– Repito: no estoy enfermo.
– No me hagas repetir mi frase también. Parecemos niños, y si no me permites ayudarte, solo conseguirás ponerte más enfermo.
Blake sintió como una presión ascendía dentro de él (algo que le era imposible de contener)
– No estoy enfermo.
Ella dejó salir un suspiro de frustración.
– Blake, yo…
Él la cogió a ella por debajo de los brazos y la elevó hasta que estuvieron nariz con nariz, los pies de ella colgaban en el aire.
– No estoy enfermo, Caroline – dijo él, bajando un poco el volumen – y no tengo fiebre, y no tengo mal la garganta, y estoy tan estupendamente bien, que no necesitas preocuparte por mi. ¿comprendes?
Ella afirmó con la cabeza.
– ¿Sería posible que me bajaras?
– Vale – la colocó en el suelo con sorprendente gentileza, se dio la vuelta y subió por las escaleras.
No obstante, Caroline iba justo detrás de él.
– Creí que querías evitarme – dijo él bruscamente, dándose la vuelta y encarándose con ella cuando llegó arriba.
– Lo hacía, quiero decir, lo hago. Pero estás enfermo, y…
– ¡No estoy enfermo! – le gritó.
Ella no dijo nada, y estaba bastante claro que no lo creía.
Él puso las manos en sus caderas y se inclinó hasta que sus narices estuvieron escasamente a unas pulgadas.
– Diré esto lentamente para que hasta una entrometida como tú me entienda. Voy a mi cuarto ahora, No me sigas.
Ella no le escuchó.
– ¡Dios mío, mujer! – exclamó no más de dos segundos después, cuando ella chocó con él volviendo la esquina – ¿De qué forma se puede conseguir que llegue una orden a tu cerebro? Eres como la peste, tú… oh, Jesús ¿qué pasa?
La cara de Caroline, que había permanecido combatiente y determinada en sus esfuerzos por cuidarlo, se había descompuesto totalmente.
– Nada – dijo ella sorbiéndose la nariz.
– Obviamente pasa algo.
Sus hombros se elevaron y cayeron en un movimiento de menosprecio hacia sí misma.
– Percy me decía lo mismo. Él es idiota, y lo sé, pero a pesar de eso, duele. Es solo, que yo creía…
Blake se sintió como la peor de las bestias.
– ¿Qué creías, Caroline? – preguntó cortésmente.
Ella negó con la cabeza y empezó a alejarse.
Él la observó por un momento, tentado de dejarla marcharse. Después de todo, había sido como una espina clavada en su costado (por no mencionar otras partes de su anatomía) esa mañana. La única manera en que conseguiría algo de paz sería mantenerla fuera de su vista.
Pero el labio inferior de ella había temblado, y sus ojos le había parecido que comenzaban a humedecerse, y…
– Diablos – murmuró – Caroline vuelve aquí.
Ella no lo escuchó, así que él corrió a grandes pasos por el pasillo, alcanzándola justo cuando ella estaba llegando a las escaleras. Con rápidos pasos se colocó entre ella y la escalera.
– Para, Caroline. Ahora.
Él oyó como ella sorbía por la nariz, y entonces se giró.
– ¿Qué quieres, Blake? Realmente debo irme. Estoy segura de que tu puedes cuidar de ti mismo. Tú lo dijiste también, y estoy segura de que no me necesitas.
– ¿Porqué de repente parece como si fueras a llorar?
Ella tragó saliva.
– No voy a llorar.
Él se cruzó de brazos y la miró como diciendo que no la creía ni por un momento.
– Dije que no pasaba nada – masculló.
– No te voy a dejar bajar estas escaleras hasta que no me digas lo que pasa.
– Vale, entonces iré a mi habitación – se dio la vuelta y dio un paso, pero el la enganchó de la camisa y la atrajo hacia él
– Supongo que ahora vas a decir, que no vas a dejarme ir hasta que te lo diga – gruñó ella.
– Te estás volviendo perspicaz con la edad.
Ella cruzó sus brazos de forma rebelde.
– Oh, por el amor de Dios. Eres totalmente ridículo.
– Te dije una vez que eres mi responsabilidad, Caroline, y no tomo mis responsabilidades a la ligera.
– ¿Lo que significa?
– Lo que significa que si estás llorando, deseo poner fin a eso.
– No estoy llorando – murmuró ella.
– Ibas a hacerlo.
– ¡Oh! – exclamó ella, abriendo los brazos de la exasperación.
– ¿Te ha dicho alguien alguna vez que eres tan terco como… como…
– ¿Como tú? – le dijo servicialmente.
Sus labios se cerraron en una línea firme y ligeramente arqueada al mismo tiempo que lo apuñalaba con la mirada.
– Habla, Caroline, no te dejaré pasar hasta que no lo hagas.
– ¡Vale! ¿Quieres saber porque cambié bruscamente? Está bien, te lo diré. – Ella tragó saliva, reuniendo el valor que no sentía – ¿Tú te diste cuenta que me comparaste con la peste?
– Oh, por el amor de… – se mordió el labio, probablemente para no maldecir delante de ella.
Caroline pensó mordazmente, que maldiciendo, él nunca se había detenido antes.
– Debes saber – dijo él – que no quería decir eso literalmente.
– Todavía me duele.
Él la miró intensamente.
– Admitiré que ese no es el comentario más agradable que haya hecho nunca y pido disculpas por ello, pero te conozco lo suficiente para saber que solo eso no sería lo que te hizo llorar.
– No estaba llorando – dijo ella automáticamente.
– Casi llorando – corrigió – y me gustaría que me contaras la historia completa.
– Oh, muy bien. Percy solía llamarme pestilencia y peste a cada minuto. Era su insulto favorito.
– Tú lo mencionaste. Tomaré eso como otra señal de que hablé de forma estúpida.
Ella tragó y apartó la mirada.
– Yo nunca le di importancia a sus palabras, era Percy después de todo, y él era tonto de remate. Pero entonces tú lo dijiste, y…
Blake cerró los ojos durante un largo segundo, sabiendo lo próximo que diría, y le dio auténtico pavor.
Un sonido ligeramente ahogado surgió de la garganta de Caroline antes de decir
– Y entonces creí que probablemente sería cierto.
– Caroline, yo…
– Porque tú no estás loco, y sé incluso mejor de lo que sabía, que Percy lo estaba.
– Caroline – dijo él firmemente – soy tonto, absolutamente tonto y estúpido al referirme a ti con algo que no sea el mayor de los elogios.
– No necesitas mentir para hacerme sentir mejor.
La miró con el ceño fruncido. O mejor dicho, a la parte superior de su cabeza, desde que ella se miraba los pies
– Te dije que nunca miento.
Ella lo miró desconfiada.
– Me dijiste que raramente mientes.
– Miento cuando está en juego la seguridad de Gran Bretaña, no tus sentimientos.
– No estoy segura de si eso es, ó no es un insulto.
– De ninguna manera es un insulto, Caroline. ¿ Y porque creerías que estaba mintiendo?
Ella puso sus ojos en blanco hacia él.
– Tú fuiste menos que afectuoso conmigo anoche.
– Anoche más bien quería estrangularte – admitió – pones tu vida en peligro sin razón.
– Creí que salvarte la vida era una razón bastante buena para mí – le dijo bruscamente.
– No quiero discutir sobre eso en este momento. ¿Aceptas mis disculpas?
– ¿Por qué?
Él elevó una ceja.
– ¿Quiere esto decir que tengo más de un motivo por el que debo disculparme?
– Señor Ravenscroft, me faltan números para contar…
Él sonrió abiertamente.
– Ahora sé que me has perdonado, si estás de broma.
Esta vez fue ella la que alzó la ceja, y él se percató de que ella se las apañó para parecer casi tan arrogante como él cuando lo hacía.
– ¿Y que te hace pensar que estoy de broma? – Pero entonces ella se rió, lo que arruinó bastante el efecto.