Ella era demasiado impetuosa, demasiado imprudente. Eso le traía recuerdos. Marabelle. Cerró sus ojos con fuerza durante una fracción de segundo, intentando sacar a su difunta prometida de su mente.
Ella podría vivir en su corazón, pero no tenía sitio aquí, esta noche, en Prewitt Hall, no si Blake quería que salieran los tres vivos.
El recuerdo de Marabelle, de todas formas, fue rápidamente apartado por los incesantes codazos de Caroline en la parte superior de su brazo
– ¿Qué pasa ahora? – le dijo bruscamente.
– ¿No deberíamos al menos coger el papel y las plumas? ¿No es eso por lo que vinimos aquí en principio?.
Blake flexionó sus manos estirándolas como una estrella de mar y dijo muy despacio
– Sí, sí, sería una buena idea.
Ella cruzó a toda velocidad la habitación y recogió el material mientras él maldecía entre dientes. Estaba siendo blando, volviéndose débil. No le hacía gracia olvidar algo tan sencillo como una pluma y tinta. Lo que él quería más que nada era salir del Ministerio de defensa, lejos de todo el peligro y la intriga. Quería vivir una vida donde no tuviera que preocuparse por ver asesinar a sus amigos, donde no tuviera que hacer nada, sino leer y levantarse tarde, cuidar perros de caza y…
– Tengo todo lo que necesitamos – dijo Caroline jadeante, rompiendo el hilo de sus pensamientos. Blake asintió, y se dirigieron hacia el vestíbulo. Cuando llegaron a la puerta del salón de la parte sur, Blake golpeó siete veces en la madera, sus dedos encontraron el ritmo familiar que James y él habían practicado desde hacía años, cuando eran alumnos en Eton.
La puerta se movió hacia dentro, solo un poquito, y Blake la empujó abriéndola lo suficiente para que Caroline y él pasaran por ella apretados. James tenía la espalda contra la pared y su dedo inmóvil sobre el gatillo de su pistola. Él respiró aliviado cuando vio que solo eran Caroline y Blake entrando en la habitación.
– ¿No reconociste el toque? – preguntó Blake.
James hizo un movimiento brusco afirmando con la cabeza.
– Nunca se peca de demasiado cuidadoso.
– ¡Ya lo creo! – dijo Caroline estando de acuerdo. Todo su trabajo como espía estaba dejando su estómago bastante débil. Era excitante, seguro, pero nada en lo que ella deseara participar regularmente. Ella no tenía ni idea de como los dos habían permanecido tanto tiempo sin perder sus nervios completamente.
Ella se volvió a James.
– ¿Oliver vino aquí?.
James movió negativamente la cabeza – pero lo oí por el pasillo.
– Nos tuvo atrapados durante unos minutos en el salón de la zona este – ella se estremeció – fue espantoso.
Blake le lanzó una mirada extrañamente evaluadora.
– Traje el papel, plumas y tinta – continuó Caroline, poniendo el material de escritura sobre el escritorio de Oliver.
– ¿Copiaremos los documentos ahora? Me gustaría que nos pusiéramos en marcha. En realidad, nunca había deseado pasar tanto tiempo en Prewitt Hall de nuevo.
Había solo tres páginas en la carpeta, así que cada uno cogió una página y tomó nota precipitadamente en una nueva hoja de papel. Los resultados no fueron para nada elegantes, con más de una mancha de tinta estropeando el resultado, pero eran legibles y eso era todo lo que importaba.
James devolvió cuidadosamente la carpeta al cajón y lo volvió a cerrar.
– ¿Esta la habitación en orden? – preguntó Blake.
James asintió.
– Arreglé todo mientras os habéis ido.
– Excelente. Escapemos.
Caroline se volvió al marqués.
– ¿Te acordaste de coger una carpeta de las más viejas como prueba?
– Estoy seguro de que sabe hacer su trabajo – dijo Blake de manera cortante, entonces, se volvió a James y le preguntó – ¿Te acordaste?
– ¡Dios Santo! – dijo James con voz disgustada – sois peor que un par de bebés. Si, por supuesto que tomé la carpeta y si no dejáis de discutir el uno con el otro, os voy a encerrar aquí y dejaros para Prewitt y su mayordomo francotirador.
La mandíbula de Caroline descendió ante el arranque de cólera del normalmente apacible marqués. Ella miró de soslayo a Blake y se dio cuenta de que él miraba bastante sorprendido también, y quizá un tanto azorado.
James frunció el ceño a ambos antes de posar una intensa mirada sobre Caroline y preguntar
– ¿Como narices vamos a salir de aquí?
– No podemos salir por la ventana por el mismo motivo que no pudimos entrar por ella. Si Farnsworth todavía está despierto, seguramente nos oiría, pero podemos irnos por donde vinimos.
– ¿No sospechará nadie mañana cuando la puerta no esté cerrada con llave? – preguntó Blake.
Caroline negó con la cabeza.
– Sé como cerrar la puerta para que el cerrojo se cierre solo. Nadie lo sabrá nunca.
– Bueno – dijo James – escapemos.
El trío se movió silenciosamente por la casa, parando un momento fuera del salón del ala sur, de manera que James pudiera volver a cerrar la puerta, y salieron al patio de al lado. Unos minutos más tarde se encontraban junto a los caballos de los hombres.
– Mi caballo está allí solo – dijo Caroline, señalando un pequeño grupo de árboles al otro lado del jardín.
– Supongo que quieres decir mi caballo – dijo Blake en tono brusco – del que te has apropiado oportunamente.
Ella emitió un bufido de enojo.
– Pido disculpas por mi uso impreciso del inglés, señor Ravenscroft, yo…
Pero todo lo que ella iba a decir (y Caroline aún no estaba segura de lo que sería) se perdió bajo el sonido de las maldiciones de James. Antes de que ella o Blake pudieran decir nada, él los había llamado a los dos cabezas de chorlito, idiotas, y algunas más, que Caroline no comprendió en absoluto. Estaba completamente segura, de cualquier forma, que eso era un insulto. Y entonces, antes de que alguno de ellos tuviera oportunidad de responder, James había montado en su caballo, y se alejaba hacia la colina.
Caroline parpadeó y se volvió hacia Blake.
– Está bastante enfadado con nosotros ¿verdad?
La respuesta de Blake fue levantarla poniéndola encima de su caballo y saltó detrás de ella. Cabalgaron rodeando la propiedad de Prewitt Hall hasta alcanzar los árboles donde ella había atado su caballo y pronto Caroline estuvo encima de su propia montura.
– Sígueme – le ordenó Blake y salió a medio galope.
Una hora o así más tarde, Caroline seguía a Blake atravesando la puerta principal de Seacrest Manor. Ella estaba cansada y dolorida, y no quería más que arrastrarse hasta la cama; pero antes que ella pudiera llegar corriendo hasta las escaleras, él la agarró a ella por el codo y la condujo hasta el estudio.
O quizás la empujó sería un término más preciso.
– ¿Esto no puede esperar hasta mañana? – preguntó Caroline bostezando.
– No.
– Tengo un montón de sueño.
Sin respuesta.
Caroline decidió intentar una táctica diferente.
– ¿Qué supones que le sucedió al marqués?
– Particularmente no me preocupa.
Ella parpadeó. Que raro. Ella bostezó otra vez, incapaz de defenderse.
– ¿Es tu intención regañarme? – preguntó – porque si lo es, también te podría advertir que no me siento con fuerzas para ello.
– ¿Que no te sientes con fuerzas para ello? – dijo a gritos.
Ella negó con la cabeza y se dirigió hacia la puerta. No intentaría razonar con él cuando estaba de semejante humor.