¡Voila!
– Evidentemente – dijo Caroline a la habitación vacía – necesita sus libros puestos en orden alfabético.
Sacó una pila de libros, los dejó caer al suelo y examinó los títulos con tranquilidad.
– No sé como se las ha ingeniado durante tanto tiempo con tal caos.
Más libros fueron dejados en el suelo
– Por supuesto – dijo con un enorme ademán de su mano – no tengo necesidad de ordenar estos montones ahora; tendré tiempo de sobra para hacerlo después de que acabe de bajarlos de las estanterías; estaré aquí durante cinco semanas más, después de todo.
Hizo una pausa para mirar un volumen al azar; era un tratado sobre matemáticas
– Fascinante – murmuró, echando una ojeada entre las páginas a fin de echar un vistazo a esa prosa incomprensible – mi padre siempre me dijo que debía aprender más aritmética.
Se rió tontamente; era asombroso que despacio se podía trabajar cuando realmente se pone interés en ello.
Cuando Blake bajó para desayunar esa mañana encontró un festín como no había visto nunca desde que vivía en Seacrest Manor. Su desayuno consistía en un plato de huevos fritos, una o dos lonchas de jamón y alguna tostada fría. Esos alimentos estaban bien visibles, pero estaban acompañados por carne asada, lenguado de Dover, y una variedad de pasteles y tartas que lo dejaron pasmado.
La señora Mickle había encontrado claramente una nueva inspiración culinaria, y Blake no había dudado que su nombre era Caroline Trent.
Decidió no irritarse más por el modo en que su ama de llaves manejaba sus predilecciones, y en cambio, decidió simplemente llenar su plato y disfrutar del premio. Estaba comiendo ruidosamente la tarta de fresas más deliciosa, cuando James entro deambulando en la habitación.
– Buenos días – dijo el marqués – ¿Donde está Caroline?
– Diablos si lo sé, pero falta la mitad del jamón, así que imagino que ella está yendo y viniendo.
James silbó
– Evidentemente la señora Mickle se superó esta mañana, ¿Verdad? Deberías haber trasladado a Caroline antes.
Blake le lanzó una mirada irritada.
– Vale, debes admitir que tu ama de llaves nunca había llegado tan lejos para mantenerte tan bien alimentado.
A Blake le gustaría haber respondido con algo absolutamente enconado y cortante, pero antes de que pudiera pensar en algo, al menos un poco ocurrente, ellos oyeron un golpe tremendo, seguido de un grito femenino de… ¿era sorpresa? ¿O era dolor? Fuera lo que fuese, definitivamente venía de Caroline, y el corazón de Blake golpeaba en su pecho mientras se precipitaba hacia la biblioteca y abría la puerta de golpe.
Él pensaba que estaba conmocionado por su jardín excavado el día anterior; esto era peor.
– ¿Qué demonios pasa? – susurró, demasiado pasmado para hablar con normalidad.
– ¿Qué sucede? – preguntó James, resbalando para parar en seco detrás de él.
– Oh, Dios mío, ¿Qué demonios…?
Caroline estaba sentada en el centro de la biblioteca, rodeada de libros. O quizás sería más acertado decir que ella estaba repantigada sobre el suelo de la biblioteca, cubierta con libros. Una escalera-taburete volcada descansaba a su lado, y pilas elevadas de libros estaban amontonadas en cada mesa y buena parte de la alfombra.
De hecho, ni un solo volumen permanecía sobre las estanterías. Parecía como si la invitada de Blake de alguna forma, se las hubiera ingeniado para invocar un ciclón, con el único propósito de despedazar su biblioteca a trozos.
Caroline levantó la vista hacia ellos y pestañeó
– Supongo que estarán un poco extrañados.
– Er… si – replicó Blake, pensando que debería estar gritándole por algo, pero no seguro de qué, y todavía algo sorprendido para traer a colación una buena reprimenda.
– Pensé poner sus libros en orden.
– Si – dijo él lentamente, intentando sopesar el alcance del desorden – parecen muy bien ordenados.
Detrás de él, James dejó escapar un estertor de risa, y Caroline plantó sus manos en las caderas y dijo
– ¡No me tome el pelo!
– Ravenscroft no soñaría aquí con tomarte el pelo – dijo James – ¿Verdad?
Blake movió su cabeza en señal negativa
– No soñaría con ello.
Caroline los miró con el ceño fruncido – Uno de los dos podría ayudarme a levantarme.
Blake iba a hacerse a un lado para dejar pasar a Riverdale, pero el marqués le dio un empujón hacia delante hasta que él tuvo que darle su mano a la chica o parecer insufriblemente descortés.
– Gracias – dijo ella, levantando sus pies torpemente – siento lo de… ¡ Ay! – se cayó hacia delante entre los brazos de Blake, y por un momento él pudo olvidar quien era y lo que había hecho, y simplemente saboreó su contacto.
– ¿Está herida? – preguntó con voz bronca, extrañamente poco dispuesto a soltarla.
– Mi tobillo, debí torcérmelo cuando me caí.
Él bajó la mirada para verla con una expresión divertida
– Esto no es otra enfermedad inventada para intentar que no la forcemos a irse de aquí ahora ¿Verdad?
– ¡Por supuesto que no! – replicó, claramente ofendida – como si deliberadamente yo me hiciera daño para… – levantó la mirada tímidamente – Oh, si, destrocé totalmente mi garganta el otro día, ¿verdad? – él afirmó con la cabeza, los extremos de su boca vacilaron hacia una sonrisa.
– Si, vale, tuve una buena razón… Oh, estaba tomándome el pelo, ¿verdad?
Él afirmó con la cabeza de nuevo.
– Es difícil de decir, ¿sabe?
– Difícil de decir ¿qué?
– Cuando me toma el pelo – replicó ella – usted está muy serio la mayoría de las veces.
– Va a tener que dejar descansar ese tobillo – dijo Blake precipitadamente – al menos, hasta que la hinchazón disminuya.
La voz de ella fue suave cuando dijo
– No respondió a mi pregunta.
– Usted no me preguntó.
– ¿Ah, no? Supongo que no lo hice, pero usted cambió de tema.
– A un caballero no le gusta hablar sobre lo serio que es.
– Si, lo sé – suspiró – les gusta hablar de cartas y perros de caza y caballos y de cuánto dinero pierden en los juegos de naipes de la noche anterior. Acabo de encontrar a un caballero verdaderamente responsable, aparte de mi querido padre, por supuesto.
– No somos tan malos – dijo, volviéndose hacía James para instarle a que le ayudase a defender su género, pero James había desaparecido.
– ¿Qué le pasó al marqués? – inquirió Caroline estirando el cuello.
– Demonios si lo sé – su cara se ruborizó como si recordase sus maneras – perdone mi lenguaje.
– No parecía tener problemas cuando maldecía delante de Carlotta De León.
– La real Carlotta De León, imagino, podría enseñarme una o dos cosas sobre como maldecir.
– No soy tan delicada como parezco – dijo con un encogimiento de hombros – mis oídos no van a arder por el uso ocasional de la palabra demonios. Dios sabe que mi lengua no se va a caer por pronunciarla.
Los labios de él se curvaron a disgusto en una honesta sonrisa
– ¿Estás diciendo, señorita Caroline Trent, que no es totalmente una dama?.
– En absoluto – dijo maliciosamente – soy toda una dama, pero una que… ah… ocasionalmente utiliza un lenguaje menos que apropiado.
Él prorrumpió en una risa inesperada.