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– Oh, Blake – dijo ella tristemente – con el tiempo, tendrás que dejar de hacerte daño. Marabelle se ha ido, tú todavía estás aquí, y hay gente que te ama.

Fue lo más cercano a una declaración que ella quería hacer. Contuvo la respiración esperando su respuesta, pero él solo le pasó la otra zapatilla.

– Gracias – murmuró ella – ahora iré dentro.

– Si – pero cuando ella se levantó él le dijo – ¿piensas dormir en el cuarto de baño?

– En realidad, no he pensado en ello.

– Te dejaría mi cama pero no confío en que Penélope no vaya a comprobar como estoy en mitad de la noche. A veces olvida que su hermano pequeño ha crecido.

– Debe ser estupendo tener una hermana.

Él desvió la mirada.

– Coge la almohada y los cobertores de mi cama. Estoy seguro de que puedes acomodarlos para que te resulten confortables.

Ella hizo un gesto afirmativo y comenzó a alejarse.

– ¿Caroline?

Ella giró vertiginosamente, con la esperanza resplandeciendo en sus ojos.

– Cierra la puerta cuando entres.

CAPITULO 17

es-cu-lent (adjetivo). Conveniente como comida. Comestible.

A menudo, he escuchado que incluso la comida mas repugnante parece más buena y apetecible (esculent) cuando se tiene hambre, pero no estoy de acuerdo. Las gachas son gachas, por mucho que el estómago cruja.

Del diccionario personal de Caroline Trent.

Caroline se despertó a la mañana siguiente con un golpe en la puerta del cuarto de baño. Por orden de Blake, había cerrado la puerta con llave la noche anterior; no porque ella creyera que él intentaría forzarla por la noche, sino porque si no lo hacía, él pasaría a revisar la puerta para ver si ella había seguido sus indicaciones, y evidentemente no quería darle la satisfacción de regañarla.

Había dormido con la camisa, y se envolvió en el cobertor antes de abrir la puerta sólo un poco y asomarse fuera. Uno de los ojos grises de Blake la estaba mirando.

– ¿Puedo entrar?

– Eso depende.

– ¿De qué?

– ¿Has traído el desayuno?

– Señora, no tengo acceso a una comida decente desde hace casi veinticuatro horas. Estaba esperando por si Perriwick te había traído algo de comer.

Ella abrió la puerta.

– No es justo que los sirvientes castiguen a tu hermana, ella debe estar hambrienta.

– Imagino que ella comerá estupendamente bien a la hora del té. Estás invitada a visitarla, ¿recuerdas?

– Oh, sí. ¿Cómo haremos eso?

Él se apoyó contra un lavamanos de mármol.

– Penélope ya me ha encargado que envíe para recogerte mi mejor carruaje.

– Creí que sólo tenías un carruaje.

– Ya. Eso no viene al caso. Voy a enviarte un carruaje a tu… ah… casa para recogerte.

Caroline puso los ojos en blanco.

– Me gustaría ver el enredo, un carruaje llegando al cuarto de baño. Dime, ¿pasará de camino por tu habitación ó por la escalera de los sirvientes?

Él le lanzó una mirada que decía que eso no era divertido.

– Tengo que traerte a tiempo para una visita a las cuatro en punto.

– ¿Qué se supone que debo hacer hasta entonces?

– ¿Asearte?

– Eso no tiene gracia, Blake.

Hubo un momento de silencio, y luego él dijo tranquilamente.

– Siento lo que sucedió anoche.

– No pidas disculpas.

– Pero yo debo hacerlo, me aproveché de ti, me aproveché de una situación que no podía llegar a ninguna parte.

Caroline hizo rechinar sus dientes; su experiencia de la noche anterior había sido lo más cercano que había sentido de ser amada en años. Que él le dijera que sentía lo sucedido, era insoportable.

– Si te vuelves a disculpar, gritaré.

– Caroline, no seas…

– ¡Te lo digo en serio!

Él afirmó con la cabeza.

– Muy bien, te dejaré sola, entonces.

– Ah, sí – dijo con un movimiento ondulante de su brazo – Mi fascinante vida. Hay tanto que hacer aquí. En realidad, no sé por donde empezar, creo que podría lavar mis manos, y después las puntas de mis pies, y si realmente me empeño, podría intentarlo con mi espalda.

Él frunció el ceño.

– ¿Te gustaría que te trajera un libro?

El comportamiento de ella cambió al instante.

– Oh, ¿me harías el favor? No sé dónde dejé ese montón que pensaba subirme ayer.

– Los encontraré.

– Gracias. ¿Cuándo debería… ah… aguardar tu carruaje?

– Supongo que debo pedir el carruaje un poco antes de las tres y media, así que ¿porque no estás lista a esa hora exacta para que yo te haga aparecer en los establos?

– Puedo aparecer en los establos por mi cuenta. Mejor, tú asegurate de que Penélope está ocupada en otra parte de la casa.

Él hizo un gesto afirmativo.

– Estate segura que le diré al mozo de cuadras que te espere a esa hora.

– Entonces ¿todo el mundo es consciente de nuestra farsa?

– Creo que sería posible dejarlo en los tres sirvientes de la casa, pero ahora parece como si el personal del establo tuviera que saberlo también – dio un paso para alejarse, luego se giró y le dijo – recuerda, sé puntual.

Ella echó una ojeada a su alrededor con una expresión indecisa.

– Se supone que no tengo ningún reloj aquí.

Él se buscó con la mano su reloj de bolsillo.

– Usa éste, aunque tendrás que darle cuerda dentro de unas horas.

– ¿Traerás esos libros?

Él afirmó con un gesto.

– Que no se diga que no soy el más amable de los anfitriones.

– ¿Incluso aunque confines a un invitado ocasional a tu cuarto de baño?

– Incluso entonces.

Exactamente a las cuatro en punto de esa tarde, Caroline llamaba a la puerta principal de Seacrest Manor; su excursión hasta ese lugar había sido bastante extravagante, por decirlo así. Se había escabullido del cuarto de baño, bajado por las escaleras del servicio, lanzándose a la carrera hasta el otro lado del césped exactamente a las tres en punto, saltando dentro del carruaje para a continuación pasear sin rumbo fijo hasta que el mozo de cuadras la trajo de vuelta a la casa a las cuatro en punto.

Seguramente, habría sido más directo, haber salido a través de la habitación de Blake y bajar la escalera principal, pero después de pasar todo el día sin compañía salvo por un lavabo y una tina, a Caroline no le importó disfrutar un poco de excitación y paisaje.

Perriwick salió a responder a la puerta tan rápido como nunca lo había hecho, guiñándole un ojo y diciendo

– Es un placer verla de nuevo, señorita Trent.

– Señorita Dent – siseó ella.

– Cierto – dijo, saludándola.

– ¡Perriwick! Alguien podría estar mirando.

Él miró furtivamente alrededor.

– ¡Cierto!

Caroline gimió. Perriwick le había cogido el gusto al engaño. El mayordomo aclaró su garganta y dijo en voz muy alta

– Permítame mostrarle el salón, señorita Dent.

– Gracias… er… ¿Cuál dijo que era su nombre?

Él le sonrió enormemente con aprobación.

– Es Perristick, señorita Dent.

Esta vez Caroline no pudo evitarlo, le dio un manotazo en el hombro

– Esto no es un juego – susurró.

– Por supuesto que no – abrió la puerta del salón, el mismo donde él le había ofrecido un banquete mientras su tobillo se estaba arreglando

– Le diré a la señorita Fairwich que está usted aquí.

Ella movió su cabeza negativamente ante su entusiasmo y fue andando hasta la ventana; parecía como si fuese a llover más tarde esa noche, lo que era mejor para Caroline, que se vería probablemente encerrada en el cuarto de baño de Blake toda la noche.