Los lacayos subían y bajaban las escaleras con baldes de agua. Habían sacado la enorme bañera de roble con bandas de hierro de un armario empotrado en la pared y la habían colocado frente al fuego. Cuando la bañera se llenó, Lucy echó el cerrojo a la puerta y se dispuso a aromatizar el agua.
– No se te ocurra echar aceite de lirios. Bannie se va a bañar conmigo y no quiero que use mis fragancias.
– A mi no me gusta el brío del valle, querida, me hace doler la cabeza.
– Entonces, echaré rosas damascenas.
– Te han crecido los senos -señaló Philippa a su hermana mientras subía a la bañera-. Eres dos años menor y son más voluminosos que los míos. ¡No es justo!
– Los tuyos crecerán cuando dejes que tu esposo los acaricie con regularidad. No se agrandarán si solo los guardas para ti. ¡Ay, cómo te envidio! ¡Ojalá fuera mi noche de bodas!
– ¡Si su madre las oyera! -se quejó Lucy.
– ¿Y qué? Te aseguro que no armaría ningún escándalo -la desafió Banon-. Durmió con nuestro padrastro antes del matrimonio y fue la amante del conde de Glenkirk. Y hasta tu propia hermana quedó embarazada antes de la boda.
– ¿Cómo saben esas cosas? ¡Si eran unas niñitas en esa época!
– La gente no suele prestar atención a los niños, Lucy, pero escuchan todo.
Muertas de risa, las hermanas se lavaron el cabello y el cuerpo. Cuando terminaron, salieron de la bañera y Lucy las cubrió con enormes toallas que había calentado junto al fuego.
– Primero voy a vestir a la señorita Banon.
La ayudó a ponerse las medias, las ligas y una camisa de seda de cuello redondo. El vestido era de brocado de seda rosa, con escote cuadrado y una guarda bordada con hilos de oro y plata. Las zapatillas estaban forradas con el mismo género que su pequeña cofia estilo Tudor, adornada con un velo corto de gasa transparente. Una sencilla cadena con una cruz de oro, rubíes y perlas rodeaba su delicado cuello.
– ¡Ese color te favorece muchísimo! -opinó Philippa-. Debe de ser porque resalta tus ojos azules. Pese a que las dos tenemos el mismo color de cabello, a mí ese rosa no me queda nada bien.
– Me muero de ganas de ver tu vestido. La tela que elegiste es bellísima.
Philippa sonrió ante el comentario de su hermana. Ya se había puesto las medias y las enaguas, y Lucy se disponía a colocarle el corpiño del traje nupcial de brocado de seda color marfil. Las mangas eran anchas y abiertas. Estaban atadas con cordones de oro y se ajustaban en las muñecas. Los puños remataban en unos graciosos volados de encaje. El escote era cuadrado, decorado con una cinta bordada en oro y perlas. La falda del vestido se abría en la parte delantera para mostrar una enagua de terciopelo dorado y marfil, deliciosamente bordada.
– ¡Oh, Philippa! -exclamó Banon maravillada-. ¡Eres una obra de arte! ¡Cómo me gustaría que te viera mamá!
– En la primavera está demasiado ocupada y era imposible posponer mi casamiento, pues la reina quiere que seamos marido y mujer cuando viajemos a Francia.
– ¿Es que nunca dejarás de servir a la reina?
– Nunca.
– Se rumorea que el rey está disgustado con Catalina porque no puede darle un heredero.
– La princesa María será su sucesora. El rey no puede hacer nada a menos que la reina muera.
– Dicen que Enrique podría divorciarse y desposar a otra mujer más joven y fértil. Muchos reyes lo han hecho con el fin de tener un heredero.
– ¡Eso es imposible! El matrimonio cristiano dura hasta la muerte. Espero que no hayas repetido esas viles calumnias en la corte.
Banon sacudió la cabeza.
– Solo me limité a escuchar. Nada más.
Se oyó un golpe en la puerta y lord Cambridge entró en la alcoba. Golpeándose el pecho con dramatismo y echándose hacia atrás, exclamó:
– ¡Querida, estás espléndida! ¡Mereces ser inmortalizada por un gran artista! Hablaré con el conde.
– Banon me dijo lo mismo -replicó Philippa. Se acercó a él y le dio un fuerte beso en la mejilla-. Gracias, tío Thomas, por todo lo que has hecho por mí. Este matrimonio es perfecto, y te lo debo a ti.
– Veo que Crispin te agrada, mi pequeña, y quiero que seas feliz. Ya no le interesan solo las tierras. Creo que se ha enamorado de ti, Philippa, y es un buen hombre. No vacilaría en cancelar la boda si no estuviera plenamente convencido de ello. Prometí a tu madre que te cuidaría y sabes que ella es la persona que más quiero en el mundo. Jamás la defraudaría, y a ti tampoco. -Tomó un rulo de su cabello y lo besó.
– Sí, lo sé -sonrió Philippa-. Pero, tío de mi alma, estás vestido con extrema sobriedad. ¿Dónde está el deslumbrante jubón bordado con hilos de oro y perlas? ¿Y las coloridas calzas de seda? ¿Y la bolera con incrustaciones de piedras preciosas? Hoy es mi fiesta de bodas y te apareces con una sencillísima casaca de terciopelo con mangas de piel. SÍ no fuera por esa aparatosa cadena de oro y ese medallón impresionante, no te reconocería. ¡Hasta los zapatos son discretos!
– Hoy es tu día, tesoro. No quiero opacar a la novia, pero, eso sí, me he ocupado con empeño de los atavíos del novio. Ahora está en el salón con sus hermanas, que lloran y parlotean, y con el joven Neville. ¿Dónde están las joyas?
– Estaba a punto de ponérselas cuando usted entró, milord -intervino Lucy. Colocó una gran sarta de perlas alrededor del cuello de su ama y prendió unos pendientes en sus orejas-. Ya está. ¿No lucen preciosas?
– ¿Estamos todos listos? -preguntó lord Cambridge-. Tú también, Lucy, muévete.
– ¿Yo? ¡Gracias, señor, gracias! Espere un segundo que vaya a buscar mi delantal.
– ¡Date prisa, mujer! Los barcos están aguardando para llevarnos a Richmond. Ve tú primero, Banon. Philippa y yo te seguiremos en un momento. -Amablemente, acompañó a la niña hasta la puerta, dio media vuelta y miró a su sobrina mayor-. No soy la persona indicada para hablarte de estas cosas, querida, pero no hay nadie más a la vista.
Lord Cambridge estaba muy incómodo.
– Está bien, tío -rió Philippa-. Sé todo lo que se precisa saber sobre ese tema. La reina, las damas de honor, Lucy y Banon han tenido la gentileza de compartir sus conocimientos conmigo. Y la reina me advirtió que no es bueno dar demasiadas instrucciones a la novia.
– ¡Gracias a Dios! -exclamó y respiró aliviado-. Creo que me habría desmayado antes de atreverme a hablar de un asunto tan delicado.
– ¡Estoy lista, milord!
Lucy había regresado, ataviada con un sencillo vestido de seda negra y un delantal de hilo y encaje.
– ¡Entonces, vámonos! -ordenó Thomas Bolton.
Cuando llegaron al salón, todos estaban esperándolos. El conde clavó la mirada en Philippa y ella le sonrió con labios trémulos. Lady Marjorie y lady Susanna alabaron el vestido con gran efusividad.
– Queridos míos -anunció lord Cambridge-, llevaré a la ruborizada novia y a su doncella en el bote pequeño. Los demás irán en mi barca personal. Salgamos ya mismo, no hagamos esperar al sacerdote.
Como siempre, lord Cambridge había planeado todo a la perfección. El río estaba quieto como el agua de un estanque. Las embarcaciones se deslizaban fácilmente por el Támesis rumbo al palacio de Richmond. En el muelle de piedra los aguardaba un solo lacayo, pues la mayor parte de la servidumbre se había trasladado a Greenwich junto con Sus Majestades. Uno de los sacerdotes de Catalina los esperaba en el altar y Philippa lo reconoció enseguida. Era fray Felipe.
La novia se alejó del séquito nupcial y se acercó al padre.
– Gracias por quedarse en el palacio para oficiar el sacramento, fray Felipe.
– Es un honor, milady -replicó con fuerte acento español-. Su Majestad le tiene un gran afecto y sé que usted ha servido a la reina tan bien como su madre. -Le hizo una reverencia y agregó-: ¿Podemos empezar?
El conde de Witton se paró junto a Philippa y tomó su mano, apretándola ligeramente. La miró y le sonrió. Lord Cambridge se colocó del otro lado de la novia mientras Banon, Neville, lady Marjorie, lady Susanna y Lucy se agolpaban alrededor del trío. En un momento la capilla quedó en silencio. Solo se escuchaba el murmullo de la voz del sacerdote que recitaba frases en latín.