Blasfemó. Cada vez era más imaginativo. Eso, o sentimental. O quizá sólo fuera la bebida. Se sentó y tomó otro trago.
El licor embotó sus sentidos y oscureció su mente, por lo que probablemente no oyó pisadas hasta que estuvieron casi encima de él.
– ¿Quién ebta ahí? – pronunció de forma incorrecta, levantándose torpemente con ayuda de sus codos – ¿Quién es?
Caroline dio un paso hacia delante, la luz de las estrellas iluminaba su cabello castaño claro
– Sólo soy yo.
– ¿Qué estás haciendo aquí?
– Te vi desde mi ventana – sonrió con ironía – perdóname, tu ventana.
– Deberías regresar.
– Es probable.
– No soy una compañía adecuada.
– No – asintió ella – estas bastante borracho. No es bueno beber con el estómago vacío.
Dejó salir un corto estallido de risa hueca.
– ¿Y de quién es la culpa que mi estómago esté vacío?
– Sabes guardar rencor, ¿verdad?
– Señora, te aseguro que tengo una enorme memoria – se estremeció al decir esas palabras, su memoria siempre le había funcionado bien (hasta esta noche).
Ella frunció el ceño.
– Te traje comida.
Él no dijo nada durante un momento, después, y con voz muy baja dijo
– Vuelve dentro.
– ¿Porqué estás tan alterado?
Él no dijo nada, solo se limpió la nariz con su manga después de beber otro trago de whisky.
– Nunca te había visto bebido antes.
– Hay un montón de cosas que no sabes sobre mí.
Ella dio otro paso hacia delante, sus ojos lo desafiaron a que él desviara la mirada.
– Sé más de lo que tú crees.
Eso logró su atención. Los ojos de él brillaron con una ira momentánea, en ese momento se quedó en blanco mientras decía
– Te compadezco entonces.
– Vamos, deberías comer algo – ella le ofreció algo envuelto en una servilleta de tela – absorberá el whisky.
– Eso es lo último que quiero hacer.
Ella se sentó a su lado.
– Eso no te va a sentar bien, Blake.
Él se giró hacía ella con sus ojos grises furiosamente enrojecidos.
– No me digas lo me sienta y no me sienta bien – le siseó – no tienes derecho.
– Como amiga tuya – dijo delicadamente – tengo todo el derecho.
– Hoy – anunció Blake con una desconcertante floritura de su brazo – es once de Julio.
Caroline no dijo nada, no sabía que decir ante una declaración tan evidente.
– El once de Julio – repitió – caerá en deshonor en la historia de Blake Ravenscroft como el día en que él… el día en que yo…
Ella se inclinó hacia adelante, pasmada y conmovida por el sonido estrangulado de su voz.
– ¿Qué paso ese día, Blake? – susurró.
– Ese día dejé morir a una mujer.
Ella palideció por el dolor que contenía su voz.
– No, no fue culpa tuya.
– ¿Qué demonios sabes tú?
– James me habló sobre Marabelle.
– Maldito bastardo entrometido.
– Yo me alegro de que lo hiciera, me habló mucho de ti.
– ¿Porqué narices querías saber más? – preguntó mordazmente.
– Porque yo te am… – Caroline se detuvo, horrorizada por lo que casi había dicho.
– Porque me agradas, porque eres mi amigo. No he tenido muchos en mi vida, así que quizás me estoy dando cuenta de lo especial que es la amistad.
– Yo no puedo ser tu amigo – dijo con una voz insoportablemente áspera.
– ¿No puedes? – ella contuvo su respiración esperando una respuesta.
– Tu no deseas que sea tu amigo.
– ¿No crees que eso tengo que decidirlo yo?
– Por el amor de Dios, mujer, ¿me quieres escuchar? Por última vez, no puedo ser tu amigo, nunca podría ser tu amigo.
“Porque te deseo”
Ella se contuvo para no empujarle, había sido tan descortés, su necesidad tan evidente, que casi la había asustado.
– Eso es lo que dice el whisky – dijo apresuradamente.
– ¿Eso crees? Conoces muy poco a los hombres, mi amor.
– Te conozco a ti.
Él se rió.
– Ni la mitad de lo que yo sé sobre ti, mi adorable señorita Trent.
– No te burles de mí – susurró.
– Ah, pero te he estado observando ¿te lo demuestro? Todas las cosas que sé, todas las pequeñeces que he notado, podría llenar uno de esos libros a los que tú eres tan aficionada.
– Blake, creo que deberías…
Pero él la interrumpió colocando un dedo en sus labios.
– Comenzaré por aquí – murmuró – con tu boca.
– Mi b…
– Shhhh… me toca a mí – su dedo trazó el delicado arco de su labio superior
– Tan llenos, tan rosas ¿nunca los has pintado, verdad?
Ella negó moviendo la cabeza, pero el movimiento produjo el tormento sensual de los dedos de él acariciando su piel.
– No – musitó – no lo harías – Nunca había visto unos labios como éstos antes ¿no te había dicho que fue en lo primero que me fijé?
Ella permanecía sentada, absolutamente quieta, demasiado nerviosa para volver a negar con la cabeza.
– Tu labio inferior es adorable, pero éste – trazó de nuevo la línea del labio superior – es exquisito. Suplica ser besado. Cuando creí que eras Carlotta… incluso entonces deseaba cubrir tus labios con los míos. Dios, como me odié por eso.
– Pero yo no soy Carlotta – susurró ella.
– Lo sé. Eso es peor. Porque ahora no puedo justificar que te necesito. Puedo…
– ¿Blake? – su voz era suave, pero apremiante, y creyó que moriría si no terminaba sus pensamientos.
Pero él sólo movió su cabeza negativamente
– Estoy divagando.
Movió su dedo hacia los ojos de ella, casi rozando el borde de los párpados, mientras ella los cerraba.
– Aquí hay otra cosa que conozco de ti.
Ella sintió como se abrían sus labios y su respiración cada vez era más estropajosa.
– Tus ojos, con unas pestañas tan divinas. Un poco más oscuras que tu pelo – movió sus dedos hacia las sienes – pero creo que me gustan más abiertos que cerrados.
Sus ojos se elevaron para abrirse.
– Ah, así está mejor. El color más maravilloso del mundo ¿nunca has estado en el mar?
– No desde que era muy pequeña.
– Aquí, en la costa, el agua es gris y tenebrosa, pero una vez que te alejas de la contaminación de la tierra, es maravillosa y limpia. ¿sabes de lo que estoy hablando?
– Cr… creo que si.
Él se encogió de hombros repentinamente y dejó caer su mano.
– Ni siquiera te llega a la suela de los zapatos. He oído que el agua en los trópicos es incluso más impresionante. Tus ojos deben ser del color exacto del océano que roza el ecuador.
Ella sonrió indecisa.
– Me gustaría ver el ecuador.
– Mi amor ¿no crees que primero deberías al menos intentar ver Londres?
– Ahora estás siendo cruel, y en realidad no quieres hacerlo.
– ¿No?
– No – dijo, accediendo al interior de sí misma, para encontrar el valor que necesitaba y hablarle claramente.
– Tú no estás enfadado conmigo. Estás enfadado contigo mismo, y yo estoy al alcance.
Él ladeó la cabeza ligeramente en su dirección
– Te crees muy observadora ¿verdad?
– ¿Cómo se supone que debo responder a eso?
– Eres observadora, pero creo que no lo suficiente para librarte de mí.
Él se inclinó hacia adelante con una sonrisa peligrosa.
– ¿Sabes cuánto te deseo?