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– Es muy distinta de Abby -dijo por fin-. Muy rebelde. Nada que ver conmigo a su edad. Nada que ver con ninguno de nosotros -pese a estas palabras, añadió-: Es preciosa. Un espíritu vigoroso. Es mi angelito temible.

– ¿Contra qué se rebelaba? -preguntó Jeffrey.

– Contra las reglas -contestó ella-. Contra todo lo que encontraba.

– Cuando se fugó las otras veces, ¿adónde fue?

– Dijo que acampó en el bosque.

Jeffrey sintió que se le detenía el corazón.

– ¿Qué bosque?

– El de Catoogah. De pequeñas siempre iban allí a acampar.

– ¿No iban al parque estatal de Grant?

Ella negó con la cabeza.

– ¿Cómo llega hasta allí? -preguntó-. Está lejos de su casa.

A Jeffrey no le gustó la idea de que Rebecca estuviera en ningún bosque, y menos teniendo en cuenta lo que le había pasado a su hermana.

– ¿Se veía con algún chico?

– No lo sé -confesó-. No sé nada de su vida. Creía que conocía a Abby, pero ahora… -Se llevó una mano a la boca-. No sé nada.

A Jeffrey empezó a dolerle la rodilla y se apoyó en los talones para aliviar la presión.

– ¿Rebecca no quería pertenecer a la iglesia? -aventuró.

– Dejamos que los hijos elijan. No los obligamos a llevar esa vida. Los de Mary eligieron… -Respiró hondo y expulsó el aire lentamente-. Los dejamos elegir cuando tienen edad suficiente para saber qué quieren. Lev se fue a la universidad. Paul estuvo un tiempo perdido y luego volvió, pero yo siempre lo quise. Nunca dejó de ser mi hermano. -Levantó las manos-. Es que no me lo explico. ¿Por qué se habrá ido? ¿Por qué ha tenido que hacerlo ahora?

A lo largo de su carrera, Jeffrey había llevado muchos casos de chicos desaparecidos. Por suerte, la mayoría se había resuelto con relativa facilidad. El hambre y el frío los obligaba a volver, al descubrir que había cosas peores que recoger la habitación o comer guisantes. Aunque intuía que Rebecca Bennett no huía de las tareas domésticas, Jeffrey sintió la necesidad de aplacar los temores de su madre.

Habló con la mayor delicadeza posible.

– Becca ya se ha fugado antes.

– Sí.

– Siempre vuelve al cabo de uno o dos días.

– Siempre ha vuelto con su familia, con toda su familia. -Parecía casi derrotada, como si Jeffrey no la entendiera-. No somos lo que usted cree.

Jeffrey no sabía qué creer. Mal que le pesara, empezaba a entender por qué los hermanos de Esther no se habían alarmado tanto como ella. Si Rebecca tenía por costumbre fugarse un par de días, dar a todos un susto de muerte y luego regresar, ésta podría ser otra llamada de atención. La cuestión era ¿por qué consideraba necesario hacerlo? ¿Por un impulso adolescente? ¿O por algo más siniestro?

– Pregunte lo que quiera -accedió Esther, armándose de valor-. Adelante.

– Señora Bennett… -empezó.

Esther había recobrado parte de su compostura.

– Creo que si va a preguntarme si mis hijas han sido víctimas de acoso sexual por parte de mis hermanos, al menos debería llamarme Esther.

– ¿Es eso lo que teme?

– No -contestó sin pensárselo dos veces-. El lunes temía que usted me dijera que mi hija había muerto. Ahora temo que me diga que no hay esperanza para Rebecca. Lo que temo es la verdad, comisario Tolliver. No las conjeturas.

– Necesito que conteste a mi pregunta, Esther.

Tardó en responder, como si la sola idea le repugnara.

– Ni mis hermanos ni mi marido han tenido nunca una conducta inapropiada con mis hijas.

– ¿Y Cole Connolly?

Ella negó con la cabeza una vez.

– De una cosa puede estar seguro: si alguien hiciera daño a mis hijas, no sólo a mis hijas, sino a cualquier niño, lo mataría con mis propias manos y que Dios me juzgase.

Jeffrey la miró unos segundos. En sus ojos verdes se traslució la sinceridad de sus palabras. Jeffrey le creyó, o al menos creyó que ella lo pensaba de verdad.

– ¿Qué va a hacer? -preguntó Esther.

– Puedo pedir una orden de búsqueda y hacer unas cuantas llamadas. Telefonearé al sheriff de Catoogah, pero piense que Rebecca tiene antecedentes de fugas y dejó una nota.

Esperó a que ella asimilara sus palabras mientras también él reflexionaba. Si Jeffrey hubiese querido secuestrar a Rebecca Bennett, lo más probable era que lo hubiera hecho todo exactamente así: habría dejado una nota y aprovechado su historial para protegerse durante unos días.

– ¿Cree que la encontrará?

Jeffrey no quiso siquiera pensar en la posibilidad de que una chica de catorce años pudiera estar en una tumba.

– Si la encuentro, quiero hablar con ella -contestó.

– Ya habló con ella.

– Quiero hablar con ella a solas -aclaró Jeffrey, sabiendo que no tenía derecho a pedirlo, igual que sabía que Esther siempre podía retirar su promesa-. Es menor de edad. Legalmente, no puedo hablar con ella sin el permiso de al menos uno de sus padres.

Esther tardó en contestar, obviamente sopesando las consecuencias. Por fin asintió.

– Tiene mi permiso.

– Lo más probable es que esté acampada en algún sitio -dijo él, sintiéndose culpable por haberse aprovechado de la desesperación de una madre y deseando con toda su alma no equivocarse respecto a lo sucedido a la chica-. Seguro que volverá por su propia iniciativa dentro de un par de días.

Esther volvió a sacar la nota del bolsillo.

– Encuéntrela -dijo, poniéndole el papel en la mano-. Por favor. Encuéntrela.

Cuando Jeffrey volvió a la comisaría, había un gran autobús al fondo del aparcamiento con el rótulo «Granja de Cultivos Sagrados» en el costado. Pese al frío, unos cuantos trabajadores se arremolinaban delante de la comisaría, y vio el vestíbulo abarrotado de gente. Al bajar del coche, reprimió una maldición a la vez que se preguntaba si eso era una broma de Lev Ward.

Una vez dentro se abrió paso entre el grupo de desharrapados más apestosos que había visto desde la última vez que cruzó el centro de Atlanta en coche. Contuvo el aliento mientras esperaba a que Marla pulsara el botón para abrirle la puerta, temiendo vomitar si se quedaba mucho más tiempo en la caldeada sala.

– Hola, comisario -saludó Marla mientras le cogía el abrigo-. Supongo que ya sabe de qué va esto.

Frank se le acercó con cara de pocos amigos.

– Hace dos horas que están aquí. Vamos a tardar todo el día sólo para tomar nota de los nombres.

– ¿Dónde está Lev Ward? -preguntó Jeffrey.

– Connolly ha dicho que ha tenido que quedarse en casa con una de sus hermanas.

– ¿Con cuál?

– Ni idea -contestó Frank, obviamente desbordado por la experiencia de interrogar a semejante multitud de desastrados-. Ha dicho que tenía diabetes o algo así.

– Mierda -maldijo Jeffrey.

Ward estaba tirando demasiado de la cuerda. Su ausencia no sólo hacía perder tiempo a Jeffrey, sino que además significaba que Mark McCallum, el experto en poligrafía enviado por la delegación del FBI en Georgia, tendría que pasar otra noche en el pueblo a expensas del Departamento de Policía del condado de Grant.

Jeffrey sacó su bloc de notas y escribió el nombre y la descripción de Rebecca Bennett. Extrajo una foto del bolsillo y se la dio a Frank.

– Es la hermana de Abby -explicó-. Comunica su descripción por radio. Desapareció a las diez de la noche de ayer.

– Mierda.

– Se ha fugado otras veces -aclaró Jeffrey-, pero no me gusta que esto haya sucedido tan poco tiempo después de la muerte de su hermana.

– ¿Crees que sabe algo?

– Creo que tiene una razón para huir.

– ¿Has llamado a Cincuenta Centavos?

Jeffrey hizo una mueca de aversión. Había telefoneado a Ed Pelham de camino a la comisaría. Como era de prever, el sheriff del condado vecino prácticamente se le había reído en la cara. Jeffrey no podía reprochárselo -la chica se había fugado antes-, pero esperaba que Ed se lo tomara más en serio teniendo en cuenta lo sucedido a Abigail Bennett.