– Varios días. Navegaremos hasta Henley y luego cabalgaremos hasta Cholsey, donde tomaremos una barca que nos llevará a Oxford. De allí iremos a Brierewode por tierra. Tal vez sea más rápido hacer todo el viaje a caballo, pero mi intención es que disfrutemos de nuestro tiempo a solas mientras podamos. Espero que apruebes mis planes.
– Es una idea muy romántica, milord. Nunca hice un trayecto tan largo por el río. Además, estamos en mayo, contemplaremos la naturaleza en todo su esplendor.
Después del baño, fueron atendidos por sus respectivos sirvientes. Philippa se puso un vestido de terciopelo azul cerrado en el escote y con cuello de hilo. Era el atuendo ideal para el viaje y Philippa pensaba usarlo todos los días. El conde llevaba una casaca plisada de color azul, con cuello y forro de terciopelo, que le llegaba hasta los tobillos. Los zapatos lucían un bonito bordado.
Después de acicalarse, bajaron al salón donde les habían servido un suculento desayuno compuesto por potaje de avena, pan, jamón, huevos duros, manteca, queso y mermelada de cerezas, la preferida de Philippa. Decidió beber vino aguado, como cuando era niña. Luego de comer, se prepararon para embarcar.
– Nos reuniremos con ustedes en la posada donde pasarán la noche -informó Lucy.
– ¿Cómo? ¿No vienes con nosotros? -preguntó Philippa.
– Una doncella y un lacayo de mediana edad no son la compañía más apropiada para una pareja de recién casados -rió Lucy-. Le preparé una canasta con comida para el almuerzo. No se preocupe, milady.
– Debemos partir, pequeña -dijo el conde. Tomados de la mano, llegaron al muelle donde los aguardaba la barca.
Era 1° de mayo y el tiempo estaba espléndido.
– Ahora deben de estar bailando en el palacio -comentó Philippa con una sonrisa nostálgica.
– ¿Sientes pena por no estar allí?
– No voy a negar que me gustaría, pero solo si me acompañaras, Crispin.
– Eres una excelente diplomática. Te lo dice un ex embajador, querida.
Ayudó a su esposa a subir a la encantadora barca que Thomas Bolton había construido especialmente para su prima Rosamund. En la cabina había un banco tapizado de terciopelo flanqueado por dos ventanas. Los dos remeros estaban sentados en la cubierta de proa, esperando instrucciones. Luego de que la pareja se acomodó en los sillones, el conde dio la orden de partir y la barca comenzó a alejarse del muelle.
La embarcación se deslizaba sin problemas por el agua. Philippa contemplaba con fascinación el paso de los barcos que se dirigían a Londres. Algunos transportaban flores y productos de granja; otros, ganado. Al cabo de un rato, se encontraron solos en medio del río. A medida que avanzaban, pasaban debajo de varios puentes e iban dejando atrás granjas, praderas y pequeñas aldeas. También divisaron nidos de aves acuáticas entre los juncos y los pantanos de la ribera, e incluso vieron varias parejas de cisnes con sus crías.
– Hacía mucho tiempo que no estaba en el campo -comentó Philippa.
– No te gusta, ¿verdad?
– Sí me gusta. Solo necesito estar en un lugar que esté relativamente cerca de la corte. Friarsgate se encuentra tan lejos de Londres que se tarda una eternidad en ir y volver. A mi madre nunca le agradó la vida palaciega; su única pasión son sus tierras.
– Brierewode es una propiedad fácil de manejar, pequeña, ya lo verás. Solo tendrás que ocuparte de la casa y de los niños.
– ¿Y quién cuidará de ti? -preguntó con una sonrisa maliciosa.
– Sospecho que no será sencillo lidiar contigo, esposa -rió el conde-. Pero con el tiempo aprenderás que solo puede haber un amo en Brierewode y ese soy yo. -Le besó la punta de la nariz.
– ¡Ah, no, milord! -protestó; sus mejillas comenzaron a encenderse por la irritación-. No permitiré que me trates como una cabecita hueca. He renunciado a Friarsgate, pero puedo ser mucho más útil de lo que imaginas. Seré la señora de Brierewode y también serviré a la reina en la corte durante una parte del año.
– Tu deber principal es darme un heredero, Philippa, no lo olvides -replicó con tono severo.
– ¿Romperás tu promesa de ir a Francia? ¡No podemos rechazar esa invitación!
– Iremos a Francia, pequeña. Cuando doy mi palabra, la cumplo -repuso el conde y luego le acarició el rostro con ternura-. Es probable que ya haya plantado una semillita en tu vientre, señora -agregó y se rió al ver cómo sus palabras avergonzaban a la joven-. Fuiste una virgen muy receptiva y apasionada. -Posó los labios en su frente.
– Milord, no hables de asuntos tan íntimos. Los remeros podrían oírnos.
– Dos veces -susurró Crispin-. Dos veces te entregaste con ansia para recibir mi semilla en tu jardín secreto. ¡Dios me guarde! Me siento excitado de solo pensar en lo que hicimos anoche.
– ¡Crispin, compórtate!
– Podría hacerte el amor aquí mismo -murmuró. Tomó su mano y la apretó contra su virilidad ardiente, oculta bajo la casaca-. Tal vez más tarde te siente en mi regazo, despacio, muy despacio, levante tus faldas y te penetre profundamente. Entonces te enseñaré a cabalgar en tu brioso semental mientras sofoco tus gritos con mis besos. ¿Te gustaría eso, señora?
– Tus impúdicas palabras me avergüenzan, milord -murmuró, pero siguió apretándole la entrepierna.
– Cuando lleguemos a casa, te enseñaré a tocarlo, chiquilla -replicó Crispin St. Claire, y apartó la mano de la joven.
Philippa dirigió la mirada hacia el río. El corazón le latía con violencia. Sintió un ardor en todo el cuerpo y la suave brisa no alcanzaba a apagar el fuego. Cerró los ojos para serenarse, pero la asaltaron las voluptuosas imágenes de su noche de bodas. Trató de recordar las enseñanzas de la reina. Catalina nunca había mencionado el placer en sus lecciones. Philippa empezó a pensar que, tal vez, estaba mal haber disfrutado tanto, que no debería excitarse con las palabras seductoras que acababa de susurrar el conde, ni desear que su esposo volviera a tomarla en sus brazos y la poseyera por completo. Cuando el conde tomó de nuevo su mano, la joven se sobresaltó.
Crispin le besó el dorso, luego, cada uno de los dedos y por último, la palma.
– No te asustes, querida -trató de aliviarla, consciente del duelo de emociones que se libraba en la mente de su esposa-. Todo saldrá bien, te lo prometo.
Sin soltarle la mano, se puso a contemplar el río.
Philippa cerró los ojos una vez más. El trajín de la corte, las semanas previas a la boda y la noche anterior habían agotado sus fuerzas. Sí, estaba cansada, pero ya no tenía miedo. De repente, sintió deseos de que Banon estuviera con ella para contarle todo. Aunque no hacía falta. Muy pronto su hermana descubriría que el matrimonio podía ser algo maravilloso si se encontraba al hombre adecuado.
CAPÍTULO 14
Hacia el mediodía, la barca se acercó a la costa.
– Ahora, déjennos solos -ordenó el conde a los remeros-. Los llamaré cuando estemos listos para continuar el viaje. Han remado a buen ritmo. Llegaremos al King's Head al atardecer. ¿Tienen comida?
– Sí, milord, gracias. Vamos a comer y a descansar un rato. Philippa extendió el mantel sobre la hierba y, cuando se sentó, las faldas se extendieron a su alrededor.
– Ven a almorzar, milord.
En la cesta encontraron un verdadero banquete y hasta una botella de vino tinto. El aire era más cálido que a la mañana y comieron hasta vaciar la canasta.
– Es el Día de Mayo más bello que he tenido. El viaje por el río fue maravilloso -suspiró Philippa.
– Pasaremos por Windsor esta tarde.
– Nunca vi el palacio desde el Támesis. Siempre íbamos de Richmond a Greenwich por el río pero, salvo aquel día de campo, nunca me aventuré más allá de la casa del tío Thomas.
Se acostó plácidamente en la hierba. Crispin se tendió junto a ella y le tomó la mano.