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Naturalmente, sus pensamientos convergían en los inusitados acontecimientos de esa tarde. Muchos de ellos tenían que ver con su problema. No le había preguntado formalmente al Cazador cuáles eran sus conclusiones después de la noche transcurrida y qué opinaba de las fuertes sospechas que él y Seever abrigaban sobre Hay y Rice. Aprovechó la ocasión para interrogarlo.

—He evitado criticar tus esfuerzos —replicó el Cazador—, ya que considero que debes tener razones para llegar a esas conclusiones. Prefiero no decirte lo que pienso de Rice y Hay, ni de los otros muchachos; tú podrías desmoralizarte si tus ideas no coinciden con las mías y, en tal caso, tendrías derecho a pensar que debo arreglármelas solo.

Hablaba en forma indirecta, pero Bob sospechó que el simbiota no estaba de acuerdo con sus ideas. No podía darse cuenta por qué diferían, ya que el razonamiento lógico seguido —por el doctor y por él parecía correcto; pero tenía, por otra parte, la seguridad de que el Cazador conocía la criatura que se hallaban buscando, con mucha más profundidad que ellos, aunque pasaran sus vidas dedicados a aprender todo lo relacionado con la raza del simbiota.

—¿Dónde estaría el error?. En realidad, no habían extraído verdaderas conclusiones… ellos conocían sus limitaciones y sólo hablaron de probabilidades. Si el Cazador hacía objeciones a las mismas, sería porque estaba ya seguro de algunas cosas.

—No tengo ninguna seguridad —fué la respuesta, cuando Bob expuso sus conjeturas al detective.

Bob se echó hacia atrás en el asiento para seguir pensando. Su meditación fué fructífera, ero esta vez no pudo comunicarle sus ideas al Cazador pues oyó los pases del doctor en el porche de la entrada. Bob se levantó. Estaba muy nervioso. Apenas el doctor atravesó la puerta, le dijo:

—¡Puede permitirle a Carlos viajar mañana! Además, creo que también podemos descartar al Pelirrojo.

CAPITULO 18 — ELIMINACIÓN

El doctor se detuvo al escuchar el tono excitado de la voz de Bob; luego, terminó de cerrar la puerta detrás de él y se dirigió hacia su asiento acostumbrado.

—Me alegro de saberlo —dijo—. Yo también tengo algunas noticias. Pero primero quisiera escuchar algunos detalles. ¿Acaso el Cazador ha realizado investigaciones por su cuenta?

—No. Son comprobaciones mías… Algo que vi. Sólo ahora comprendo su significado. Carlos y el Pelirrojo tuvieron una pelea cerca del tanque nuevo. Comenzó cuando el Pelirrojo se burló de él, al enterarse de que había postergado su partida… Supongo que acababa de salir de su consultorio. Se enredaron con todas sus ganas. No escatimaron golpes; Rice quedó con los ojos en compota y, cuando los separaron, les chorreaba sangre de las narices a más no poder.

—¿Y tú atribuyes semejante despliegue de magulladuras a la ausencia del simbiota? Yo creía que ya habíamos dado por sentado que el fugitivo se refrenaría en casos como éste y dejaría correr la sangre para no traicionarse. En tal caso, tu historia no probaría absolutamente nada.

—No me ha comprendido, doctor. Ya sé que una cortadura o un rasguño podrían probar algo en ese sentido pero ¿no acierta a ver la diferencia que existe entre ese tipo de heridas y una hemorragia por la nariz?. En una hemorragia no existe una herida exterior, visible; no sería raro que a un individuo le dieran un sopapo en la nariz y luego no perdiera sangre. Estos dos muchachos eran verdaderas canillas. ¡Si el fugitivo estaba dentro de uno de ellos, debía haber detenido la hemorragia!

Se produjo un silencio. El doctor consideraba esta última hipótesis.

—Sin embargo, aún puede hacerse una objeción —dijo finalmente—. ¿Y si el enemigo ignorara que un golpe en la nariz no produce, necesariamente, una hemorragia? Después de todo, él carece de la experiencia humana suficiente como para saberlo.

—También lo pensé —contestó Bob triunfante—. ¿Cómo es posible que sea tal cual es y se encuentre tan bien escondido si no sabe estas cosas? No hay duda que conoce perfectamente las causas de una hemorragia nasal. Aún no he conversado de esto con el Cazador pero parece bastante probable. ¿Qué opinas, Cazador?

Aguardaba la respuesta, al principio completamente confiado y luego algo dudoso, al ver que el simbiota pensaba demasiado en las palabras con que le contestaría.

—Creo que tienes razón —replicó finalmente.

Yo no había considerado una posibilidad semejante y, probablemente, nuestro enemigo tampoco; pero aun en ese caso debería haber comprobado que no había peligro alguno en detener la hemorragia en cualquier momento. A los muchachos que disputaron, la hemorragia les duró bastante tiempo y no cedía, a pesar del agua fría que les aplicaron y de los demás remedios. Bien pensado, Bob. Por mi parte, yo descartaría a esos dos.

Bob repitió estas palabras al doctor Seever, quien recibió la información con un grave movimiento de cabeza.

—También tengo un candidato para ser eliminado —contestó—. Dime, Bob, ayer Ken Malmstrom te llamó la, atención, ¿verdad?

—Si… Un poco. Parecía desganado para trabajar en el arreglo del bote, pero supuse que sería a causa de la partida de Carlos.

—¿Cómo estaba hoy?

—No sé. No lo he visto desde que salimos del colegio.

—Claro que no lo viste —dijo Seever secamente—. Tampoco fué a la escuela. Esperó tener una fiebre altísima para decir a sus padres que no se sentía bien.

—¿Qué…?

—Tu amigo tiene malaria y quisiera saber adónde diablos se la contagió.

El doctor fijaba su mirada en Bob, como si éste fuera el responsable.

—Hay muchos mosquitos en la isla —observó el joven, incómodo ante esa mirada.

—Ya lo sé, aunque hasta ahora nos defendemos bastante bien… Pero ¿dónde se habrán infectado esos insectos? Siempre reviso a todas las personas que se van de la isla o que llegan; la tripulación del buque-tanque… algunos de ellos bajan a la isla y pasan aquí cortos lapsos. Pero tengo la seguridad que no son ellos los portadores: conozco perfectamente sus historias clínicas. Tú has permanecido fuera de la isla un tiempo suficientemente largo como para contagiarte la enfermedad, pero tampoco eres tú el contaminador… a menos que el Cazador esté cultivando los microbios— en tu sangre para divertirse un poco.

—¿Es una infección producida por un virus? —preguntó el Cazador.

—No. Es causada por un flagelado… un protozoario. Mire estas microfotografías —dijo el médico abriendo un libro—. Quiero que me diga, Cazador, si en la sangre de Roberto hay organismos semejantes.

La repuesta fué muy rápida.

—En este momento no los hay, pero ya no recuerdo todos los tipos de microorganismos que destruí hace algunos meses. Usted debe saber si Bob tuvo alguna vez síntomas de la enfermedad. Su propia sangre, doctor, contiene innumerables microbios que tienen un aspecto parecido al de estas figuras. Pude comprobarlo ayer, cuando entré en contacto con usted. Pero las fotografías no bastan para asegurar si eran o no idénticos. Me agradaría mucho prestarle una ayuda más activa si mi propio problema no fuera tan apremiante.

—Bob —dijo el doctor, después de recibir el mensaje—, si tú no vas, junto con tu invisible amigo, a la Facultad de Medicina, una vez que él haya resuelto su problema, serás un traidor a la civilización. No me gusta nada lo que acaba de insinuar el Cazador, pero no puedo negar nada sin realizar los ensayos pertinentes. En eso consiste mi trabajo. Lo que yo quería decir era que el fugitivo no puede hallarse en el cuerpo de Malmstrom; todo lo que has dicho acerca de la hemorragia nasal vale doblemente para las enfermedades infecciosas. No es posible sospechar de una persona porque no se encuentre enferma; el amigo de ustedes debe saberlo.