Blake cerró la puerta detrás de ellos y se apoyó contra la pared dando un enorme suspiro.
– Buen Dios – se dijo para sí – a este paso me convertiré en un viejo zopenco antes de cumplir los treinta.
– Hmmmm – se oyó una voz desde el cuarto de baño – diría que ya vas por buen camino.
Levantó la vista para ver a Caroline en la puerta con una fastidiosa y enorme sonrisa en su cara.
– ¿Qué quieres? – dijo enfadado.
– Oh, nada – dijo ella ingenuamente – solo quería decirte que lo hiciste estupendo.
Él entrecerró los ojos de forma suspicaz.
– ¿Qué quieres decir?
– Vamos a decir que he descubierto el humor en nuestra situación.
Él le gruñó y dio un paso amenazador hacía adelante.
Pero ella no parecía acobardada.
– En realidad, no recuerdo la última vez que me reí tanto – dijo ella, cogiendo la bandeja de comida.
– Caroline ¿tú aprecias tu cuello?
– Si, le tengo cariño, ¿Por?
– Porque si no cierras el pico, te voy a estrangular.
Ella volvió rápidamente al cuarto de baño.
– Tú ganas – y cerró la puerta, dejandolo echando humo en su habitación.
Y por si esto no fuera suficientemente malo, el siguiente sonido que él oyó fue un fuerte chasquido.
La maldita mujer le había cerrado la puerta. Se había llevado toda la comida y le había cerrado la puerta.
– ¡Pagarás por esto! – le gritó a la puerta.
– Cállate – le llegó una respuesta amortiguada – estoy comiendo.
CAPITULO 16
ti-ti-vate (verbo). Hacer pequeños cambios o añadidos al atuendo de uno mísmo.
Atrapada como estoy en el cuarto de baño, al menos tengo tiempo para efectuar algunos cambios (titivation). Juro que mi pelo nunca se ha visto tan elegante.
Del diccionario personal de Caroline Trent.
Más tarde, mientras estaba cenando esa noche, a Blake se le ocurrió que le encantaría asesinar a la señorita Caroline Trent. También pensó que no era un sentimiento nuevo. Ella había puesto su vida patas arriba, se había colado en ella, volviéndola del revés, y ciertamente en incontables veces, encendía un fuego interior.
A pesar de eso, pensó generosamente, que quizá matarla sería una palabra un poco fuerte. Él no era tan orgulloso como para no admitir que ella le gustaba cada vez más. Pero sin duda alguna, quería amordazarla. Sí, una mordaza sería ideal. Y así ella no podría hablar.
Genial.
– Oye, Blake – dijo Penélope con una mirada recelosa – ¿esto es sopa?
Él hizo un gesto afirmativo.
Ella miró el caldo casi transparente de su plato.
– ¿Seguro?
– Sabe como el agua salada – dijo él de forma lenta y cansada – pero la señora Mickle me asegura que es sopa.
Penélope tragó una cucharada, indecisa, y tomó un largo sorbo de vino tinto
– ¿Supongo que no tienes nada del jamón que sobró de tu merienda?
– Te aseguro que nos sería totalmente imposible tomar algo de ese jamón.
Si su hermana encontró su forma de hablar un poco extraña, no lo dijo. En lugar de eso, dejó su cuchara y preguntó
– ¿Trajo Perriwick algo más? Un trozo de pan, quizás.
Blake negó con la cabeza.
– ¿Tú siempre comes tan… poco por la noche?
De nuevo, él movió la cabeza negativamente.
– Oh, entonces ¿esto es una ocasión especial?
Él no tenía ni idea de cómo responder a eso, así que se limitó a tomar otra cucharada de la deplorable sopa.
Seguro que tendría que tener algún tipo de valor nutricional en algún lado.
Pero entonces, para su gran sorpresa, Penélope se dio una palmada sobre la boca, se puso tan roja como la remolacha, y dijo:
– ¡Oh! ¡Cuánto lo siento!
Él dejó su cuchara lentamente.
– ¿Perdona?
– Por supuesto que es una ocasión especial. Lo había olvidado completamente. Cuánto lo siento.
– Penélope. ¿De qué diantres estás hablando?
– Marabelle.
Blake sintió como una emoción extraña le aprisionaba en el pecho ¿Porqué mencionaría Penélope a su difunta prometida ahora?
– ¿Qué pasa con Marabelle? – preguntó con una voz totalmente tranquila.
Ella parpadeó.
– Oh, oh, entonces, tú no lo recuerdas. No importa. Por favor, olvida lo que dije.
Blake miró a su hermana con desconfianza, mientras ella arremetía contra el plato de sopa como si se tratase de maná venido del cielo.
– En el nombre de Dios, Penélope. Lo que quiera que sea que estabas pensando, dilo.
Ella se mordió el labio con indecisión.
– Hoy es once de Julio, Blake – su voz era suave y llena de compasión. Él la miró fijamente sin comprender durante un momento, hasta que recordó. El once de Julio. El aniversario de la muerte de Marabelle; se puso de pie tan bruscamente que su silla se volcó.
– Te veré mañana – dijo con voz cortante.
– ¡Espera Blake! ¡No te vayas!
Ella se levantó y corrió tras él, que se encaminaba a grandes pasos hacia su habitación.
– ¡No deberías estar sólo precisamente ahora!
Él se detuvo en el camino, pero no se volvió a mirarle a la cara mientras le decía
– No lo entiendes, Penélope, yo siempre estaré solo.
Dos horas más tarde, Blake se encontraba bien, y borracho. Sabía que eso no le haría sentirse mejor, pero pensaba que un trago más podría hacerle sentir menos.
Sin embargo, no funcionó.
¿Cómo lo había olvidado? Cada año la había recordado y lo había celebrado con un regalo especial, algo para honrar su muerte, de la forma en que él había intentado y fallado, honrarla en vida. El primer año habían sido flores en su tumba. Vulgar, lo sabía, pero su sufrimiento era enorme aún, y él era todavía joven, y no sabía que más hacer.
Al año siguiente, plantó un árbol en su honor en el lugar donde fue asesinada, de algún modo le pareció apropiado. Como una jovencita, a Marabelle le habría sido posible subir a un árbol más rápido que a cualquier chico de la comarca.
Los años siguientes, había sido rememorada con una donación a una casa para niños huérfanos, una ofrenda de libros a su antiguo colegio, y un cheque bancario anónimo a sus padres, que siempre se habían empeñado en vivir por sus propios medios.
Pero este año… nada.
Fue dando tumbos descendiendo por el camino de la playa, utilizando un brazo para mantener el equilibrio, mientras con el otro, sujetaba con fuerza su botella de whisky. Cuando llegó al final del sendero, se dejó caer de forma muy poco elegante sobre el suelo. Había un trozo cubierto de hierba, antes que la tierra dura cediera el paso a la arena delicada, por la cual Bournemouth era famosa. Se sentó ahí, fijando la mirada hacia el Canal, preguntándose, que demonios iba a hacer consigo mismo.
Había salido fuera para evadirse y tomar aire fresco. No quería que Penélope o sus preguntas bien intencionadas invadieran su amargura. Pero el aire salado hacía poco para aliviar su culpabilidad. Todo lo que hacía era recordarle a Caroline. Ella había llegado a casa esa tarde con la fragancia del mar en su cabello y el leve toque del sol en su piel.
Caroline. Cerró los ojos con angustia. Sabía que Caroline era la razón por la que había olvidado a Marabelle.
Escanció más whisky en su garganta, bebiendo directamente de la botella. Ello le ardía en el accidentado camino hacia el estómago, pero Blake aceptaba el dolor, Se sentía bruto y poco digno, y de alguna manera, eso le parecía apropiado. Esa noche no se sentía como todo un caballero.
Se tumbó de espaldas sobre la hierba y contempló el cielo. Había salido la luna, pero no brillaba lo suficiente, para atenuar las luces de las estrellas. Parecían casi felices, allí arriba. Centelleando como si a ellas no les importara nada en el mundo. Casi sentía como si se estuvieran burlando de él.