Y Blake supo que estaba condenado.
Nunca podría poseerla, nunca la amaría del modo en que ella se merecía, pero él era demasiado egoísta para dejarla. En este momento podría y fingiría que él era suyo, que ella era suya, y que su corazón no estaba destrozado.
Se dejaron caer sobre el sofá, Caroline se colocó suavemente encima de él, que sin pérdida de tiempo cambió su posición con ella. Quería sentirla moverse bajo él, retorciéndose con el mismo deseo que le estaba consumiendo. Deseaba ver como sus ojos se oscurecían y ardían de necesidad. Sus manos se deslizaron sigilosamente por debajo de la camisa de ella, oprimiendo de forma atrevida su ágil pierna, antes de deslizarse hacía su muslo suave. Ella gimió bajo él, un sonido delicioso que podía haber sido su nombre, o podía haber sido solo un gemido, pero a Blake no le importó. Todo lo que él quería era a ella.
Toda ella.
– Dios me ayude, Caroline – dijo él, casi sin reconocer el sonido de su propia voz – te necesito, esta noche, ahora. Te necesito.
Las manos de él se dirigieron hacia los botones de su pantalón, moviéndose frenéticamente para liberarse de ellos. De todas formas, tenía que sentarse para quitárselos, fue justo el tiempo suficiente para que ella lo mirara, para verlo realmente, y en esa fracción de segundo su nube de pasión desapareció y ella salió tambaleándose del sofá.
– No – dijo boquiabierta – no me gusta esto, no sin… no.
Blake la vio irse, odiándose por abalanzarse sobre ella como un animal. Pero ella lo sorprendió parándose en la puerta.
– Vete – dijo él con voz ronca. Si ella no se iba de la habitación en ese instante, sabía que la seguiría, y entonces no habría escapatoria.
– ¿Estarás bien?
Él la miró fijamente conmocionado. Casi la había deshonrado. Habría tomado su virginidad sin mirar atrás.
– ¿Porqué lo preguntas? ¿Tú estarás bien?
Ella no se iba a quedar sin responder, así que afirmó con la cabeza.
– Vale, te veré mañana.
Y ella se marchó.
CAPITULO 13
dith-er (sustantivo). Un estado de excitación temblorosa o temor; también vacilación, un estado de confusión.
Sólo una palabra de él me hace temblar (dither), y juro que no me gusta nada.
Del diccionario personal de Caroline Trent.
El mayor deseo de Caroline era evitar a Blake durante los próximos quince años. Pero con la suerte que tenía, a la mañana siguiente chocó literalmente con él; desgraciadamente para su orgullo, este “choque” fue acompañado con la caída de una media docena de libros gruesos sobre el suelo, algunos de los cuales golpearon las piernas y pies de Blake al caer. Él aulló de dolor, y ella solo quería gritar de vergüenza, pero en lugar de eso, empezó a hablar con incoherencia pidiendo disculpas y dejándose caer a la alfombra para recoger los libros. Al menos de ese modo él no vería el vívido rubor que teñía sus mejillas en el momento de estrellarse con él.
– Creí que estabas limitando tus esfuerzos a redecorar a la biblioteca. ¿Que rayos estás haciendo con esos libros aquí fuera, en el pasillo?
Ella lo miró directamente a sus claros ojos grises. ¡Joder! Si tenía que verlo esta mañana, ¿porque tenía que ser estando a gatas?
– No estoy redecorando – dijo ella con voz altanera – estoy volviendo a llevar estos libros a mi habitación para leer.
– ¿Seis? – preguntó dubitativamente.
– Soy bastante culta.
– Nunca lo dudé.
Ella frunció sus labios, queriendo decirle que escogía leer porque podría permanecer en su cuarto y no tendría que verlo de nuevo, pero tuvo la sensación que eso conduciría a una larga e interminable discusión, que era lo último que ella quería.
– ¿Deseaba usted algo más, señor Ravenscroft?
Ella se ruborizó, se sonrojó verdaderamente. Él había dejado bastante claro la noche anterior que la deseaba. Agitó sus manos con un movimiento expansivo que a ella le pareció molestamente condescendiente.
– Nada – dijo él – nada en absoluto, si quieres leer, por favor, siéntete como en tu casa, léete todos los malditos libros si eso te satisface. Nada más, eso te mantendrá lejos de problemas.
Ella contuvo otra réplica, pero se le hacía cada vez más difícil mantener la boca cerrada.
Apretó los libros con sus brazos contra las caderas, y preguntó
– ¿Se ha levantado ya el marqués esta mañana?
La expresión de Blake se oscureció antes de decir
– Él se fue.
– ¿Se fue?
– Se fue – y entonces, como si ella no pudiera captar el significado de las palabras, añadió:
– Exactamente se ha ido.
– ¿Pero dónde iría?
– Me figuro que justamente ahora iría a cualquier lugar que lo alejara de nuestra compañía, pero da la casualidad de que fue a Londres.
Los labios de ella se separaron debido al asombro.
– Pero eso nos deja solos.
– Exactamente solos – asintió, ofreciéndole una hoja de papel – ¿Te gustaría leer su nota?
Ella asintió, tomó la nota de sus manos y leyó:
Ravenscroft.
He ido a Londres con el propósito de poner en guardia a Moreton de nuestros planes. Me llevo la copia de la carpeta de Prewitt. Me doy cuenta que esto te deja sólo con Caroline, pero sinceramente, eso no es más inapropiado que el hecho de que ella conviva en Seacrest Manor con los dos. Además de que ambos me estabais volviendo loco.
Riverdale.
Caroline lo miró con una expresión precavida.
– No te gusta esta situación.
Blake reflexionó la declaración de ella. No, a él no le “gustaba” esta situación. No le “gustaba” tenerla bajo su techo, al alcance de su mano. A él no le “gustaba” saber que el objeto de su deseo era suyo si lo quería. James no había estado mucho tiempo haciendo de carabina, y naturalmente no había nadie que la pudiera salvar.
– Estoy bien – dijo él.
– Es realmente admirable lo bien que puedes pronunciar incluso cuando hablas entre dientes, pero aún así, no pareces estar bien. Quizá debería llevarte a la cama.
De repente en la sala se sentía un calor asfixiante y Blake dijo bruscamente
– Esto no es muy buena idea, Caroline.
– Lo sé, lo sé, los hombres son los peores pacientes. ¿Te imaginas si tuvieras que parir bebés?
– La raza humana se habría extinguido.
Él se volvió sobre sus talones.
– Me voy a mi habitación.
– Oh, bien, deberías hacerlo. Estoy segura de que te sentirás mucho mejor si descansas un poco.
Blake no le respondió, se marchó a grandes zancadas hacia la escalera. Sin embargo, cuando llegó al primer peldaño, se dio cuenta de que ella estaba justo detrás de él.
– ¿Qué estás haciendo aquí? – le dijo bruscamente.
– Te estoy siguiendo a tu habitación.
– ¿Haces eso por alguna razón en particular?
– Estoy velando por tu bienestar.
– Pues hazlo en cualquier otro lugar.
– Eso – dijo ella firmemente – es totalmente imposible.
– Caroline – le regañó, creyendo que su mandíbula se partiría en dos en cualquier momento – me estas sacando de quicio totalmente en serio.
– Por supuesto. Cualquiera en tu situación estaría así. Sin duda padeces algún tipo de enfermedad.
Él subió dos peldaños.
– No estoy enfermo.
Ella subió uno.
– Por supuesto que lo estás, podrías tener fiebre o quizás la garganta malísima.
El se giró violentamente.