Como ella no contestaba, añadió
– De cualquier forma, en realidad no tiene sentido. Nunca me casaré.
– Lo sé.
– A pesar de todo, deberías sentirte halagada. Esto quiere decir que a Penny le agradas mucho.
Caroline se limitó a lanzarle una mirada glacial.
– Blake – dijo finalmente – creo que te estás pasando.
Hubo un silencio embarazoso, y luego Blake intentó arreglar las cosas.
– La señora Mickle se negó a preparar cualquier comida a menos que supiera que estabas aquí.
– Si, lo supongo. Es muy simpática.
– Ese no es del todo el adjetivo que yo usaría para describirla, pero puedo ver de donde lo sacarías.
Hubo otro incómodo silencio, y esta vez fue Caroline la que lo rompió.
– Entiendo que tu hermano tuvo una hija recientemente.
– Sí, la cuarta.
– Debes estar muy contento.
Él la miró de forma agria.
– ¿Porqué dices eso?
– Creía que sería adorable tener una sobrina. Por supuesto, al ser hija única, nunca seré tía – su mirada se volvió triste – adoro a los niños.
– Quizá tengas uno tú.
– Lo dudo.
Caroline siempre había esperado casarse por amor, pero dado que el hombre que ella amaba, pretendía ir a la tumba soltero, le parecía que ella permanecería soltera también.
– No seas boba. No puedes saber lo que te depara el futuro.
– ¿Porqué no? – se opuso ella – tu pareces conocerlo.
– Es verdad – la miró atentamente por un momento, entonces sus ojos se llenaron de algo que parecía sospechosamente arrepentimiento, y dijo – yo disfruto mucho de mis sobrinas.
– ¿Entonces porque estás tan alterado con la más reciente?
– ¿Porqué crees eso?
Ella se burló.
– Oh, por favor, Blake. Es bastante obvio.
– No estoy disgustado en absoluto con mi nueva sobrina. Estoy seguro de que la adoraré – se aclaró la garganta y sonrió con ironía – Ojalá ella hubiera sido un chico.
– La mayoría de los hombres se emocionarían ante la esperanza de ser el siguiente en la línea para tener un vizcondado.
– Yo no soy la mayoría de los hombres.
– Si, eso está muy claro.
Blake entornó sus ojos y la miró fijamente.
– ¿Qué quieres decir?
Ella sólo se encogió de hombros.
– Caroline – le advirtió.
– Es bastante obvio que adoras a los niños, y aun así estas decidido a no tener ninguno; esa línea de razonamiento tan particular muestra incluso menos lógica que la que usualmente demuestran los hombres de nuestra especie.
– Ahora estás empezando a hablar como mi hermana.
– Tomaré eso como un cumplido. Me agrada tu hermana.
– Y a mí. Pero eso no quiere decir que siempre haga lo que ella dice.
– ¡Ya estoy de vuelta! – Penélope entró tranquilamente en la sala – ¿De qué estáis hablando?
– De niños – contestó Caroline sin rodeos.
Penélope comenzó a andar, y sus ojos mostraron una evidente alegría.
– ¿De veras? ¡Qué emocionante!
– Penélope – dijo Blake con voz pesada – ¿Qué era lo que querías enseñar a Caroline?
– Oh, eso… – dijo ella distraídamente – No pude encontrarlo. Tendré que mirar más tarde y pedirle a Caroline que vuelva mañana.
Blake quiso quejarse, pero sabía que el té con Caroline era la única manera que tenía de conseguir una comida decente.
Caroline sonrió y se dirigió a Penélope.
– ¿Su hermano y su esposa han bautizado ya a su nueva hija?
– Oh, estabais hablando de sus niños – dijo Penélope, sonando algo más que desilusionada – si, ellos ya lo hicieron. Daphne Georgiana Elizabeth.
– ¿Todos esos nombres?
– Oh, eso no es nada. Las mayores tienen todavía más nombres. La mayor de todas se llama Sophie Charlotte Sybilla Aurelia Naihanaele, pero a David y Sarah se les han agotado.
– Si tienen otra hija – dijo Caroline con una sonrisa – tendrán simplemente que llamarla Mary y dejarlo en eso.
Penélope rió.
– Oh, no, eso sería totalmente imposible, ellos ya han utilizado Mary; su segunda hija se llama Katharine Mary Claire Evelina.
– No me atrevo a adivinar cual es el nombre de su tercera hija.
– Alexandra Lucy Caroline Vivette.
– Ah, Caroline, que encantador.
– Estoy asombrado – dijo Blake – de que puedas recordar todos esos nombres. Todo lo que yo puedo recordar es Sophie, Katharine, Alexandra, y ahora Daphne.
– Si tú tuvieras un hijo…
– Lo sé, lo sé, querida hermana, No hace falta que lo repitas.
– Solamente iba a decir que si tu tuvieras niños, no tendrías ningún problema en recordar los nombres.
– Sé lo que ibas a decir.
– ¿Tiene usted niños, Lady Fairwich? – preguntó Caroline.
Un gesto de dolor cruzó por el semblante de Penélope antes de contestar dulcemente.
– No, no, no tengo.
– Oh, lo siento mucho – balbuceó Caroline – no debería haber preguntado.
– No pasa nada – dijo Penélope con una sonrisa vacilante – el conde y yo aún no hemos sido bendecidos con niños. Quizás por eso mimo tanto a mis sobrinas.
Caroline tragó saliva sintiéndose incómoda, totalmente consciente de que había sacado inadvertidamente un tema doloroso.
– El señor Ravenscroft dice que también él mima en exceso a sus sobrinas.
– Si, es cierto. Él es un tío admirable. Sería un exc…
– No lo digas, Penélope – la interrumpió Blake.
La conversación no fue más allá gracias a la entrada de Perriwick, que se tambaleaba por el peso de un servicio de té sobrecargado.
– ¡Oh, Dios mío!
– Sí – dijo Blake lentamente – esto es todo un banquete de merienda cena juntas ¿Verdad?
Caroline sólo sonrió y ni siquiera se molestó en avergonzarse por el modo en que rugía su estómago.
Durante los días siguientes quedó bastante claro que Caroline estaba en posesión de un importante as bajo la manga. Los sirvientes se negaban a preparar una comida decente, a menos que estuvieran seguros de que ella tomaría parte en él.
Así que ella se encontró “invitada” a Seacrest Manor con creciente regularidad. Penélope llegó incluso tan lejos como para sugerirle a Caroline que pasara la noche allí, en una ocasión que llovía.
En realidad, no llovía tan fuerte, pero Penélope no era tonta. Se había percatado de los peculiares hábitos de los sirvientes, y a ella le gustaba desayunar tan bien como a cualquiera.
Caroline pronto llegó a tener una gran amistad con la hermana de Blake, a pesar de que se le hizo difícil aplazar cada una de las veces que ella sugirió ir de paseo a Bournemouth. Había demasiada gente que podía reconocer a Caroline en la pequeña ciudad.
Por no mencionar el hecho de que Oliver aparentemente había pegado el cartel con su retrato en todas las plazas, y Blake le informó de que la última vez que había ido a la ciudad, se había dado cuenta que estaban ofreciendo ahora una recompensa por el regreso de Caroline sana y salva.
A Caroline no le apetecía explicarle eso a Penélope.
Sin embargo, no veía demasiado a Blake, él nunca se perdía la hora del té, era la única oportunidad de tomar una comida en condiciones después de todo; pero aparte de eso, él evitaba la compañía de Caroline, salvo por la visita ocasional al cuarto de baño para darle otro libro.
Y así transcurría la vida en esta rutina extravagante y aún así, extrañamente confortable, hasta un día, casi una semana después de la llegada de Penélope. El trío estaba zampándose ávidamente unos emparedados en el salón, cada uno esperando que los otros no se dieran cuenta de su lamentable ausencia de modales.