagüe y los muchachos lo siguieron, enfrascados en sus pensamientos. Muy pronto apreciaron la exactitud de sus palabras.
Se resbaló; al menos, Malmstrom insistía en que fué el señor Kinnaird quien resbaló primero, pero ninguno podía tener seguridad absoluta al respecto. El grupo se vino al suelo, del mismo modo que cuando se acierta el blanco en una cancha de bolos. El único que quedó en pie fué Teroa y lo consiguió gracias a su rapidez de movimientos. Malmstrom se estrelló contra Hay; éste, al caer, golpeó con sus pies los tobillos de Bob y Colby, quienes a su vez no pudieron mantenerse en equilibrio encima de esa superficie metálica y aceitosa. Bob exhaló un grito cuando reparó que se hallaba en un tris de probar prácticamente la resistencia de la rejilla de alambre.
En el colegio, su velocidad de reacción le había permitido ocupar un importante puesto en el equipo de hockey; esto fué lo que lo salvó. Cayó parado y, cuando los dedos de sus pies se hubieron afirmado sobre la rejilla, extendió los brazos todo lo que pudo, tratando de alcanzar la parte sólida del muelle. El borde de la plataforma le produjo un fuerte dolor en la caja torácica, pero como una buena parte de su peso se descargó sobre sus brazos, la rejilla no cedió.
Su padre, apoyado sobre las rodillas y las mano trató de ayudarlo a subir, pero resbaló nuevamente y tuvo que renunciar a su intento. Malmstrom Colby, que habían caído muy cerca de allí, tomaron a Bob por las muñecas sin intentar siquiera modificar la posición, boca abajo, en que se encontraba. De este modo, el joven tuvo suficiente apoyo y pudo incorporarse.
Bob tenía la frente perlada de sudor y su padre se restregaba los ojos. Se miraban en silencio. Luego, el padre sonrió con embarazo y dijo:
—Era esto lo que temía.
Y en seguida, recobrándose un poco, continuó:
—Supongo que ese bote que está atado allí es de ustedes. Hay que llevarlo de vuelta hasta el arroyo. Yo llegaré a casa, para cenar, con algún retraso.
Todos estuvieron de acuerdo. El señor Kinnaird dijo, dirigiéndose a Bob:
—Es mejor que ahora se vayan enseguida, ante de que suceda otro percance. ¿Se lo contamos a tú madre? Será mejor que no…
No hubo ninguna pausa entre la pregunta y la respuesta. Todos se alejaron, casi sonriendo.
El Cazador no sonreía, sin embargo, y tenía buenas razones para no sentirse tranquilo. Era necesario que hablara con Bob, pero tenía tantas cosa que decirle que ni siquiera podía decidir por dónde comenzar. Se sintió intensamente aliviado cuando su joven anfitrión se instaló en la proa del bote, en vez de tomar los remos; en ese instante Bob no miraba a sus amigos. El Cazador atrajo su atención.
—¡Bob!
Las letras proyectadas eran gruesas, inclinadas y además, subrayadas. También habrían estado coloreadas si el Cazador hubiera tenido medios para hacerlo; de ese modo, el joven comprendió la urgencia del simbiota y fijó inmediatamente la vista en el horizonte.
—Dejaremos de lado —comenzó el Cazador— a menos por el momento, tu tendencia a exponerte a heridas menores porque confías en mi protección.
Si bien esa tendencia, en sí misma, es ya bastante perniciosa, lo más grave es que pareces complacerte en difundir a todos los vientos tu confianza en tu propia inmunidad. Te ofreciste públicamente a entrar en el agua, esta mañana, sin la menor vacilación; anunciaste a todos tu reciente interés por la biología, en general, y por los virus en particular. En varias oportunidades he estado a punto de olvidar mis atenciones para contigo y paralizarte la lengua. Al principio, creía que lo único que podía pasar era que atemorizaras a nuestra presa y la indujeras a buscar un escondite mejor; pero ahora no estoy muy seguro de que todo este asunto no nos traerá complicaciones más serias.