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– Encuentro eso difícil de creer, señorita Fairwich.

La condesa encogió los hombros.

– Es un edificio grande, llevo casada con el conde diez años, y aun no he pisado el ala este.

Caroline tragó con dificultad y sonrió débilmente, sin tener ni idea de como responder a eso.

– Insisto en que nos acompañe – dijo la condesa, enlazando su brazo alrededor del de Caroline – y le advierto que no suelo discutir; siempre me salgo con la mía.

– Eso, señorita Fairwich, no lo encuentro difícil de creer en absoluto.

La condesa emitió una risa vibrante.

– Señorita Dent, creo que usted y yo vamos a llevarnos estupendamente.

Caroline tragó saliva.

– ¿Entonces piensa permanecer en Bournemouth durante algún tiempo?

– Oh, una semana más o menos. Sería tonto hacer todo el recorrido hasta aquí y entonces volvernos otra vez.

– ¿Todo el camino? ¿No son unas cien millas? – dijo Caroline frunciendo el ceño. ¿No era eso lo que Blake había dicho esta mañana?

– Cien millas, doscientas millas, quinientas millas… – la condesa hizo el gesto de la mano de los Ravenscroft – si tengo que empaquetar, ¿que diferencia hay?

– Yo, yo, yo, creo que no lo sé – contestó Caroline, sintiendo como si hubiera sido demolida por un ciclón.

– ¡Sally! – gritó la condesa, volviéndose hacia su doncella – la señorita Dent va a llevarme a casa de mi hermano, ¿Por qué no te quedas aquí con Félix y cuidas nuestras bolsas? Enviaremos a alguien a por ti enseguida.

La condesa dio un paso en dirección a Seacrest Manor, arrastrando a Caroline prácticamente con ella.

– Quizá mi hermano se asombre al verme – parloteaba ella.

Caroline se movió hacia delante tambaleándose.

– Quizá esté en lo cierto.

Blake no estaba de buen humor.

Evidentemente había perdido el poco juicio que alguna vez hubiera tenido. No había otra explicación para llevarse a Caroline a su habitación y casi violarla a plena luz del día. Y por si eso no era suficientemente malo, ahora estaba dolorido por sus necesidades insatisfechas, gracias a su entrometido mayordomo.

Pero lo peor (lo francamente peor) de todo era que ahora Caroline había desaparecido de repente. Había registrado la casa de arriba a abajo, de delante a atrás, y ella no se encontraba en ningún sitio. No creía que se hubiera escapado, tenía demasiado juicio como para hacer eso. Probablemente estaría fuera paseando por el campo, intentando despejar su cabeza.

Lo que hubiera sido perfectamente comprensible y una tarea ciertamente digna de elogio, si no hubiera carteles pegados por todo el condado con una cara tan parecida a la suya. No era muy bueno el parecido, estaba seguro (Blake todavía pensaba que el artista debería haberla pintado sonriendo); pero aun así, si alguien la encontraba y la llevaba hasta Prewitt…

Tragó saliva nerviosamente. No le gustó la sensación de vacío que sintió al pensar que ella se había marchado.

¡Demonio de mujer! No tenía tiempo para complicaciones como ésta, y desde luego no había cabida para otra mujer en su corazón.

Blake maldijo entre dientes y apartó a un lado un parte de cortina transparente examinando el jardín lateral. Caroline debió haberse marchado a través de las escaleras de los sirvientes, era la única salida a la que había tenido acceso desde el cuarto de baño. Exploró el terreno totalmente, pero había inspeccionado ese lado más a menudo; por alguna razón creía que ella volvería por el mismo sitio por el que se había marchado. No sabía por qué. Parecía del tipo de personas que haría eso.

Sin embargo, no había ni rastro de ella, así que Blake volvió a maldecir y dejó caer la cortina. Fueron golpetazos bastante estridentes y fuertes de hombres, lo que oyó en la puerta principal.

Blake maldijo por tercera vez, incomprensiblemente irritado por haberse adelantado equivocadamente al comportamiento de ella. Caminó hasta la puerta con pasos largos y rápidos, su cerebro lleno a rebosar con la bronca que le iba a echar. Cuando hubiera terminado con ella, no se volvería a atrever a correr esa clase de hazañas otra vez.

Su mano agarró el pomo de la puerta y la abrió tirando con fuerza, su voz era un gruñido enfadado cuando dijo

– ¿Dónde demonios has…

Su aflicción aumentó notablemente.

Parpadeó.

Abrió bruscamente su boca para volverla a cerrar.

– ¿Penélope?

CAPITULO 15

so-ror-i-cide (sustantivo). Acción de asesinar a la hermana de uno mismo.

Yo temía un fraticidio (sororicide). Sinceramente.

Del diccionario personal de Caroline Trent.

Penélope le sonrió despreocupadamente, y a grandes pasos entró al vestíbulo.

– Es tan agradable verte, Blake. Estoy segura de que estás sorprendido.

– Sí, sí, puedes estar segura.

– Habría venido antes

¿Antes?

– Pero tuve un leve accidente del carruaje y de no haber sido por la querida señorita Dent aquí presente.

Blake se volvió a mirar hacia la puerta y vio a Caroline.

¿Caroline?

– Habría estado completamente desamparada, Por supuesto, no tenía ni idea de que estábamos tan cerca de Seacrest Manor, y como te estaba diciendo, si no hubiera sido por la amable señorita Dent.

El se volvió para mirar a Caroline, quien estaba sacudiendo frenéticamente la cabeza hacia él.

– ¿Señorita Dent?

– ¿Quién sabe el tiempo que habría permanecido sentada sobre mi equipaje a un lado de la carretera, a unos pocos minutos de mi lugar de destino?.

Penélope hizo un alto para respirar y le sonrió con placer.

– ¿No es para morirse de risa esa ironía?

– Eso no es lo único – murmuró Blake.

Penélope se puso de puntillas y lo besó en la mejilla.

– El mismo de siempre, hermano, sin sentido del humor.

– Tengo un perfecto sentido del humor – dijo, un poco a la defensiva – es solo, que no suelo ser sorprendido (totalmente sorprendido podría añadir) por un huésped inesperado. Y tú has traído hasta aquí a la señorita… diablos… ¿cómo narices la has llamado?

– Dent – aportó Caroline servicialmente – señorita Dent.

– Ah, y ¿hemos sido presentados?

Su hermana lanzó una mirada de disgusto en su dirección, que no le sorprendió en lo más mínimo. Se suponía que un caballero no olvidaba a una dama y Penelope gozaba de un buen repertorio de buenas maneras.

– ¿no lo recuerdas? – dijo en voz muy alta, fue en el baile del otoño pasado del condado. La señorita Dent me habló de él.

¿El baile del condado? ¿Qué clase de cuentos había estado contando Caroline referente a él?

– Por supuesto – dijo con voz suave – no recuerdo quién nos presentó, más bien. ¿Fue su primo?

– No – replicó Caroline, con una voz tan dulce que bien podría haber estado empapada de miel – fue mi tía abuela, la señora Mumblethorpe ¿la recuerda?

– ¡Ah, si! – dijo efusivamente, haciéndole indicaciones para que entrara en el vestíbulo – la excelente señora Mumblethorpe ¿cómo podría olvidarla? Es una dama peculiar. La última vez que cenamos juntos ella mostró su nueva habilidad de cantar al modo tirolés.

Caroline tropezó al andar.

– Sí – dijo ella entre dientes, apoyando su brazo contra el marco de la puerta para evitar la caída – tuvo una época estupenda cuando viajó a Suiza.

– Mmmmm, sí, de hecho, ella lo dijo cuando acabó su demostración; creo que el condado por completo se enteró de cuanto había disfrutado ella en sus viajes.