Tessa cogió a Sara de la mano cuando entraron en la iglesia.
– Es bonita, ¿verdad?
Sara asintió.
– No sabes cuánto me alegro de que hayas venido.
– Espero no decepcionarte.
Tessa le apretó la mano.
– ¿Cómo ibas a decepcionarme? -preguntó, conduciendo a Sara hacia la puerta de detrás del pulpito. Luego explicó-: Primero vamos al salón de la hermandad, y después vendremos aquí para el oficio.
Tessa abrió la puerta y entraron en una gran sala iluminada. En el centro se extendía una mesa muy larga con suficientes sillas para cincuenta personas. Había candelabros con las velas encendidas y las llamas parpadeaban suavemente. Varias personas estaban sentadas a la mesa, pero la mayoría se hallaba de pie en torno al fuego que ardía al fondo de la sala. Bajo una hilera de ventanales había una mesa de juego con una cafetera y los famosos bollos de miel que Tessa había mencionado.
Al arreglarse para esa noche, Sara había hecho la gran concesión de ponerse medias, pues mientras elegía la ropa recordó una vieja advertencia de su madre sobre la relación entre las piernas desnudas en la iglesia y el fuego del infierno. Cuando vio a los presentes, se dio cuenta de que habría podido ahorrarse la molestia. La mayoría iba en vaqueros. Unas pocas mujeres llevaban falda, pero hechas a mano, como el vestido que le había visto a Abigail Bennett.
– Ven, que te presentaré a Thomas -propuso Tessa, arrastrándola hacia la cabecera de la mesa donde vio a un anciano en una silla de ruedas entre dos mujeres.
– Thomas -dijo Tessa, agachándose y poniendo la mano sobre la de él-. Ésta es mi hermana, Sara.
Tenía un lado del rostro paralizado, los labios ligeramente separados, pero cuando alzó la vista hacia Sara, le brillaron los ojos de satisfacción. Movió la boca con visible esfuerzo al hablar, y Sara no entendió ni una palabra de lo que decía.
– Dice que tienes los ojos de tu madre -tradujo una de las mujeres.
Sara no veía el menor parecido entre ella y su madre, pero sonrió cortésmente.
– ¿Conoce a mi madre?
Thomas le devolvió la sonrisa y la mujer dijo:
– Cathy vino precisamente ayer y trajo un pastel de chocolate delicioso. -Dándole unas palmadas en la mano al anciano como si fuera un niño, añadió-: ¿Verdad, papá?
– Ah -dijo Sara, incapaz de hablar.
Si Tessa se sorprendió, lo disimuló bien.
– Ahí está Lev -anunció-. Ahora vuelvo.
Sara, manteniendo las manos cruzadas, se preguntó qué demonios hacía allí.
– Soy Mary -se presentó la primera mujer que le había hablado-, y ésta es mi hermana Esther.
– Señora Bennett -dijo Sara, dirigiéndose a Esther-, la acompaño en el sentimiento.
– Usted encontró a nuestra Abby -respondió la mujer, cayendo en la cuenta. No miraba a Sara, sino por encima de su hombro. Al cabo de unos segundos, fijó la vista en ella-. Gracias por atenderla.
– Siento no haber podido hacer nada más.
A Esther le temblaba el labio inferior. Aunque no se parecían en nada, aquella mujer le recordaba a su propia madre. Poseía la serenidad de Cathy, la calma resuelta propia de la espiritualidad incondicional.
– Su marido y usted han sido muy amables -dijo Esther.
– Jeffrey hace cuanto puede -aseguró Sara, sabiendo que no debía mencionar a Rebecca ni el encuentro en la cafetería.
– Gracias -interrumpió un hombre alto y bien vestido. Se había acercado a Sara sin que ella se diera cuenta-. Soy Paul Ward -dijo a Sara; habría adivinado que era abogado aunque Jeffrey no se lo hubiese dicho-. Soy el tío de Abby; mejor dicho, uno de los tíos.
– Encantada -dijo Sara, pensando que aquel hombre no pegaba allí ni con cola. Ella entendía poco de modas, pero era evidente que el traje que llevaba debía de haberle costado un dineral. Le quedaba como un guante.
– Cole Connolly -se presentó el hombre que lo acompañaba.
Era mucho más bajo que Paul y debía de tener unos treinta años más, pero rebosaba energía. Viéndolo, Sara recordó el rasgo que su madre siempre describía como «estar imbuido del espíritu del Señor». También recordó lo que había dicho Jeffrey sobre él. Connolly parecía bastante inofensivo, pero Jeffrey rara vez se equivocaba con la gente.
– ¿Te importaría ir a ver cómo está Rachel? -preguntó Paul a Esther.
La mujer pareció vacilar, pero accedió. Antes de irse, dijo a Sara:
– Gracias una vez más, doctora.
– Mi esposa, Lesley, no ha podido venir esta noche -le explicó Paul a Sara, sin venir a cuento-. Se ha quedado en casa con uno de los niños.
– Espero que no esté enfermo.
– Lo de siempre -dijo él-. Seguro que ya sabe cómo son esas cosas.
– Sí -contestó ella, preguntándose por qué sentía la necesidad de estar en guardia en presencia de ese hombre.
A todos los efectos, parecía el diácono de la iglesia -y probablemente lo era-, pero a Sara no le gustó la familiaridad de su trato, como si supiera algo de ella sólo por el hecho de conocer su profesión.
– ¿Usted es la médico forense del condado? -preguntó Paul, sin andarse con rodeos.
– Sí.
– El oficio por Abby es mañana. -Bajó la voz-. Está pendiente lo del certificado de defunción.
Aunque sorprendida de que se lo pidiera de una manera tan directa, contestó:
– Puedo enviar copias a la funeraria mañana.
– Es en la de Brock -dijo él, refiriéndose a la funeraria de Grant-. Se lo agradecería.
Connolly, incómodo, se aclaró la garganta. Mary susurró «Paul», y señaló a su padre. Era obvio que sus palabras habían perturbado al anciano. Se había removido en la silla, volviendo la cabeza a un lado. Sara no pudo ver si tenía lágrimas en los ojos.
– Sólo quería resolver un pequeño asunto pendiente -explicó Paul, y enseguida cambió de tema-. Sabe, doctora Linton, la he votado varias veces.
El cargo de médico forense era electo, aunque en su caso no resultaba muy halagador, teniendo en cuenta que Sara había sido la única candidata en los últimos doce años.
– ¿Vive usted en el condado de Grant? -preguntó ella.
– Antes vivía allí mi padre -contestó él, apoyando la mano en el hombro del viejo-. A orillas del pantano.
Sara sintió un nudo en la garganta. Cerca de la casa de sus padres.
– Mi familia se mudó hace varios años -dijo Paul-. Nunca me he molestado en borrarme del censo.
– Pues creo que Ken tampoco -intervino Mary. Y dirigiéndose a Sara-: Ken es el marido de Rachel. Anda por aquí. – Señaló a un hombre orondo parecido a Papá Noel que hablaba con un grupo de adolescentes-. Ahí está.
– Ah -respondió Sara, sin saber qué decir.
El grupo de adolescentes a su alrededor se componía en su mayoría de chicas, todas vestidas igual que Abby, todas de aproximadamente la misma edad que ésta. Echó un vistazo al resto de la sala y pensó que había muchas mujeres jóvenes. Eludió la mirada de Connolly, pero era muy consciente de su presencia. Parecía un hombre normal, pero ¿qué aspecto podría tener un hombre capaz de enterrar y envenenar a una muchacha, o tal vez a varias? Tampoco podía esperarse que tuviera cuernos y colmillos.
Thomas dijo algo, y Sara se obligó a atender otra vez la conversación.
– Dice que él también la votó -tradujo Mary-. Dios mío, papá, no me puedo creer que ninguno de vosotros no se haya borrado del censo. Seguro que eso es ilegal. Cole, tiene que insistirles para que lo hagan.
– Yo estoy empadronado en Catoogah -dijo Connolly con tono de disculpa.
– ¿Y tú también sigues empadronado en Grant, Lev? -preguntó Mary.