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No hay nada más perturbador que sentirse poco consecuente (inconsequentiality), excepto quizás, la vergüenza que uno siente al intentar pronunciarlo.

Del diccionario personal de Caroline Trent

Caroline estaba tan contenta de poder permanecer en Seacrest Manor, que hasta la mañana siguiente no se dio cuenta de un hecho bastante importante, ella no tenía información que compartir, no sabía nada sobre los negocios ilegales de Oliver. En conclusión, era innecesaria.

Ellos no lo habían entendido todavía. Blake y James probablemente pensaron que ella almacenaba todos los secretos de Oliver ordenados en su cerebro, pero la verdad era que ella no sabía nada. Y sus anfitriones se imaginaban que lo diría pronto, y entonces estaría de vuelta donde había empezado.

La única manera de guardarse de ser arrojada al frío, era hacerse la útil. Quizá si ella ayudaba alrededor de la casa y el jardín, Blake le dejaría permanecer en Seacrest Manor, incluso después de que él se percatara que ella no tenía nada que ofrecer al Ministerio de Defensa. No era como si ella necesitase una casa permanente, solo un lugar donde esconderse durante seis semanas.

– Que hacer, que hacer – se decía a si misma entre dientes, paseando de un lado para otro, dentro de la casa, como buscando una tarea adecuada. Necesitaba encontrar un plan, que le llevase mucho tiempo terminar, algo que requiriese su presencia al menos durante algunos días, posiblemente una semana. Para entonces, ella debería haber podido convencer a Blake y a James de que era una invitada educada y divertida.

Entró paseando sin rumbo en el inerte cuarto de música y movió sus manos a lo largo de la madera lisa del piano. Era una lástima, no sabía como tocar, su padre siempre había deseado que tomara unas lecciones, pero murió antes de llevar a cabo sus planes; ni que decir tiene, que sus tutores nunca se molestaron en buscarle un profesor.

Levantó la tapa y golpeó ligeramente su dedo contra una de las teclas de marfil, sonriendo por el sonido que emitía. De algún modo la música iluminaba la mañana entera. No es que sus golpecitos pudieran ser llamados música sin insultar gravemente las obras de los grandes compositores, pero a pesar de eso, Caroline se sintió mejor después de hacer un poco de ruido.

Todo lo que ella necesitaba ahora para iluminar el día era en realidad conseguir algo de luz dentro del cuarto. El cuarto de música obviamente no había sido empleado todavía esta mañana, ya que las cortinas estaban todavía cerradas, o quizás nadie usaba este cuarto con regularidad, y las mantenían a veces cerradas para mantener el piano alejado del sol. Nunca había tenido un instrumento musical; Caroline no podía estar segura si demasiada luz del sol podía ser dañina.

Fuera lo que fuera, decidió que el poder del sol de una mañana no podría dañar demasiado, así que se dirigió a grandes pasos hacia la ventana y descorrió las cortinas de damasco. Cuando lo hizo, fue recompensada con la visión más espléndida.

Rosas. Cientos de ellas.

– No me di cuenta, estaba justo debajo de mi pequeña habitación – murmuró abriendo la ventana y sacando la cabeza fuera para mirar hacia arriba. Estos deben ser los rosales que ella podía ver desde su ventana. Una inspección más cercana le confirmó que estaba en lo cierto; los arbustos estaban terriblemente descuidados y demasiado crecidos, como ella recordaba y vio un resplandor blanco, ubicado fuera de su alcance que parecía sospechosamente su pajarito de papel. Se inclinó un poco más hacia fuera para tener una mejor visión. Hmmmm. Probablemente podría alcanzarlo desde el exterior.

Unos minutos más tarde Caroline tenía su pájaro de papel en la mano, que estaba seco, con respecto a los rosales que estaban al otro lado.

– Necesitas una poda urgentemente – dijo en voz alta.

Alguien le había dicho una vez que las flores reaccionaban bien a la conversación, y ella siempre lo había tomado de corazón. No era difícil hablar a las flores cuando una tenía tutores como los suyos. Comparándolos, las flores resultaban inevitablemente bastante más agradecidas.

Puso las manos sobre sus caderas, levantó su cabeza, y estudió atentamente los alrededores. El señor Ravenscroft no era del tipo que la despediría mientras estuviera poniendo en orden su jardín, ¿verdad? Y Dios lo sabía, el jardín necesitaba un arreglo. Aparte de los rosales, había madreselva que necesitaba ser recortada, setos que deberían estar decorados y un precioso arbusto púrpura que comenzaba a florecer, cuyo nombre no sabía y estaba convencida que crecería mejor a pleno sol.

Evidentemente este jardín la necesitaba.

Su decisión estaba tomada. Caroline volvió a entrar en la casa y se presentó al ama de llaves, quien, bastante interesada, no demostró la menor sorpresa por su presencia. La señora Mickle estaba totalmente entusiasmada con los planes de Caroline para el jardín, y le ayudó a encontrar un par de guantes de trabajo, una pala, y unas tijeras grandes de podar.

Arremetió contra los rosales con gran entusiasmo y energía, recortando aquí, y podando por allá, parloteando sin parar a sí misma y a las flores al mismo tiempo.

– Aquí estás, serás mucho más feliz sin – (tijeretazo) – esta rama, y estoy segura de que estarás mejor si estás menos denso – (tijeretazo) – justo aquí.

Después de un rato, sin embargo, las tijeras se hicieron más y más pesadas y Caroline decidió ponerlas en el suelo, sobre la hierba, mientras desenterraba la planta que florecía color púrpura y la cambiaba a un sitio más soleado. Parecía prudente cavar un nuevo agujero para la planta antes de trasladarla, así que examinó la zona, y seleccionó un lugar precioso que sería visible desde las ventanas.

Pero entonces, vio algunas otras plantas que florecían muy bellas. Estas estaban punteadas con flores blancas y rosas, pero parecía como si debiera producir más flores. El jardín podría ser una exhibición encantadora de colores si alguien lo cuidara adecuadamente.

– Estas también deberían tener algo más de sol – dijo en voz alta; cavó algunos agujeros más, y otros más, por añadidura.

– Eso debía hacerlo – Con un suspiro de satisfacción inspeccionó el arbusto de flores púrpuras que la había cautivado al principio y empezó a desenterrarlo.

Blake se había ido a la cama de mal humor y se había despertado a la mañana siguiente incluso peor. Este trabajo (su último trabajo, si es que tenía algo que decir sobre ello) se había vuelto un fracaso. Una pesadilla, un desastre andante con ojos verde-azulados.

¿Porqué el estúpido hijo de Prewitt había elegido esa noche para atacar a Caroline Trent? ¿Porqué tenía ella que salir corriendo en medio de la noche, la misma tarde que él estaba aguardando a Carlotta De León? Y lo peor de todo, ¿Cómo demonios suponía que se iba a concentrar en llevar ante la justicia a Oliver Prewitt con ella corriendo bajo sus pies?

Ella era una constante tentación, y un recordatorio doloroso de todo lo que le había sido robado. Alegre, ingenua, y optimista, era todo lo que había estado ausente de su corazón desde hacía mucho. Desde que Marabelle había sido asesinada, para ser precisos. Toda la condenada situación parecía demostrar la existencia de un poder mas grande cuyo único propósito era conducir a Blake Ravenscroft absoluta e irrevocablemente a la locura.

Blake salió pisando fuerte de su habitación, con expresión ceñuda.

– Como siempre, risueño.

Levantó la mirada para ver a James de pie al final del vestíbulo.

– ¿Espías en los rincones oscuros acechando para molestarme? – refunfuñó.