– Si yo fuera tú, no me quejaría. Al menos esto significa que puedes salir del cuarto de baño.
Caroline lo miró fijamente, verdaderamente molesta con su sonrisa. Se puso de pie y colocó las manos en sus caderas.
– Caramba, estamos buscando guerra esta tarde ¿verdad?
– No seas condescendiente conmigo.
– Es que esto es tan gracioso.
Ella le arrojó violentamente el orinal.
– Puedes usar esto en tu propia habitación.
Blake lo esquivó y se rió a pesar suyo, cuando el orinal se hizo pedazos al chocar contra la pared.
– Bueno, supongo que puedo estar agradecido de que no estuviera lleno.
– Si hubiera estado lleno – siseó ella – habría apuntado a tu cabeza.
– Caroline, esta situación no es por mi culpa.
– Lo sé, pero yo no tengo que alegrarme por eso.
– Ahora, estás siendo un poco irrazonable.
– Me da igual – Ella le tiró una pastilla de jabón. Se quedó pegada contra la pared.
– Tengo todo el derecho a ser irrazonable.
– ¿Oh? – Esquivó su maquinilla de afeitar que volaba por el aire.
Ella lo miró encolerizadamente.
– Para tu información, la semana pasada, he sido, oh, déjame ver, casi violada, raptada, atada a la pata de una cama, forzada a toser hasta quedarme sin voz.
– Eso fue por tu culpa.
– Por no mencionar el hecho de que me embarqué en un acto delictivo al irrumpir en mi anterior hogar, a punto de ser atrapada por mi detestable tutor.
– No olvides tu tobillo fracturado – añadió él.
– ¡Ooooohhhh! Podría matarte – otra pastilla de jabón voló hacia su cabeza rozando su oreja.
– Señora, desde luego estás haciendo buenos intentos.
– ¡Y ahora! – gritó ella – Y ahora, como si todo eso no fuera lo suficientemente indigno, me veo obligada a vivir durante una semana en un cuarto de baño asqueroso.
Visto así, Blake consideró que la situación era condenadamente graciosa. Mordió su labio, intentando controlar su risa.
No tuvo éxito.
– ¡No te rías de mí! – sollozó ella.
– ¿Blake?
Se puso absolutamente serio en menos de un segundo.
– ¡Es Penélope! – susurró.
– ¿Blake?¿Qué son todos esos gritos?
– ¡Rápido! – siseó él, empujándola por la espalda hasta el hueco de la escalera.
– ¡Escóndete!
Caroline se alejó a toda prisa, y al mismo tiempo, Penélope abría la puerta del cuarto de baño, mientras ella cerraba la del hueco de las escaleras.
– ¿Blake? – preguntó Penélope por tercera vez – ¿Qué es todo este alboroto?
– No es nada, Penny, yo…
– ¿Qué pasó aquí? – chilló ella.
Blake miró alrededor y tragó saliva. Había olvidado el desorden que había por el suelo. Pedazos del orinal, su maquinilla de afeitar, una toalla o dos…
– Yo, er… – le pareció que era más fácil mentir para la seguridad nacional que para su hermana mayor.
– ¿Es eso una pastilla de jabón pegada en la pared? – preguntó Penélope.
– Um… si, parece que es eso.
Ella señaló al suelo.
– ¿Y es esto otra pastilla de jabón?
– Er… si, debo estar bastante torpe esta mañana.
– Blake, ¿hay algo que me estés ocultando?
– Hay unas cuantas cosas que te oculto – dijo con absoluta honestidad, intentando no pensar en Caroline sentada en el hueco de la escalera, probablemente riéndose al evitar su difícil situación.
– ¿Qué es esto que hay en el suelo? – Penélope se agachó y recogió algo blanco.
– ¡Vaya! ¡Es la nota que escribí a la señorita Dent! ¿Qué hace aquí?
– No he tenido oportunidad de enviársela todavía, gracias a Dios, Caroline había olvidado abrirla.
– ¡Por amor de Dios! No la dejes en el suelo – entrecerró sus ojos y levantó la vista para mirarlo.
– Ya veo. Blake ¿Te pasa algo?
– En realidad, no – contestó, aprovechando la oportunidad que ella le ofrecía – he estado algo mareado desde hace más o menos una hora. Así es como volqué el orinal.
Ella tocó su frente – no tienes fiebre.
– Estoy seguro que no es nada que no se cure con una buena noche de sueño.
– Supongo – Penélope frunció los labios – pero si mañana no te sientes mejor, voy a llamar al doctor.
– Estupendo.
– Quizás deberías acostarte ahora mismo.
– Sí- dijo él – prácticamente empujándola fuera del cuarto de baño – esa es una excelente idea.
– De acuerdo, entonces. Volveré después a taparte con las sabanas.
Blake dejó salir un enorme suspiro, al tiempo que cerraba la puerta del cuarto de baño detrás de él. Ciertamente no era feliz por el último giro de los acontecimientos. Lo último que él quería era que su hermana mayor estuviera continuamente quejándose.
Pero sin duda, era preferible eso que descubrir a Caroline en medio de los pedazos del orinal y los trozos de jabón.
– ¿Señor Ravenscroft?
Él levantó la vista. Perriwick permanecía de pie en la puerta, llevando una bandeja de plata cargada con un verdadero banquete. Blake comenzó negar con la cabeza frenéticamente, pero fue demasiado tarde, Penélope ya estaba de vuelta.
– Oh, Perriwick – dijo ella – ¿qué es esto?
– Comida – le reveló totalmente confundido con su presencia. Echó un vistazo a su alrededor.
Blake frunció el ceño. El condenado mayordomo estaba obviamente buscando a Caroline; Perriwick podía haber sido discreto, pero era absolutamente torpe cuando se trataba de disimular.
Penélope miró a su hermano con ojos interrogantes
– ¿Tienes hambre?
– Er… Sí, pensé tomar un bocado para merendar.
Ella levantó la tapa de una de las fuentes, dejando ver una porción de carne asada muy grande.
– Esto es más que un bocado.
Los labios de Perriwick se estiraron en una débil sonrisa melosa.
– Pensamos darle algo sustancial ahora, ya que pidió una comida ligera para cenar.
– Qué considerado – refunfuñó Blake, habría apostado sus dientes delanteros a que esa carne era la que en principio le iban a preparar para cenar. Probablemente Perriwick y la señora Mickle habrían acordado enviarle la comida más buena a Caroline, y darles gachas de avena a los “reales” ocupantes de Seacrest Manor. Lo más seguro que ellos no habían mantenido en secreto su desaprobación cuando Blake les informó del nuevo domicilio de Caroline.
Perriwick se volvió hacia Penélope mientras dejaba la bandeja sobre la mesa.
– Si me permite, señorita.
– ¡Perriwick! – rugió Blake – si oigo la frase “si me permite” una vez más, como que Dios existe, voy a arrojarte al Canal.
– Oh, vaya – dijo Penélope – quizá tenga fiebre, después de todo. Perriwick, ¿tú que crees?
El mayordomo se dirigió a la frente de Blake, cuando su mano estuvo a punto de ser mordida.
– Tócame y morirás – gruñó Blake.
– ¿Un poquito gruñón esta tarde, eh? – dijo Perriwick con una sonrisa burlona.
– Estaba estupendamente bien hasta que has llegado.
Penélope le dijo al mayordomo.
– Está actuando de manera muy extraña toda la tarde.
Perriwick afirmó con un movimiento regio de la cabeza.
– Quizá deberíamos dejarlo, un poco de descanso podría ser lo que necesita.
– Muy bien – Penélope siguió al camarero hasta la puerta – te dejaremos sólo, pero si me entero de que no has echado una siesta, voy a enfadarme mucho contigo.
– Sí, sí – dijo Blake apresuradamente, intentando encaminarlos fuera de la habitación – prometo que descansaré, no me molestéis, tengo el sueño muy ligero.
Perriwick dejó escapar un fuerte resoplido que no guardaba de ninguna manera relación con su habitual semblante solemne.